Un Sapo de este pozo
De larga fama en estas tierras, estos días vio sacudida la tranquilidad de barrio por su última aparición artística en ‘El resultado del amor’, el nuevo film de Eliseo Subiela.
Hugo ‘Sapo’ Cativa, de intensos 65, recrea en esta charla su pasado y no piensa dejar los escenarios.
Es considerado unos de los mejores exponentes del humor cordobés. Pero nació en Santiago del Estero.
La mayor parte de su vida la pasó a media cuadra de la cancha de Instituto, club del que fue jugador –con el 9 en la espalda hasta los 18 años- y dirigente. Pero se identifica más con Talleres.
Hace años que pisa las tablas del país y es respetado por sus pares como uno de los mejores. Pero recién ahora, a los 65 y de la mano de Eliseo Subiela, debuta en cine.
Parece un atorrante de esos que inundan Córdoba y la noche. Pero es un bohemio lleno de melancolía y poesía.
Hugo. El Sapo. Cativa. A quien el frío le trajo algunos problemas de salud pero un alumbramiento inesperado: su debut en cine en este invierno cruel.
Por estos días se está estrenando en todo el país ‘El resultado del amor’. Eso hizo que el Sapo, por su primera incursión en la pantalla grande y de la mano de uno de los más grandes directores argentinos, ganara buen espacio en los medios.
Pero acabado el estruendo del estreno, todo vuelve a la normalidad de Alta Córdoba, su barrio de casi toda la vida. En una de esas siestas, sol a medias, blanco descorchado, hablamos con él.
EL SAPO DE CÓRDOBA
A sólo media cuadra del Monumental de Alta Córdoba está su casa, la que habitó desde los 11 años con la familia y en la que vive ahora. Pero se siente más azul y blanco por su amistad con otro icono de la Córdoba de entonces, de la de siempre: el Daniel.
“Mi primer trabajo discográfico llevaba el nombre de él, porque Córdoba cumplía 400 años y el título del disco fue ‘De Jerónimo Luis de Cabrera a Daniel Willignton, 400 años de buen humor cordobés’, con las imágenes de Cabrera y la foto del Daniel” cuenta Cativa, recordando los inicios en los 70’
Inicios a los que les siguieron 17 discos -más los compartidos-. También libros. El último, recién salido, no es de humor, sino de poesía, asesorado y prologado por su amigo Alberto Cortés, a quien conoció en Córdoba hace años.
Y tiene en vistas otra grabación. Pero tampoco de cuentos. Quiere grabar un disco de poemas propios en homenaje a sus amigos. Están en un cuaderno Gloria que me muestra, todo escrito, el cuaderno, con lapicera azul. Pretende recitarlos y musicalizarlos. Y no descansa.
_Humorista, ahora actor, libretista, gran improvisador. ¿De qué te nutriste? –es imposible hablarle de usted-.
_De mi vida.
Cativa es mucho más de lo que se sabe. Debutó, como la mayoría de los grandes, en Cosquín. Después el mismo Julio Márbiz –ahora Mahárbiz- lo convocó para hacer Argentinísima. Más tarde Pipo Mancera se lo llevó a Buenos Aires. Y allá se quedó a vivir durante 20 años.
Pero en el interregno, mamó la Córdoba que siembra nostalgia en los que pasan las barrera de los 50. Vecino, amigo y aprendiz de los Bombos Tehuelches, los considera los precursores del humor autóctono. También fue el ‘dueño simbólico’ de El Boliche de Santiago, una iglesia pagana para los nocturnos, bohemios y soñadores de Córdoba, ahí sobre la Castro Barros: “Sí… ya no existe más… Estuve ahí prácticamente desde que se abrió… y todos creían que el Boliche era mío. Antes iba la familia. Ahora los negros van a chupar a los bares nomás…”.
Además, fue parte de ‘El Viejo Bodegón’, una peña donde se juntaban él, el Negro Álvarez, Alberto Cognini y otros tantos. Precisamente, junto al último estuvo desde la parición misma de Hortensia, de la cual fue escritor, escribiente, cuestista. Como se quiera llamar.
Y de ahí su amistad con los otros grandes: “Fontanarrosa siempre decía que si Inodoro Pereyra iba al cine, el protagonista iba a ser yo. En el cine nunca lo pude hacer, pero sí en el teatro. Éramos íntimos” dice y reconoce: “Estuve llorando dos días seguidos…” refiriéndose a la muerte del rosarino, que cada vez que hablaba de humor cordobés nombraba al Sapo como emblema y por preferencia, indefectiblemente.
SAPO DE LA NOCHE
_¿Cuánto tuvo que ver la noche cordobesa en tu obra?
_Tuvo mucho que ver. En el libro hay anécdotas e historias sobre la noche cordobesa que me han pasado a mí y a mis amigos. Eso sirvió mucho para después. Muchos de las cosas que he escrito ya están traducidas hasta en catalán.
_¿Y cuánto hay de cierto en esas historias?
_Ehhh, 50 y 50…
_ Y en tren de comparaciones, ¿cómo está la noche ahora?
_La noche no es la de antes. Se acabó la milonga. Se ha perdido mucho por una cuestión comercial. Ahora hay personas capaces de orinarte en la pared cuando estás bailando. Era más divertido antes. Los amigos se juntaban con más asiduidad; salir a reírse, a divertirse.
_ ¿Y qué es lo que más se extraña de cuando eras protagonista de esa noche?, ¿genera melancolía?
_No es que la extrañe, la tengo como lindos recuerdo. Pero no es que las extrañes y no pueda vivir sin ella. Es el pasado. Pero no voy a dejar de vivir por recordar. Ya pasó, ya fue…
_¿No te seduce más la noche?
_No, ya no. Me gusta salir a cenar con mis amigos, jugar un partido de truco. Nada más. Pero por ahí estoy cenando, charlando de fútbol con mis amigos y viene la gente y me dice ‘eh Sapito, nos saquemos una foto’, ‘Sapo, contate un chiste’ y después termino comiendo la comida fría, no pude charlar con mis amigos.
_¿Entonces?
_Me hincha las pelotas, pero en cierta manera me debo a la gente. Hay momentos y momentos. El ‘contate un chiste Sapo’ es lo que más me envenena.
_¿Por qué?
_Porque yo no soy un artista callejero. Yo necesito un teatro y que me vengan a ver.
No piensa en descansar. Ni tampoco cree que lo hayan llamado en el crepúsculo de su carrera. Está esperando que pase el frío, recuperarse un poco de salud y a seguir con el show: “Me super ayuda. Hay que salir a trabajar hermano. Trabajos leves, sentado, con mi banqueta” dice
_¿No tenés ganas de descansar?
_¿De descansar? Si ya he descansado, hace tres meses que estoy descansando. Ya estoy inquieto.
EL SAPO DE BUENOS AIRES
“A Buenos Aires lo odio –afirma sentencioso- A mi me hizo mucho daño: salía todas las noches. Con el Flaco Menotti, con Cacho Castaña, con toda la banda esa…”.
_¿Te arrepentís?
_No, no me arrepiento, pero me gustaría estar sano ahora. Yo no me quejo. Pero me gustaría seguir sano
_ ¿Fueron 20 años de noche?
_20 años de noche. Recorriendo el país. Y un poco en Europa.
El país, por trabajo. Europa, porque el Sapo es de saltar alto, incluso el charco más grande: “Estuvimos navegando por dos años. Cruzamos el Atlántico con un velero con dos amigos. De Estados Unidos a las Islas Canarias y de ahí a África, al Mediterráneo, a Maruecos, a las Islas Baleares, a Sicilia, Cerdeña. Era un velero de 14 metros. Nos fuimos cuando terminó el Mundial 78 y volvimos en el ‘80” cuenta.
Y no era que el Sapo supiera mucho de navegación y por eso la aventura: “No sabía nada. Me preguntaron si quería venir y dije ‘vamonós’. Recién me separaba. Después actué en España, a unas cuadras de donde vivía Serrat, con quien después nos juntábamos…”.
_Cordobés por adopción, 20 años en el puerto. Pero sos santiagueño -sus padres lo trajeron a los 2 años- ¿Te queda algo de tu provincia de origen?
_No… lo único –dice imitando la tonada santiagueña- es que le ando esquivando al fuentón…
RECUADRO
LA PELÍCULA DEL DEBUT
En ‘El resultado del amor’, como ya han informado todos los medios provinciales y nacionales, Cativa hace de ‘El payado Paparulo’, clown que le enseña las destrezas de la profesión a la protagonista, encarnada por Sofía Gala.
Cativa tose bastante seguido cuando habla. Pero aclara: “Te aviso que la tos está grabada en la película. El personaje que yo hago es el de una persona enferma y tiene esta tos” asegura.
El cómo lo descubrió Subiela, él mismo lo dice, “ya lo he contado un millón de veces”. Lo concreto es que lo vio gracias al zaping y a la televisión. Lo llamó, se pusieron condiciones y filmaron: “Yo quería estar cómodo, evitar esfuerzos. Y me facilitaron todo. Nos pusimos de acuerdo (tose un poco más). Me dieron el libro, lo leí, lo aprendí en un anoche, soy muy memorioso. A los poemas de García Lorca me los aprendía en un día. Y ha salido una muy buena película”.
_¿Antes eras sólo un humorista? ¿O ya eras actor?
_No, actor no… aunque sí, en el escenario hacía unas cosas. Pero yo hago un unipersonal, la banqueta alta y hablo de mis cosas. Ni libretista tengo.
martes, 4 de septiembre de 2007
HERNÁN VACA NARVAJA
“Schiaretti asume rengo”
El periodista Hernán Vaca Narvaja, apenas asumida la derrota de Luis Juez, hace un análisis de los comicios y de la provincia que se viene.
La legitimidad faltante en el gobernador electo, las sospechas sobre el financiamiento de la campaña de la UCR y las diferencias y similitudes entre Schiaretti y De la Sota.
¿Cuál es la primera lectura que hacés de estas elecciones?
Si se confirman los datos oficiales, creo que es un triunfo a lo pirro, porque es un gobierno que va a arrancar con una legitimidad muy dudosa, con una diferencia sideral en los recursos que se utilizaron para la campaña entre uno y otro candidato. Y me parece que es un severo llamado de atención a cierta soberbia y a cierta actitud triunfalista demostrada a lo largo de la campaña. Me parece que aquí ha habido un voto castigo después de 8 años de gobierno que implica también un desgaste importante.
Y qué lectura se puede hacer sobre las demoras en la apertura de las mesas, que derivaron en esta pereza electoral.
Yo creo que, a esta altura y con la tecnología que impera en todo el mundo, que nos sigamos manejando con telegramas de correo, con fax y con un sistema electoral que no facilita para nada la participación ciudadana es un tema a revisar. Y es parte de esta reforma política que la gente pidió a gritos en 2001 que lo dirigentes no han sabido realizar. Sigue vigente la lista sábana, por más que se redujo la Legislatura. La gente ha dado clara muestras de participación, de independencia ciudadana a la hora de votar. Y creo que la crisis de los partidos tradicionales es una crisis terminal que no tiene retorno y habrá que poner atención en mejorar el tema electoral porque no puede ser que en los tiempos que estamos viviendo haya que esperar hasta las 5 de la mañana para saber quién ganó la elección.
El actual sistema electoral es, entonces, más que un problema tecnológico, un problema político.
Me parece que obedece a las prioridades. Hemos presenciado un verdadero festival de subsidios, vaya uno a saber con qué fines, con qué objetivos y con qué racionalidad. Y no se ha mejorado la calidad institucional de Córdoba, ni en el sistema electoral ni en las instituciones. La clase política tiene que tomar esto como un llamado para fomentar la participación ciudadana y no valerse de un sistema arcaico y caduco que genera este tipo de sospechas.
En ese sentido, apenas terminado los comicios, los integrantes del Frente Cívico admitieron un posible triunfo pero a su vez hicieron un enérgico llamado a cuidar las urnas. ¿Fue una sospecha prematura o una forma de atajar una posible derrota?
Creo que hace al control ciudadano de una elección. Yo insisto con la desproporción de recursos. Antes del comicio se difundió un relevamiento de una fundación privada donde se hablaba de la cantidad de inversión publicitaria de los candidatos de Córdoba. Entre el gobierno y Schiaretti se llevaron el 88.7%, detrás estaban Mario Negri, Eduardo Acastello, Eduardo Di Cola y por fin Luis Juez. Parece que la desigualdad de recursos derivó en la necesidad de preservar y contar con fiscales para que, ante la paridad que indicaban las encuestas boca de urna, no le robaran la elección.
EL 60 EN CONTRA
La primera lectura que se puede hacer de los comicios es que el 60% de los cordobeses votó en contra del actual gobierno y su candidato. ¿En contra de qué precisamente se expidieron estos cordobeses?
Me parece que la derrota de De la Sota en Capital es doble, es lapidaria. Todavía se le pasa la factura por lo de Germán Kammerath. Por otra parte, se ratificó la gestión a un candidato alterno pese a que la gestión de Juez no ha sido buena. Y en tercer lugar, Olga Riutort, a quien De la Sota le ganó a través de su delfín Roberto Chuit la interna partidaria, terminó ganándole la elección general. Ha perdido una interna abierta, donde el peso del aparato y el fraude que denunció Riutort, se dio vuelta. Es una derrota lapidaria para una concepción política autoritaria.
¿Y esta manifestación demuestra también un rechazo a la política de De la Sota?
No sé si la gente se ha planteado tan puntualmente estos temas. Me parece que 8 años gobernando son suficientes y que la gente optó por la alternancia sin estar enamorada del candidato por el Frente Cívico y Social. Juez en el Interior no logró hacer demasiado pie y tampoco logró hacer una buena gestión. Ha habido un voto que mezcla una necesidad de cambio y un voto castigo por la soberbia y el autoritarismo del candidato del oficialismo. La gente terminó votando en contra de esta actitud de soberbia. Y si bien el radicalismo hizo un papel decoroso con la candidatura de Ramón Mestre, fue absolutamente funcional a la ingeniería política de De la Sota. Le ha sacado votos a Juez y ha permitido que el oficialismo tenga 4 años más en el gobierno de la provincia.
Sin ánimos de hacer futurología, ¿cómo te imaginas que van a ser estos 4 años de Schiaretti sin haber superado el 40% de so votos?
Me parece que Schiaretti va a tener que tener un gesto de grandeza. Es un gobernador que asume rengo, con una legitimidad que dan las urnas que ha sido muy escasa. Va a tener que hacer un gobierno distinto, va a tener que abrir el juego y terminar con la pelea entre la Provincia y el Municipio. Va a tener que llamar a una concertación lo antes posible y buscar legitimar un gobierno que a todas luces asume con muy poca legitimidad.
¿Y cómo se prefigura el futuro de la UCR?, ¿tiene posibilidad de alternancia o su destino es sumarse al PN para evitar el mayor ascenso del PJ?
Me parece que el radicalismo está pasando una crisis terminal, que es la misma que están pasando los partidos tradicionales. Si algo ha mostrado esta elección es que el apego al voto peronista o radical no existe más. Los lineamientos políticos tienen más que ver con la credibilidad que inspiran ciertas figuras y no con la estructura partidaria. Si el radicalismo no cambia el discurso está condenado al fracaso.
Mencionabas recién la inversión publicitaria de la UCR. ¿Qué grado de veracidad se le puede otorgar a las versiones que indicaba que el mismo PJ habría financiado la campaña de Mario Negri?
A mi me gustaría que quienes lo han denunciado, sobre todo la gente de Juez, aporte las pruebas y la Justicia se ponga a investigar. Yo tengo indicios de que esto habría sido así, pero si tuviera la pruebas ya las hubiera presentado en la Justicia y publicado. Uno de los que denunció esto, Miguel Ortiz Pellegrini, ahora que fue electo legislador y por lo tanto tiene fueros, tiene que profundizar esa denuncia y aportar los elementos a la Justicia. Porque si esto ha sido así es un hecho grave. Y también es grave que a esta altura del partido aún no sepamos de dónde salen los cuantiosos fondos que se han gastado en esta campaña.
COMPARANDO
Como biógrafo de De la Sota y Angeloz, ¿qué similitudes se pueden encontrar entre estos dos hombres fuertes de la provincia y el gobernador electo?
Yo creo que De la Sota aprendió mucho de Angeloz, especialmente en lo que hace a caminar la provincia. De la Sota ha valorado mucho al Interior y esto le ha dado resultados. Y a diferencia de Angeloz, supo irse a tiempo y los resultados le están dando la razón. Schiaretti va a tener que hacer muchos esfuerzos para que su gobierno no sea una continuidad de estos 8 años porque la gente ha expresado y pedido un cambio de rumbo.
¿Notas en Schiaretti los rasgos carismáticos y la habilidad política que ostentaron en su momento tanto Angeloz como De la Sota?
No, hay una diferencia, en cuanto a calidad de dirigentes, muy grande. De la Sota es una figura nacional, Angeloz en su momento también lo fue y Schiaretti me parece que tiene un vuelo más corto. Y por eso va a tener que poner el acento en lo institucional y en abrir el juego, buscando consensos porque no tiene ni el carisma ni el liderazgo que sí tiene De la Sota.
RECUADRO
PERFIL VACA NARVAJA
Hernán Vaca Narvaja pertenece a la joven generación de periodistas políticos de la provincia. Actualmente reside en Río Cuarto y dirige la Revista El Sur, además de haber sido colaborador de la Voz del Interior y Página 12 Córdoba, entre otros medios.
Entre diferentes premios y publicaciones, se destacan en su obra las biografías sobre Eduardo César Angeloz –‘Ave César’- y José Manuel De la Sota –‘El candidato’-.
RECUADRO
EL INTERIOR
¿Por qué crees que Schiaretti eligió Río Cuarto para cerrar la campaña?
Yo creo que en Río Cuarto ha habido un reconocimiento a una gestión que ha tenido un marco político muy importante de parte del gobernador De la Sota. Desconocer esto sería una necedad. Se han invertido muchos recursos, se la reconocido como capital alterna y se ha hecho mucha obra pública. El voto del Sur y espacialmente Río Cuarto es un voto de agradecimiento y reconocimiento por lo que ha hecho De la Sota y no tanto Schiaretti. No nos olvidemos que en los últimos días, incluso violando la veda electoral, fue el propio De la Sota el que se puso al frente de la campaña en Río Cuarto, que por otra parte es la ciudad que ha elegido para vivir.
RECUADRO
EL VICE
Héctor Campana terminó ejerciendo un cangurismo peor que el de los políticos tradicionales. Campana en definitiva restó más que lo que sumó. Terminó siendo una figura decorativa. Si ese es el espacio que se le asignan a las figuras que vienen por fuera, tampoco le estamos dando una respuesta al reclamo social del 2001 y que insisto, no ha tenido aún una respuesta institucional adecuada.
El periodista Hernán Vaca Narvaja, apenas asumida la derrota de Luis Juez, hace un análisis de los comicios y de la provincia que se viene.
La legitimidad faltante en el gobernador electo, las sospechas sobre el financiamiento de la campaña de la UCR y las diferencias y similitudes entre Schiaretti y De la Sota.
¿Cuál es la primera lectura que hacés de estas elecciones?
Si se confirman los datos oficiales, creo que es un triunfo a lo pirro, porque es un gobierno que va a arrancar con una legitimidad muy dudosa, con una diferencia sideral en los recursos que se utilizaron para la campaña entre uno y otro candidato. Y me parece que es un severo llamado de atención a cierta soberbia y a cierta actitud triunfalista demostrada a lo largo de la campaña. Me parece que aquí ha habido un voto castigo después de 8 años de gobierno que implica también un desgaste importante.
Y qué lectura se puede hacer sobre las demoras en la apertura de las mesas, que derivaron en esta pereza electoral.
Yo creo que, a esta altura y con la tecnología que impera en todo el mundo, que nos sigamos manejando con telegramas de correo, con fax y con un sistema electoral que no facilita para nada la participación ciudadana es un tema a revisar. Y es parte de esta reforma política que la gente pidió a gritos en 2001 que lo dirigentes no han sabido realizar. Sigue vigente la lista sábana, por más que se redujo la Legislatura. La gente ha dado clara muestras de participación, de independencia ciudadana a la hora de votar. Y creo que la crisis de los partidos tradicionales es una crisis terminal que no tiene retorno y habrá que poner atención en mejorar el tema electoral porque no puede ser que en los tiempos que estamos viviendo haya que esperar hasta las 5 de la mañana para saber quién ganó la elección.
El actual sistema electoral es, entonces, más que un problema tecnológico, un problema político.
Me parece que obedece a las prioridades. Hemos presenciado un verdadero festival de subsidios, vaya uno a saber con qué fines, con qué objetivos y con qué racionalidad. Y no se ha mejorado la calidad institucional de Córdoba, ni en el sistema electoral ni en las instituciones. La clase política tiene que tomar esto como un llamado para fomentar la participación ciudadana y no valerse de un sistema arcaico y caduco que genera este tipo de sospechas.
En ese sentido, apenas terminado los comicios, los integrantes del Frente Cívico admitieron un posible triunfo pero a su vez hicieron un enérgico llamado a cuidar las urnas. ¿Fue una sospecha prematura o una forma de atajar una posible derrota?
Creo que hace al control ciudadano de una elección. Yo insisto con la desproporción de recursos. Antes del comicio se difundió un relevamiento de una fundación privada donde se hablaba de la cantidad de inversión publicitaria de los candidatos de Córdoba. Entre el gobierno y Schiaretti se llevaron el 88.7%, detrás estaban Mario Negri, Eduardo Acastello, Eduardo Di Cola y por fin Luis Juez. Parece que la desigualdad de recursos derivó en la necesidad de preservar y contar con fiscales para que, ante la paridad que indicaban las encuestas boca de urna, no le robaran la elección.
EL 60 EN CONTRA
La primera lectura que se puede hacer de los comicios es que el 60% de los cordobeses votó en contra del actual gobierno y su candidato. ¿En contra de qué precisamente se expidieron estos cordobeses?
Me parece que la derrota de De la Sota en Capital es doble, es lapidaria. Todavía se le pasa la factura por lo de Germán Kammerath. Por otra parte, se ratificó la gestión a un candidato alterno pese a que la gestión de Juez no ha sido buena. Y en tercer lugar, Olga Riutort, a quien De la Sota le ganó a través de su delfín Roberto Chuit la interna partidaria, terminó ganándole la elección general. Ha perdido una interna abierta, donde el peso del aparato y el fraude que denunció Riutort, se dio vuelta. Es una derrota lapidaria para una concepción política autoritaria.
¿Y esta manifestación demuestra también un rechazo a la política de De la Sota?
No sé si la gente se ha planteado tan puntualmente estos temas. Me parece que 8 años gobernando son suficientes y que la gente optó por la alternancia sin estar enamorada del candidato por el Frente Cívico y Social. Juez en el Interior no logró hacer demasiado pie y tampoco logró hacer una buena gestión. Ha habido un voto que mezcla una necesidad de cambio y un voto castigo por la soberbia y el autoritarismo del candidato del oficialismo. La gente terminó votando en contra de esta actitud de soberbia. Y si bien el radicalismo hizo un papel decoroso con la candidatura de Ramón Mestre, fue absolutamente funcional a la ingeniería política de De la Sota. Le ha sacado votos a Juez y ha permitido que el oficialismo tenga 4 años más en el gobierno de la provincia.
Sin ánimos de hacer futurología, ¿cómo te imaginas que van a ser estos 4 años de Schiaretti sin haber superado el 40% de so votos?
Me parece que Schiaretti va a tener que tener un gesto de grandeza. Es un gobernador que asume rengo, con una legitimidad que dan las urnas que ha sido muy escasa. Va a tener que hacer un gobierno distinto, va a tener que abrir el juego y terminar con la pelea entre la Provincia y el Municipio. Va a tener que llamar a una concertación lo antes posible y buscar legitimar un gobierno que a todas luces asume con muy poca legitimidad.
¿Y cómo se prefigura el futuro de la UCR?, ¿tiene posibilidad de alternancia o su destino es sumarse al PN para evitar el mayor ascenso del PJ?
Me parece que el radicalismo está pasando una crisis terminal, que es la misma que están pasando los partidos tradicionales. Si algo ha mostrado esta elección es que el apego al voto peronista o radical no existe más. Los lineamientos políticos tienen más que ver con la credibilidad que inspiran ciertas figuras y no con la estructura partidaria. Si el radicalismo no cambia el discurso está condenado al fracaso.
Mencionabas recién la inversión publicitaria de la UCR. ¿Qué grado de veracidad se le puede otorgar a las versiones que indicaba que el mismo PJ habría financiado la campaña de Mario Negri?
A mi me gustaría que quienes lo han denunciado, sobre todo la gente de Juez, aporte las pruebas y la Justicia se ponga a investigar. Yo tengo indicios de que esto habría sido así, pero si tuviera la pruebas ya las hubiera presentado en la Justicia y publicado. Uno de los que denunció esto, Miguel Ortiz Pellegrini, ahora que fue electo legislador y por lo tanto tiene fueros, tiene que profundizar esa denuncia y aportar los elementos a la Justicia. Porque si esto ha sido así es un hecho grave. Y también es grave que a esta altura del partido aún no sepamos de dónde salen los cuantiosos fondos que se han gastado en esta campaña.
COMPARANDO
Como biógrafo de De la Sota y Angeloz, ¿qué similitudes se pueden encontrar entre estos dos hombres fuertes de la provincia y el gobernador electo?
Yo creo que De la Sota aprendió mucho de Angeloz, especialmente en lo que hace a caminar la provincia. De la Sota ha valorado mucho al Interior y esto le ha dado resultados. Y a diferencia de Angeloz, supo irse a tiempo y los resultados le están dando la razón. Schiaretti va a tener que hacer muchos esfuerzos para que su gobierno no sea una continuidad de estos 8 años porque la gente ha expresado y pedido un cambio de rumbo.
¿Notas en Schiaretti los rasgos carismáticos y la habilidad política que ostentaron en su momento tanto Angeloz como De la Sota?
No, hay una diferencia, en cuanto a calidad de dirigentes, muy grande. De la Sota es una figura nacional, Angeloz en su momento también lo fue y Schiaretti me parece que tiene un vuelo más corto. Y por eso va a tener que poner el acento en lo institucional y en abrir el juego, buscando consensos porque no tiene ni el carisma ni el liderazgo que sí tiene De la Sota.
RECUADRO
PERFIL VACA NARVAJA
Hernán Vaca Narvaja pertenece a la joven generación de periodistas políticos de la provincia. Actualmente reside en Río Cuarto y dirige la Revista El Sur, además de haber sido colaborador de la Voz del Interior y Página 12 Córdoba, entre otros medios.
Entre diferentes premios y publicaciones, se destacan en su obra las biografías sobre Eduardo César Angeloz –‘Ave César’- y José Manuel De la Sota –‘El candidato’-.
RECUADRO
EL INTERIOR
¿Por qué crees que Schiaretti eligió Río Cuarto para cerrar la campaña?
Yo creo que en Río Cuarto ha habido un reconocimiento a una gestión que ha tenido un marco político muy importante de parte del gobernador De la Sota. Desconocer esto sería una necedad. Se han invertido muchos recursos, se la reconocido como capital alterna y se ha hecho mucha obra pública. El voto del Sur y espacialmente Río Cuarto es un voto de agradecimiento y reconocimiento por lo que ha hecho De la Sota y no tanto Schiaretti. No nos olvidemos que en los últimos días, incluso violando la veda electoral, fue el propio De la Sota el que se puso al frente de la campaña en Río Cuarto, que por otra parte es la ciudad que ha elegido para vivir.
RECUADRO
EL VICE
Héctor Campana terminó ejerciendo un cangurismo peor que el de los políticos tradicionales. Campana en definitiva restó más que lo que sumó. Terminó siendo una figura decorativa. Si ese es el espacio que se le asignan a las figuras que vienen por fuera, tampoco le estamos dando una respuesta al reclamo social del 2001 y que insisto, no ha tenido aún una respuesta institucional adecuada.
martes, 14 de agosto de 2007
La agenda en Córdoba, cuestión de dos
Mientras que en el mundo de la libre oferta y demanda diferentes actores económicos juegan y se disputan la construcción de la realidad, Córdoba marca un precedente poco común: la construcción de la realidad mediante la instalación de la agenda pública es sólo tarea del mismo bolsillo y sus dos medios.
Es sabido que la llamada ‘agenda periodística’ es aquella que el sistema de medios de una sociedad dada planifica y ejecuta sobre la base de unos criterios editoriales que la configuran y la definen como “el conjunto de los temas noticiosos, enfoques y tratamientos que se incluyen en el espacio o tiempo de que disponen los medios para cumplir con su función” tal la definición utilizada por McCombs y Shaw en ‘The agenda-setting functions of the mass media’.
Mientras, también es de conocimiento acabado para aquellos que tienen como objeto de estudio a los medios de comunicación, como así también en aquellos que trabajan en estos, que la ‘competencia’ periodística en una zona determinada –más allá de cuestiones comerciales, pero apuntadas a éstas- está dada por la presencia de los medios en la sociedad. Y esta presencia, se evidencia, claro está, en la instalación de aquellos temas que por diferentes circunstancias y conveniencias –periodísticas, políticas y/o económicas- el medio ha difundido con mayor o menor importancia.
De este modo, cuando un tema gana, como suele decirse, la calle y es la sociedad la que prosigue con el desarrollo del tema propuesto, el medio ha logrado su fin último en la naturaleza de las empresas de comunicación: haberse convertido en espacio de consulta, autoridad y de formación pública de la sociedad en la cual se desenvuelve. En síntesis, ha logrado instalar agenda a partir de sus definiciones políticas, económicas, culturales y sociales, las cuales determinan la importancia o no de un tema particular.
Ahora bien, dice Ignacio Ramonet en ‘Comunicación contra información’ que en la lucha por la imposición de la agenda periodística como agenda pública, “numerosas cabeceras de la prensa escrita continúan adoptando, por mimetismo televisual, por endogamia catódica, las características propias del medio audiovisual” y enumera las características que definen al medio en cuestión y que para Ramonet, han ganado la batalla tecnológica y periodística: “La primera concebida como pantalla, la reducción del tamaño de los artículos, la personalización excesiva de los periodistas, la prioridad otorgada al sensacionalismo y la práctica sistemática de la amnesia en relación con las informaciones que hayan perdido actualidad” . Por fin, concluye afirmando que, en esa lucha, los medios tradicionales “compiten con el audiovisual en materia de marketing y desprecian la lucha de ideas”.
Si bien, en principio, lo expresado por Ramonet sería indiscutible dado el avasallamiento del sistema audiovisual por sobre los otros medios conocidos, presentaremos una digresión a lo señalado por el periodista francés en relación a los criterios actuales asignados en el mundo para la imposición de la agenda. Y nuestra digresión frente a la cuasi verdad revelada precedente tiene como objeto principal demostrar que en la ciudad de Córdoba, la imposición de la agenda no pasa por una tecnología en particular, sino por un motivo que excede lo tecnológico.
Se ha dicho infinidad de veces que el capitalismo, y su modo de desarrollo actual, el Libre Mercado, funciona de manera tal que la competencia –más el agregado de su adjetivo calificativo predilecto: ‘sana’- es la que regula las relaciones económicas en el seno de una sociedad desarrollada. No obstante y retrotrayéndonos a la suma de las siguientes variables:
Sistema de Libre Mercado,
Preeminencia de los medios audiovisuales
Competencia entre diferentes medios
Imposición de la agenda pública por parte de los medios audiovisuales
Podríamos caer en la cuenta que esta teoría, ampliamente desarrollada y hoy casi innegable, encontraría su excepción en la ciudad de Córdoba. Esta hipótesis –que precisa de mayor definición y desarrollo de la que se le pudiera dar acá- se verifica en el siguiente hecho: quien tiene el poder de instalar la agenda periodística en Córdoba no es un medio o tecnología determinada, sino el grupo económico que controla los dos medios más influyentes de la ciudad: el diario de mayor tirada y antigüedad –y en términos reales, el único con peso real en el negocio editorial- y el canal televisivo de mayor audiencia.
Si bien es cierto que la concentración de capitales, sobre todo en lo que concierne al negocio de la comunicación y el periodismo, se ha dado en todo el planeta y más específicamente en Argentina –por la reforma del código legal que regula el funcionamiento de las empresas periodísticas-, también es cierto que en el resto de las zonas geográficas desarrolladas la lógica económica citada ha permitido la participación de más de un sujeto económico en el juego del Libre Mercado.
Así también, se podría objetar la existencia de otros medios gráficos y audiovisuales existentes en Córdoba, lo cual es innegable. Mas, la sola existencia de otros medios no garantiza per se la posibilidad de la libre competencia en la instalación y puesta en juego de ideas que hacen a la vida social, política, cultural y económica de una sociedad determinada.
Para tal comprobación, proponemos desde aquí un ejemplo:
Tras la devaluación sufrida en nuestro país en el año 2002, Córdoba conoció el surgimiento de una aceptable cantidad de medios gráficos, en su mayoría revistas de análisis político y cultural de relativo alcance: La Intemperie, La Orilla –de la cual quien escribe fue fundador y Director Periodístico-, Culturas –publicación nacida en el seno del Museo de Antropología de la UNC-, Contramano y otras de menor regularidad.
Todas estas publicaciones -de las que hoy sólo sobrevive, a duras penas, La Intemperie- compartieron no sólo públicos objetivos, ideas afines en lo político y lo cultural y cierta esencia periodística en lo discursivo, sino también el mismo impedimento: no sólo la imposibilidad de crecer económicamente –factor al cual se le podrían objetar falencias propias- sino también la trabazón real de poder instalar temas de debate en la agenda pública.
Esto último traía aparejados dos graves problemas para cualquier emprendimiento periodístico genuino: por un lado, no se lograba instalar en la sociedad la temática presentada, la cual era concebida, por cada publicación, como ejes y problemas que la sociedad cordobesa no sólo debía conocer (por valor testimonial, documental y/o denunciativo), sino también discutir. Por otro, la ausencia de las temáticas presentadas en la agenda pública traía consigo la disminución de las posibilidades económicas, dadas las bajas a nivel de ventas de ejemplares y por consiguiente, de espacios publicitarios.
A través de la experiencia personal y de las compartidas por colegas, a la hora de buscar explicaciones en estos inconvenientes, un lugar común se fue instalando en los debates que se daban en el seno de la ciudad de Córdoba. Y ese lugar común -como tal, necesario de ser superado-, supuesto indicio del problema que incidía en el bajo crecimiento de las revistas nombradas, no tenía que ver con la influencia de los medios audiovisuales y menos con el crecimiento tecnológico de algunos sectores vinculados al negocios de los medios masivos, sino con la concentración del discurso periodístico hegemónico en dos medios del mismo grupo comercial.
Esta concentración, a su vez, generaba un doble efecto adverso: por la lógica económica de la competencia, ambos medios fueron absolutamente reacios a cualquier difusión de las nombradas publicaciones. Esto, aún cuando ninguna era competencia real y directa y más allá de si los hechos presentados en estas publicaciones eran noticiables o no. Mientras, la no existencia en las páginas e imágenes del discurso periodístico hegemónico de las temáticas presentadas por fuera de este discurso, hacía que las temáticas, directamente, no fueran parte en la agenda pública. Es decir, eliminándolas de la agenda periodística es como se las eliminó de la posibilidad de ser asunto de discusión y cuestionamiento por parte de ciertos sectores de la segunda ciudad del país.
Yendo al inicio de todo esto, comenzábamos recordando la esencia y naturaleza de la agenda periodística, planificada y ejecutada en función de los temas noticiables que los medios buscan instalar. De modo que es la agenda la que, en términos de construcción simbólica, define lo que es la ‘realidad’. Después, Ignacio Ramonet argüía que ésta se lograba imponer, tanto en su temática como en su técnica metodológica, a través del reinado de los medios audiovisuales.
La hipótesis propuesta aquí, en términos pocos acabados, pretende comprobar que más allá de la imposición de la técnica, las nuevas tecnologías y de los recursos de la mercadotecnia puestas en juego, la concentración del sistema de medios en pocas manos –en el caso de Córdoba, en una sola- imposibilita no sólo el crecimiento de los medios no pertenecientes a un grupo económico particular sino también da por tierra con la posibilidad de brindarle a la sociedad la pluralidad de discursos y opiniones que emergen de su seno. Y por más que la lógica del sistema económico actual pueda aducir que son ‘las reglas del juego’, el sistema democrático imperante –base de la organización social y por ende superador de las estructuras económicas- exige para su supervivencia y desarrollo, la convivencia de un estado discursivo múltiple que rompa los límites monocordes que impone la concentración económica.
Es sabido que la llamada ‘agenda periodística’ es aquella que el sistema de medios de una sociedad dada planifica y ejecuta sobre la base de unos criterios editoriales que la configuran y la definen como “el conjunto de los temas noticiosos, enfoques y tratamientos que se incluyen en el espacio o tiempo de que disponen los medios para cumplir con su función” tal la definición utilizada por McCombs y Shaw en ‘The agenda-setting functions of the mass media’.
Mientras, también es de conocimiento acabado para aquellos que tienen como objeto de estudio a los medios de comunicación, como así también en aquellos que trabajan en estos, que la ‘competencia’ periodística en una zona determinada –más allá de cuestiones comerciales, pero apuntadas a éstas- está dada por la presencia de los medios en la sociedad. Y esta presencia, se evidencia, claro está, en la instalación de aquellos temas que por diferentes circunstancias y conveniencias –periodísticas, políticas y/o económicas- el medio ha difundido con mayor o menor importancia.
De este modo, cuando un tema gana, como suele decirse, la calle y es la sociedad la que prosigue con el desarrollo del tema propuesto, el medio ha logrado su fin último en la naturaleza de las empresas de comunicación: haberse convertido en espacio de consulta, autoridad y de formación pública de la sociedad en la cual se desenvuelve. En síntesis, ha logrado instalar agenda a partir de sus definiciones políticas, económicas, culturales y sociales, las cuales determinan la importancia o no de un tema particular.
Ahora bien, dice Ignacio Ramonet en ‘Comunicación contra información’ que en la lucha por la imposición de la agenda periodística como agenda pública, “numerosas cabeceras de la prensa escrita continúan adoptando, por mimetismo televisual, por endogamia catódica, las características propias del medio audiovisual” y enumera las características que definen al medio en cuestión y que para Ramonet, han ganado la batalla tecnológica y periodística: “La primera concebida como pantalla, la reducción del tamaño de los artículos, la personalización excesiva de los periodistas, la prioridad otorgada al sensacionalismo y la práctica sistemática de la amnesia en relación con las informaciones que hayan perdido actualidad” . Por fin, concluye afirmando que, en esa lucha, los medios tradicionales “compiten con el audiovisual en materia de marketing y desprecian la lucha de ideas”.
Si bien, en principio, lo expresado por Ramonet sería indiscutible dado el avasallamiento del sistema audiovisual por sobre los otros medios conocidos, presentaremos una digresión a lo señalado por el periodista francés en relación a los criterios actuales asignados en el mundo para la imposición de la agenda. Y nuestra digresión frente a la cuasi verdad revelada precedente tiene como objeto principal demostrar que en la ciudad de Córdoba, la imposición de la agenda no pasa por una tecnología en particular, sino por un motivo que excede lo tecnológico.
Se ha dicho infinidad de veces que el capitalismo, y su modo de desarrollo actual, el Libre Mercado, funciona de manera tal que la competencia –más el agregado de su adjetivo calificativo predilecto: ‘sana’- es la que regula las relaciones económicas en el seno de una sociedad desarrollada. No obstante y retrotrayéndonos a la suma de las siguientes variables:
Sistema de Libre Mercado,
Preeminencia de los medios audiovisuales
Competencia entre diferentes medios
Imposición de la agenda pública por parte de los medios audiovisuales
Podríamos caer en la cuenta que esta teoría, ampliamente desarrollada y hoy casi innegable, encontraría su excepción en la ciudad de Córdoba. Esta hipótesis –que precisa de mayor definición y desarrollo de la que se le pudiera dar acá- se verifica en el siguiente hecho: quien tiene el poder de instalar la agenda periodística en Córdoba no es un medio o tecnología determinada, sino el grupo económico que controla los dos medios más influyentes de la ciudad: el diario de mayor tirada y antigüedad –y en términos reales, el único con peso real en el negocio editorial- y el canal televisivo de mayor audiencia.
Si bien es cierto que la concentración de capitales, sobre todo en lo que concierne al negocio de la comunicación y el periodismo, se ha dado en todo el planeta y más específicamente en Argentina –por la reforma del código legal que regula el funcionamiento de las empresas periodísticas-, también es cierto que en el resto de las zonas geográficas desarrolladas la lógica económica citada ha permitido la participación de más de un sujeto económico en el juego del Libre Mercado.
Así también, se podría objetar la existencia de otros medios gráficos y audiovisuales existentes en Córdoba, lo cual es innegable. Mas, la sola existencia de otros medios no garantiza per se la posibilidad de la libre competencia en la instalación y puesta en juego de ideas que hacen a la vida social, política, cultural y económica de una sociedad determinada.
Para tal comprobación, proponemos desde aquí un ejemplo:
Tras la devaluación sufrida en nuestro país en el año 2002, Córdoba conoció el surgimiento de una aceptable cantidad de medios gráficos, en su mayoría revistas de análisis político y cultural de relativo alcance: La Intemperie, La Orilla –de la cual quien escribe fue fundador y Director Periodístico-, Culturas –publicación nacida en el seno del Museo de Antropología de la UNC-, Contramano y otras de menor regularidad.
Todas estas publicaciones -de las que hoy sólo sobrevive, a duras penas, La Intemperie- compartieron no sólo públicos objetivos, ideas afines en lo político y lo cultural y cierta esencia periodística en lo discursivo, sino también el mismo impedimento: no sólo la imposibilidad de crecer económicamente –factor al cual se le podrían objetar falencias propias- sino también la trabazón real de poder instalar temas de debate en la agenda pública.
Esto último traía aparejados dos graves problemas para cualquier emprendimiento periodístico genuino: por un lado, no se lograba instalar en la sociedad la temática presentada, la cual era concebida, por cada publicación, como ejes y problemas que la sociedad cordobesa no sólo debía conocer (por valor testimonial, documental y/o denunciativo), sino también discutir. Por otro, la ausencia de las temáticas presentadas en la agenda pública traía consigo la disminución de las posibilidades económicas, dadas las bajas a nivel de ventas de ejemplares y por consiguiente, de espacios publicitarios.
A través de la experiencia personal y de las compartidas por colegas, a la hora de buscar explicaciones en estos inconvenientes, un lugar común se fue instalando en los debates que se daban en el seno de la ciudad de Córdoba. Y ese lugar común -como tal, necesario de ser superado-, supuesto indicio del problema que incidía en el bajo crecimiento de las revistas nombradas, no tenía que ver con la influencia de los medios audiovisuales y menos con el crecimiento tecnológico de algunos sectores vinculados al negocios de los medios masivos, sino con la concentración del discurso periodístico hegemónico en dos medios del mismo grupo comercial.
Esta concentración, a su vez, generaba un doble efecto adverso: por la lógica económica de la competencia, ambos medios fueron absolutamente reacios a cualquier difusión de las nombradas publicaciones. Esto, aún cuando ninguna era competencia real y directa y más allá de si los hechos presentados en estas publicaciones eran noticiables o no. Mientras, la no existencia en las páginas e imágenes del discurso periodístico hegemónico de las temáticas presentadas por fuera de este discurso, hacía que las temáticas, directamente, no fueran parte en la agenda pública. Es decir, eliminándolas de la agenda periodística es como se las eliminó de la posibilidad de ser asunto de discusión y cuestionamiento por parte de ciertos sectores de la segunda ciudad del país.
Yendo al inicio de todo esto, comenzábamos recordando la esencia y naturaleza de la agenda periodística, planificada y ejecutada en función de los temas noticiables que los medios buscan instalar. De modo que es la agenda la que, en términos de construcción simbólica, define lo que es la ‘realidad’. Después, Ignacio Ramonet argüía que ésta se lograba imponer, tanto en su temática como en su técnica metodológica, a través del reinado de los medios audiovisuales.
La hipótesis propuesta aquí, en términos pocos acabados, pretende comprobar que más allá de la imposición de la técnica, las nuevas tecnologías y de los recursos de la mercadotecnia puestas en juego, la concentración del sistema de medios en pocas manos –en el caso de Córdoba, en una sola- imposibilita no sólo el crecimiento de los medios no pertenecientes a un grupo económico particular sino también da por tierra con la posibilidad de brindarle a la sociedad la pluralidad de discursos y opiniones que emergen de su seno. Y por más que la lógica del sistema económico actual pueda aducir que son ‘las reglas del juego’, el sistema democrático imperante –base de la organización social y por ende superador de las estructuras económicas- exige para su supervivencia y desarrollo, la convivencia de un estado discursivo múltiple que rompa los límites monocordes que impone la concentración económica.
jueves, 2 de agosto de 2007
Una aproximación socio-histórica a la resignificación de lo colectivo y lo individual en los ‘90
INTRODUCCION
Intentaremos, en esta breve exposición, aproximarnos a ciertas marcas simbólicas o huellas de la década del ‘90 que de alguna manera resignificaron la pertenencia individual a la sociedad en el nombrado lapso de tiempo. E incluso, observar cómo éstas conformaron el paradigma socio-cultural que sostuvo el discurso hegemónico de tan característicos años.
Es decir, buscaremos acercarnos a ciertos particularismos que signaron las prácticas individuales y sociales de manera privativa, de modo tal que hoy prosiguen como símbolos del desenvolvimiento individual en una sociedad cada vez más fragmentada.
Los cambios introducidos a nivel global (quiebre del sistema bipolar, constitución de una centralidad de poder único, anulación de las fronteras y los límites físicos y culturales, etc.), sumados estos a la transformación tanto política y económica como cultural que se llevó a cabo desde 1989 en nuestro país y América, enraizaron, de manera alguna, ciertas prácticas sociales que hoy se extienden y que pueden interpretarse como cambios que desde la individualidad conformaron lo social y viceversa.
Diversas condiciones socio culturales (entre las cuales se destacan los cambios a nivel laboral) desembocaron en un sinfín de consecuencias en la sociedad. Un cortoplascismo exacerbado, la privatización y negación de diferentes ámbitos públicos, el intimismo y guetización de la sociedad, la presencia del Mercado y su prácticas por sobre las demás esferas del mundo de la vida, la existencia de un presente omnipresente: todo ello atraviesa de manera tal lo social que produce una resemantización del espacio en donde se desenvuelven las prácticas humanas y, en última instancia, genera la resiginificación de la existencia personal, ahora fundada en cuestiones bien diferenciadas de aquellas que cimentaron los paradigmas socio culturales de décadas pasadas.
Abordaremos, de esta manera, la resemantización de los espacios sociales que desembocan , en última instancia, en la la cotidianeidad como espacio invisible, urgente y único lugar del desarrollo individual, como exclusivo escenario desde donde pensar el presente y desarrollar la existencia, acotada a un aquí y ahora insalvable.
1) Lo cotidiano como único horizonte
Al cúmulo y entretejido de incertidumbres por las que pasó y pasa el mundo entero desde 1990 (nula resistencia antiimperialista reemplazada por diversas facciones fundamentalistas, explosión de nacionalismos frente a los antiguos deseos unificadores de la Europa Oriental, polarización creciente de los extremos económicos, etc.), sumado esto a la fragmentación social y cultural de América Latina, Martín Hopenhayn (1) lo define como el despertar de un dulce sueño o de una posible pesadilla denominada revolución.
Si la revolución fue socialmente imaginada –señala Hopenhayn- como un incendio caliente en que se consumían y revertían las estructuras básicas de la sociedad capitalista-dependiente, ahora nos enfrentamos a las cenizas refrigeradas de la misma idea de revolución.
El autor no sólo re refiere a una cuestión de giro político, estratégico o ideológico. Más bien, abandonar la imagen de una revolución posible, por el contexto de situación antes mencionado, es también una mutación cultural, “una peculiar forma de morir”.
A lo que se refiere Hopenhayn es a una muerte, en primer lugar, por ausencia de acontecimientos. Si la revolución era pensada como el momento en que la historia se rompía mediante una acción consciente y colectiva, hoy, sin ella, nos quedamos sin la emoción del gran acontecimiento.
De igual manera, se produce una muerte por ausencia de redención. La revolución nos redimía a todos de la “alineación capitalista, de los dramas del individualismo burgués y de la viscosa contaminación de la explotación”. Sin revolución no nos queda otra cosa que cargar con ellas.
Por último, esta peculiar forma de morir se da por ausencia de fusión. La imagen de una revolución posible y plena de sentido suponía la plena compenetración de la vida personal con la vida de los pueblos, la comunión entre un proyecto de vida y un proyecto de mundo. Sin revolución, la vida presente pierde la virtualidad de una epopeya.
Así pues, la privatización y negación de todos los ámbitos de carácter colectivo y social fueron suplantados por una política autista de movilización individual. La pobreza de más de la mitad de los habitantes de Latinoamérica condiciona todos los aspectos de sus vidas, incluso las de aquellos que aún no han ingresado en la categoría de indigente. Pues la fragmentación social producida por el deseo ahora de no-pertenecer genera una nueva desarticulación entre los expulsados ‘de por vida’ y entre los que no ansían, en absoluto, estar encuadrados bajo esas características.
De manera tal, la pulverización del colectivo social concluye en la llamada ‘guetización’ (2) de la sociedad, una separación particular que provoca esa “peculiar forma de morir”: morir por la ausencia de expectativas de cambio, por la poco probable posibilidad de salvación colectiva y por inexistente integración individual al tejido social.
Hopenhayn define la actual situación como la de “un domingo pobre”, donde estos diversos factores nos llevan a una cotidianeidad y a una vida vivida al corto plazo que se torna cosa frágil. El neoliberalismo, “que es esencialmente cortoplacista” (3) imprime allí su sello. Y pensar la idea se convierte en una quimera impracticable que envía a cada ser humano al ámbito privado de la cotidianeidad como lugar indiscutible del desarrollo particular.
2) La velocidad y la salvación individual
Señalábamos más arriba que el ámbito privado de la cotidianeidad se presenta entonces como el lugar indiscutible y exclusivo del desarrollo particular, a causa de la fragmentación del colectivo social.
Como indica Pedro Güel (4), en el proceso que llamamos globalización, fin de las ideologías o diferenciación de los mundos de vida, las identidades de las personas, sus sueños, opciones y vínculos se hacen más volátiles y contingentes. Esto significa que cada vez menos los sistemas sociales – entre ellos sobretodo las estrategias de desarrollo y los proyectos políticos – pueden dar por supuesto el compromiso de la subjetividad con ellos por el sólo hecho de la racionalidad de sus argumentos o la abundancia de sus beneficios.
Por tal motivo, la disposición de las personas a participar y a confiar en los escenarios institucionales y estratégicos que les ofrece el desarrollo parece depender cada vez más de una condición muy básica: del grado de seguridad, certidumbre y sentido que las personas obtienen de ellos para sus vidas cotidianas.
Así, la búsqueda del nirvana de las sociedades occidentales, alejadas del progreso y subsumidas en el neoliberalismo, se traduce en esa necesidad de seguridad cotidiana perseguida como un imposible posible. Este escarbar hacia algo que se presenta cercano, en tanto también lo es seguro y personal, desplaza la noción de una emancipación colectiva hacia la salvación particular.
Este alejamiento del control y conformación de lo social por parte de una comunidad, tiene directa correlación con el intimismo exagerado que caracterizó la década del 90’ y nuestro principio de siglo. Intimismo marcado por la interpretación de la realidad como guiada, pura y exclusivamente, por los entornos objetivos que se manejan solos. El sujeto individual no actúa en la conformación del sujeto social, en tanto mecanismos reguladores objetivos suplen esa función por él.
La visión liberal del Mercado como regulador natural de la economía imprime así su visión sobre el diario vivir. En la medida que el Estado se aparta del control de la macroestructura económica, de acuerdo a una de las premisas del neoliberalismo, la sociedad imita su comportamiento, apartándose de las cuestiones que le atañen por ser sujeto protagónico en la conformación del tejido social. Todo este proceso funciona, a la vez, en consonancia con el cortoplacismo, característica tanto de la cotidianeidad como del neoliberalismo.
“Entonces –señala Güel- hay que centrar todos las finalidades, explicaciones y aspiraciones en una interioridad desprovista de vínculos y capacidades colectivas y públicas” (5). Se legitima, de esta manera, una suerte de irresponsabilidad social que excusa a la búsqueda de soluciones intencionales a los problemas colectivos.
No hay culpable objetivo del nulo desarrollo como totalidad, pues la ineptitud y lo inconsistente para y por un progreso colectivo es norma que regula el cotidiano acontecer. Esta acriticidad acerca de la evolución social es aceptada tal como es presentada, desprovista de vínculos internos y externos que realicen una común unión entre el sujeto social y el sujeto individual.
En tanto, la conformación del nuevo paradigma social iniciado en la década del 90’ conlleva en sí mismo una idea que fue base de su desarrollo y expansión en gran parte del planeta: el concepto de velocidad. En la medida que se desvanecen otros, la noción de velocidad asume cada vez mayor importancia.
Por lo tanto, el discurso social que expresa este nuevo paradigma del que hablamos debe verse como una yuxtaposición de campos discursivos con lenguajes fuertemente marcados y con finalidades establecidas y reconocidas (6). Aquí, la idea de velocidad, relativa por cierto pero no por ello de absoluta importancia para la construcción de la vida diaria, funciona a modo de motor energético de las palabras que sostienen la visión hegemónica del discurso.
Ahora, esta velocidad post moderna, definida sólo en términos virtuales, inviste de sentido el discurso al posicionarse ella, y no lo que señala el discurso en sí mismo, como el sujeto protagónico del constructo que supone un discurso social como expresión de la realidad y pasaje del sentido.
De forma tal, una suerte de velocidad virtual y relativa inviste todo cuerpo social: las identidades se entremezclan en una danza mundial de símbolos mutantes y de rápida obsolescencia en las pantallas de televisión. La ideología de turno puede perdurar lo que dura un aviso publicitario (7). En tanto, un aviso publicitario se conforma como el soporte de una ideología de turno.
Por tal motivo y en todos los niveles de vida social, los cambios adquieren un ritmo vertiginoso. No hay identidades que resistan en estado puro más de dos horas ante la fuerza de estímulos que provienen de todos los rincones del planeta. (8)
Así, en la medida que el concepto de velocidad se impone, las distancias se anulan. Según Paul Virilio (9), la velocidad es poder, y la sociedad se reconstituye a partir de este nuevo vector. El que posee la velocidad gobierna con ella.
Estos nuevos ejes modifican la noción del tiempo. “El espacio tiempo del mundo habrá dejado de existir porque habremos perdido la extensión y la duración del mundo por culpa de la velocidad” (10).
Si en la modernidad –señala Nelly Arenas- el tiempo marcaba un desarrollo donde pasado, presente y futuro eran distintos pero encadenados, y en el presente podían leerse los signos de futuro, ahora la distribución entre pasado, presente y futuro se diluye: las experiencias del pasado son cada vez menos útiles y no hay modos confiables de pensar el futuro. Vivimos en un presente que lo soluciona todo, un presente omnipresente (11).
Un presente que no avanza más allá de lo que la cotidianeidad, de acuerdo a su cadencia y orden propio, lo permite. No obstante, ahí está siempre la velocidad que borra los límites y las fronteras para imprimir una virtualidad de avance que ya no existe de otro modo por la imposibilidad de una salvación colectiva.
Pues ahí está la explicación del por qué entablamos esta relación. La velocidad imprime lo que la idea de una organización colectiva articulada bajo lazos solidarios ya no ofrece por inexistente. La velocidad virtual estampa la noción de un vértigo de la cotidianeidad que en realidad no existe. Los pequeños cambios, pequeños pero rápidos, son vividos así como el despegar de una inmovilidad que sigue siendo tal, pero que es percibida como un vuelo. Un vuelo sobre el cuerpo social y discursivo en sí mismo, un vuelo que no despega en absoluto de este cuerpo, pero que por la presteza interpretada de estos cambios, se vive como la única manera de ser cambiantes en un mundo invariable y homogéneo.
3) La resignificación de la existencia
Lo que primero se mencionaba como consecuencia del modelo político económico social y cultural dominante, la atomización, y lo que más tarde se caracterizaba como un nuevo espacio privado de desarrollo, la cotidianeidad, transforma el antiguo lugar del colectivo social en un objeto vacío de sentido. Todo un acontecimiento cultural del cual emanan consecuencias que contribuyen a moldear una cierta cultura del desencanto.
Un desencanto que nos remite a aquella peculiar forma de morir por la ausencia de las expectativas de cambio radical. Ausencias que ayudan a la resignificación de nuevos escenarios por la conjunción del proceso de atomización social y de la cotidianeidad, causa y consecuencia del mismo fenómeno.
Señala Hopenhaym (12) que la conformación de estos nuevos escenarios del desarrollo particular tiene, en primer lugar, la necesidad de resignificar la existencia personal sobre la base de una suma de ‘pequeñas razones’ que nunca suman una ‘razón total’, pero que conjuran, parcial y provisoriamente, la pérdida de ese referente meta histórico llamado ‘revolución’.
“Sustituimos el programa único por una colección de ‘softwares’ que nos ponemos y nos sacamos según la ocasión: el software del crecimiento personal, del pragmatismo político, de la promoción profesional, de las transgresiones morales. A falta de coherencia, reemplazamos el énfasis en lo sustantivo por la complacencia en el estilo. Partes de nosotros adhieren a partes de proyectos colectivos de pequeña escala o de pequeño calibre. La palabra ‘individualista’ nos resulta ahora más musical que la palabra ‘colectivista” (13).
En segundo lugar, pasamos de la utopía al ‘adhoquismo’. La falta de un estado terminal en que todo se concilia con todo nos ha llevado a un ejercicio constante de readecuación, donde las estrategias no son el medio para un fin glorioso, sino el fin en sí mismo. “Si con la imagen de la revolución las acciones podían inscribirse sobre un horizonte claro y distinto, sin esa imagen la visión tiende a conformarse con el corto plazo, el cambio mínimo, la reversión intersticial. La falta de utopías no es sólo la disolución de los sueños, sino también la perpetuación de una vigilia somnolienta y puntillista” (14).
En tercer lugar –sostiene Hopenhayn- hemos renunciado a la voluntad de ruptura. Antes, el imperativo categórico siempre podía encontrarse en un asesinato necesario, fuese real o simbólico: el del burgués, el del capital o del imperialismo. Hoy día jugamos con esas figuras y a lo sumo las burlamos. El verbo romper tenía un encanto irresistible que ahora ya no existe. Incluso la violencia implícita en el verbo podía ser revestida de belleza.
4) Intrascendente minimalismo
El ámbito del desenvolvimiento individual, único ámbito de desarrollo, se refugia a partir de una búsqueda de la seguridad cotidiana. A pesar de lo volátil, contingente, eventual y azaroso, el pequeño espacio privado da la sensación de protección que ya no brindan los extintos lugares públicos.
Así, este reparo en lo cercano y personal se traduce en un intimismo exagerado a partir de le creencia en mecanismos objetivos como reguladores de lo externo e impropio.
Sin embargo, y como el transcurrir del devenir no puede estar ajeno del desarrollo capitalista impuesto por el modelo, se introduce una noción que rompe la barrera de la monotonía. El monólogo de la vida recluida adquiere una fuerza virtual expresada por el discurso social hegemónico, cambiante pero siempre igual, que brinda el sentido que la reclusión no contiene.
Esta redefinición de los límites que obliga la velocidad, nos asienta exclusivamente en el presente omnipresente y genera la re-conformación de nuevos espacios.
Con los físicos públicos ya extinguidos, queda sólo reconfigurar la cotidianeidad veloz desde la cual estamos creciendo. Cómo lograrlo en esta nueva cultura del desencanto: a través de la resemantización del espacio.
Poseyendo pequeñas razones que den sentido al transcurrir, cuestiones de mínimo calibre que relevan, en forma incompleta por cierto, a la idea de un gran cambio unificado. Convirtiendo nuestras estrategias no en medios para alcanzar un fin deseado, sino el fin en sí mismo. Cada paso dado no es un escalón menos para alcanzar el desarrollo final, sino que se constituye en un triunfo que debe ser lisonjeado como lo único posible, al menos por el momento. Más tarde la experiencia comprobará si es posible continuar el camino, pero el corto plazo y el mínimo intersticio son válidos como prueba y pericia.
De esta manera, se reconfigura el nuevo escenario de desenvolvimiento en el que, entre otras cosas, se reproducen, resignifican y receptan los diferentes discursos sociales: pulverización de los grandes proyectos, pérdida de convicción en un progreso homogéneo y de beneficio universal, el refugio en la pequeñas empresas de la vida, el relevo de lo sustantivo por lo procedimental en nuestro orden simbólico, la impotencia para pensar rupturas radicales o iniciativas en grande y una cierta complacencia con lo discontinuo fragmentado en todos los ámbitos de la vida sociocultural.
Lo cotidiano se convierte así en una inmediatez circular que se termina en la vida de cada día y de todos los días. Es el campo de lo inmediato, pero también es el sustrato de repetición que nos prolonga en el tiempo y en el espacio. Allí se desenroscan las esperanzas, los pálpitos y los desencuentros (15).
¿Sano minimalismo? se pregunta Hopenhayn. “Todos tienen sus pequeños proyectos capaces de colmar y justificar el día, la semana, el mes o a lo sumo el año. Los académicos con sus proyectos de investigación, los animadores con sus proyectos de acción, los informales con sus proyectos de desarrollo comunitario. Nada de esto dura demasiado” (16).
Así, el objeto de referencia ineludible para cualquier comparación, la cotidianeidad, hace grande lo que en realidad es pequeño. Pues la vara relativa de medición engrandece hechos, objetos y sucesos que en otras circunstancias pasarían desapercibidos. El corto plazo y el minimalismo se convierten en el horizonte total de la vida diaria, en valores bien vistos para la acción de todos los días.
Signos actuales que las condiciones sociohistóricas de Argentina imprimen sobre la realidad: nuevos espacios reducidos, una menor continuidad, una mayor repetición, una mayor velocidad, un cortoplacismo exacerbado, una cierta complacencia minimalista. Y una desesperada constatación de intrascendencia.
Notas:
1. Martín Hopenhayn. Ni apocalípticos ni integrados (aventuras de la modernidad en América Latina). Fondo de Cultura Económica. Chile, 1994, pag. 18, 19 y 20.
2. Ana Esther Ceceña. La resistencia como espacio de construcción del nuevo mundo. Ediciones ERA. México. 1995, pag. vs.Jesús González Schmall. La Revolución olvidada y sepultada. Universidad Salesiana. Máxico. 1995, pag. 2.
3. Alan García. Neoliberalismo y neofacismo. La Falsa Modernidad. Colombia. 1997, pag. 6, 7 y ss.
4. Güell, Pedro. Jornadas de Desarrollo y Reconstrucción Global. Subjetividad Social y Desarrollo Humano: Desafíos para el nuevo siglo. Barcelona. 1998, pag 23.
5. Güell, Pedro. Ob. cit. pag. 25.
6. Paulinelli, María Elena. Discurso e identidad. Comunicación y cultura en Argentina. Cátedra de Movimientos y Cultura Argentina. Escuela de Ciencias de la Información. UNC. Argentina, 2001, pag. 11.
7. Martín Hopenhayn. Ob. cit. pag 21.
8. Nelly Arenas. Revista Nueva Sociedad. Globalización e identidad en América. Latina. Cátedra de Movimientos y Cultura Argentina. Escuela de Ciencias de la Información. UNC. Argentina, 2001, pag. 122.
9. Paul Virilio cito en Nelly Arenas. Ob. cit. pag. 128
10. Paul Virilio cito en Nelly Arenas. Ob. cit. pag. 128.Ana Esther Ceceña. Ob. cit. pag. vs.
11. Nelly Arenas. Ob. cit. pag. 123.
12. Martín Hopenhayn. Ob. cit. pag 21.
13. Martín Hopenhayn. Ob. cit. pag 21.
14. Martín Hopenhayn. Ob. cit. pag 21.
15. Martín Hopenhayn. Ob. cit. pag 25.
16. Martín Hopenhayn. Ob. cit. pag 24.
Intentaremos, en esta breve exposición, aproximarnos a ciertas marcas simbólicas o huellas de la década del ‘90 que de alguna manera resignificaron la pertenencia individual a la sociedad en el nombrado lapso de tiempo. E incluso, observar cómo éstas conformaron el paradigma socio-cultural que sostuvo el discurso hegemónico de tan característicos años.
Es decir, buscaremos acercarnos a ciertos particularismos que signaron las prácticas individuales y sociales de manera privativa, de modo tal que hoy prosiguen como símbolos del desenvolvimiento individual en una sociedad cada vez más fragmentada.
Los cambios introducidos a nivel global (quiebre del sistema bipolar, constitución de una centralidad de poder único, anulación de las fronteras y los límites físicos y culturales, etc.), sumados estos a la transformación tanto política y económica como cultural que se llevó a cabo desde 1989 en nuestro país y América, enraizaron, de manera alguna, ciertas prácticas sociales que hoy se extienden y que pueden interpretarse como cambios que desde la individualidad conformaron lo social y viceversa.
Diversas condiciones socio culturales (entre las cuales se destacan los cambios a nivel laboral) desembocaron en un sinfín de consecuencias en la sociedad. Un cortoplascismo exacerbado, la privatización y negación de diferentes ámbitos públicos, el intimismo y guetización de la sociedad, la presencia del Mercado y su prácticas por sobre las demás esferas del mundo de la vida, la existencia de un presente omnipresente: todo ello atraviesa de manera tal lo social que produce una resemantización del espacio en donde se desenvuelven las prácticas humanas y, en última instancia, genera la resiginificación de la existencia personal, ahora fundada en cuestiones bien diferenciadas de aquellas que cimentaron los paradigmas socio culturales de décadas pasadas.
Abordaremos, de esta manera, la resemantización de los espacios sociales que desembocan , en última instancia, en la la cotidianeidad como espacio invisible, urgente y único lugar del desarrollo individual, como exclusivo escenario desde donde pensar el presente y desarrollar la existencia, acotada a un aquí y ahora insalvable.
1) Lo cotidiano como único horizonte
Al cúmulo y entretejido de incertidumbres por las que pasó y pasa el mundo entero desde 1990 (nula resistencia antiimperialista reemplazada por diversas facciones fundamentalistas, explosión de nacionalismos frente a los antiguos deseos unificadores de la Europa Oriental, polarización creciente de los extremos económicos, etc.), sumado esto a la fragmentación social y cultural de América Latina, Martín Hopenhayn (1) lo define como el despertar de un dulce sueño o de una posible pesadilla denominada revolución.
Si la revolución fue socialmente imaginada –señala Hopenhayn- como un incendio caliente en que se consumían y revertían las estructuras básicas de la sociedad capitalista-dependiente, ahora nos enfrentamos a las cenizas refrigeradas de la misma idea de revolución.
El autor no sólo re refiere a una cuestión de giro político, estratégico o ideológico. Más bien, abandonar la imagen de una revolución posible, por el contexto de situación antes mencionado, es también una mutación cultural, “una peculiar forma de morir”.
A lo que se refiere Hopenhayn es a una muerte, en primer lugar, por ausencia de acontecimientos. Si la revolución era pensada como el momento en que la historia se rompía mediante una acción consciente y colectiva, hoy, sin ella, nos quedamos sin la emoción del gran acontecimiento.
De igual manera, se produce una muerte por ausencia de redención. La revolución nos redimía a todos de la “alineación capitalista, de los dramas del individualismo burgués y de la viscosa contaminación de la explotación”. Sin revolución no nos queda otra cosa que cargar con ellas.
Por último, esta peculiar forma de morir se da por ausencia de fusión. La imagen de una revolución posible y plena de sentido suponía la plena compenetración de la vida personal con la vida de los pueblos, la comunión entre un proyecto de vida y un proyecto de mundo. Sin revolución, la vida presente pierde la virtualidad de una epopeya.
Así pues, la privatización y negación de todos los ámbitos de carácter colectivo y social fueron suplantados por una política autista de movilización individual. La pobreza de más de la mitad de los habitantes de Latinoamérica condiciona todos los aspectos de sus vidas, incluso las de aquellos que aún no han ingresado en la categoría de indigente. Pues la fragmentación social producida por el deseo ahora de no-pertenecer genera una nueva desarticulación entre los expulsados ‘de por vida’ y entre los que no ansían, en absoluto, estar encuadrados bajo esas características.
De manera tal, la pulverización del colectivo social concluye en la llamada ‘guetización’ (2) de la sociedad, una separación particular que provoca esa “peculiar forma de morir”: morir por la ausencia de expectativas de cambio, por la poco probable posibilidad de salvación colectiva y por inexistente integración individual al tejido social.
Hopenhayn define la actual situación como la de “un domingo pobre”, donde estos diversos factores nos llevan a una cotidianeidad y a una vida vivida al corto plazo que se torna cosa frágil. El neoliberalismo, “que es esencialmente cortoplacista” (3) imprime allí su sello. Y pensar la idea se convierte en una quimera impracticable que envía a cada ser humano al ámbito privado de la cotidianeidad como lugar indiscutible del desarrollo particular.
2) La velocidad y la salvación individual
Señalábamos más arriba que el ámbito privado de la cotidianeidad se presenta entonces como el lugar indiscutible y exclusivo del desarrollo particular, a causa de la fragmentación del colectivo social.
Como indica Pedro Güel (4), en el proceso que llamamos globalización, fin de las ideologías o diferenciación de los mundos de vida, las identidades de las personas, sus sueños, opciones y vínculos se hacen más volátiles y contingentes. Esto significa que cada vez menos los sistemas sociales – entre ellos sobretodo las estrategias de desarrollo y los proyectos políticos – pueden dar por supuesto el compromiso de la subjetividad con ellos por el sólo hecho de la racionalidad de sus argumentos o la abundancia de sus beneficios.
Por tal motivo, la disposición de las personas a participar y a confiar en los escenarios institucionales y estratégicos que les ofrece el desarrollo parece depender cada vez más de una condición muy básica: del grado de seguridad, certidumbre y sentido que las personas obtienen de ellos para sus vidas cotidianas.
Así, la búsqueda del nirvana de las sociedades occidentales, alejadas del progreso y subsumidas en el neoliberalismo, se traduce en esa necesidad de seguridad cotidiana perseguida como un imposible posible. Este escarbar hacia algo que se presenta cercano, en tanto también lo es seguro y personal, desplaza la noción de una emancipación colectiva hacia la salvación particular.
Este alejamiento del control y conformación de lo social por parte de una comunidad, tiene directa correlación con el intimismo exagerado que caracterizó la década del 90’ y nuestro principio de siglo. Intimismo marcado por la interpretación de la realidad como guiada, pura y exclusivamente, por los entornos objetivos que se manejan solos. El sujeto individual no actúa en la conformación del sujeto social, en tanto mecanismos reguladores objetivos suplen esa función por él.
La visión liberal del Mercado como regulador natural de la economía imprime así su visión sobre el diario vivir. En la medida que el Estado se aparta del control de la macroestructura económica, de acuerdo a una de las premisas del neoliberalismo, la sociedad imita su comportamiento, apartándose de las cuestiones que le atañen por ser sujeto protagónico en la conformación del tejido social. Todo este proceso funciona, a la vez, en consonancia con el cortoplacismo, característica tanto de la cotidianeidad como del neoliberalismo.
“Entonces –señala Güel- hay que centrar todos las finalidades, explicaciones y aspiraciones en una interioridad desprovista de vínculos y capacidades colectivas y públicas” (5). Se legitima, de esta manera, una suerte de irresponsabilidad social que excusa a la búsqueda de soluciones intencionales a los problemas colectivos.
No hay culpable objetivo del nulo desarrollo como totalidad, pues la ineptitud y lo inconsistente para y por un progreso colectivo es norma que regula el cotidiano acontecer. Esta acriticidad acerca de la evolución social es aceptada tal como es presentada, desprovista de vínculos internos y externos que realicen una común unión entre el sujeto social y el sujeto individual.
En tanto, la conformación del nuevo paradigma social iniciado en la década del 90’ conlleva en sí mismo una idea que fue base de su desarrollo y expansión en gran parte del planeta: el concepto de velocidad. En la medida que se desvanecen otros, la noción de velocidad asume cada vez mayor importancia.
Por lo tanto, el discurso social que expresa este nuevo paradigma del que hablamos debe verse como una yuxtaposición de campos discursivos con lenguajes fuertemente marcados y con finalidades establecidas y reconocidas (6). Aquí, la idea de velocidad, relativa por cierto pero no por ello de absoluta importancia para la construcción de la vida diaria, funciona a modo de motor energético de las palabras que sostienen la visión hegemónica del discurso.
Ahora, esta velocidad post moderna, definida sólo en términos virtuales, inviste de sentido el discurso al posicionarse ella, y no lo que señala el discurso en sí mismo, como el sujeto protagónico del constructo que supone un discurso social como expresión de la realidad y pasaje del sentido.
De forma tal, una suerte de velocidad virtual y relativa inviste todo cuerpo social: las identidades se entremezclan en una danza mundial de símbolos mutantes y de rápida obsolescencia en las pantallas de televisión. La ideología de turno puede perdurar lo que dura un aviso publicitario (7). En tanto, un aviso publicitario se conforma como el soporte de una ideología de turno.
Por tal motivo y en todos los niveles de vida social, los cambios adquieren un ritmo vertiginoso. No hay identidades que resistan en estado puro más de dos horas ante la fuerza de estímulos que provienen de todos los rincones del planeta. (8)
Así, en la medida que el concepto de velocidad se impone, las distancias se anulan. Según Paul Virilio (9), la velocidad es poder, y la sociedad se reconstituye a partir de este nuevo vector. El que posee la velocidad gobierna con ella.
Estos nuevos ejes modifican la noción del tiempo. “El espacio tiempo del mundo habrá dejado de existir porque habremos perdido la extensión y la duración del mundo por culpa de la velocidad” (10).
Si en la modernidad –señala Nelly Arenas- el tiempo marcaba un desarrollo donde pasado, presente y futuro eran distintos pero encadenados, y en el presente podían leerse los signos de futuro, ahora la distribución entre pasado, presente y futuro se diluye: las experiencias del pasado son cada vez menos útiles y no hay modos confiables de pensar el futuro. Vivimos en un presente que lo soluciona todo, un presente omnipresente (11).
Un presente que no avanza más allá de lo que la cotidianeidad, de acuerdo a su cadencia y orden propio, lo permite. No obstante, ahí está siempre la velocidad que borra los límites y las fronteras para imprimir una virtualidad de avance que ya no existe de otro modo por la imposibilidad de una salvación colectiva.
Pues ahí está la explicación del por qué entablamos esta relación. La velocidad imprime lo que la idea de una organización colectiva articulada bajo lazos solidarios ya no ofrece por inexistente. La velocidad virtual estampa la noción de un vértigo de la cotidianeidad que en realidad no existe. Los pequeños cambios, pequeños pero rápidos, son vividos así como el despegar de una inmovilidad que sigue siendo tal, pero que es percibida como un vuelo. Un vuelo sobre el cuerpo social y discursivo en sí mismo, un vuelo que no despega en absoluto de este cuerpo, pero que por la presteza interpretada de estos cambios, se vive como la única manera de ser cambiantes en un mundo invariable y homogéneo.
3) La resignificación de la existencia
Lo que primero se mencionaba como consecuencia del modelo político económico social y cultural dominante, la atomización, y lo que más tarde se caracterizaba como un nuevo espacio privado de desarrollo, la cotidianeidad, transforma el antiguo lugar del colectivo social en un objeto vacío de sentido. Todo un acontecimiento cultural del cual emanan consecuencias que contribuyen a moldear una cierta cultura del desencanto.
Un desencanto que nos remite a aquella peculiar forma de morir por la ausencia de las expectativas de cambio radical. Ausencias que ayudan a la resignificación de nuevos escenarios por la conjunción del proceso de atomización social y de la cotidianeidad, causa y consecuencia del mismo fenómeno.
Señala Hopenhaym (12) que la conformación de estos nuevos escenarios del desarrollo particular tiene, en primer lugar, la necesidad de resignificar la existencia personal sobre la base de una suma de ‘pequeñas razones’ que nunca suman una ‘razón total’, pero que conjuran, parcial y provisoriamente, la pérdida de ese referente meta histórico llamado ‘revolución’.
“Sustituimos el programa único por una colección de ‘softwares’ que nos ponemos y nos sacamos según la ocasión: el software del crecimiento personal, del pragmatismo político, de la promoción profesional, de las transgresiones morales. A falta de coherencia, reemplazamos el énfasis en lo sustantivo por la complacencia en el estilo. Partes de nosotros adhieren a partes de proyectos colectivos de pequeña escala o de pequeño calibre. La palabra ‘individualista’ nos resulta ahora más musical que la palabra ‘colectivista” (13).
En segundo lugar, pasamos de la utopía al ‘adhoquismo’. La falta de un estado terminal en que todo se concilia con todo nos ha llevado a un ejercicio constante de readecuación, donde las estrategias no son el medio para un fin glorioso, sino el fin en sí mismo. “Si con la imagen de la revolución las acciones podían inscribirse sobre un horizonte claro y distinto, sin esa imagen la visión tiende a conformarse con el corto plazo, el cambio mínimo, la reversión intersticial. La falta de utopías no es sólo la disolución de los sueños, sino también la perpetuación de una vigilia somnolienta y puntillista” (14).
En tercer lugar –sostiene Hopenhayn- hemos renunciado a la voluntad de ruptura. Antes, el imperativo categórico siempre podía encontrarse en un asesinato necesario, fuese real o simbólico: el del burgués, el del capital o del imperialismo. Hoy día jugamos con esas figuras y a lo sumo las burlamos. El verbo romper tenía un encanto irresistible que ahora ya no existe. Incluso la violencia implícita en el verbo podía ser revestida de belleza.
4) Intrascendente minimalismo
El ámbito del desenvolvimiento individual, único ámbito de desarrollo, se refugia a partir de una búsqueda de la seguridad cotidiana. A pesar de lo volátil, contingente, eventual y azaroso, el pequeño espacio privado da la sensación de protección que ya no brindan los extintos lugares públicos.
Así, este reparo en lo cercano y personal se traduce en un intimismo exagerado a partir de le creencia en mecanismos objetivos como reguladores de lo externo e impropio.
Sin embargo, y como el transcurrir del devenir no puede estar ajeno del desarrollo capitalista impuesto por el modelo, se introduce una noción que rompe la barrera de la monotonía. El monólogo de la vida recluida adquiere una fuerza virtual expresada por el discurso social hegemónico, cambiante pero siempre igual, que brinda el sentido que la reclusión no contiene.
Esta redefinición de los límites que obliga la velocidad, nos asienta exclusivamente en el presente omnipresente y genera la re-conformación de nuevos espacios.
Con los físicos públicos ya extinguidos, queda sólo reconfigurar la cotidianeidad veloz desde la cual estamos creciendo. Cómo lograrlo en esta nueva cultura del desencanto: a través de la resemantización del espacio.
Poseyendo pequeñas razones que den sentido al transcurrir, cuestiones de mínimo calibre que relevan, en forma incompleta por cierto, a la idea de un gran cambio unificado. Convirtiendo nuestras estrategias no en medios para alcanzar un fin deseado, sino el fin en sí mismo. Cada paso dado no es un escalón menos para alcanzar el desarrollo final, sino que se constituye en un triunfo que debe ser lisonjeado como lo único posible, al menos por el momento. Más tarde la experiencia comprobará si es posible continuar el camino, pero el corto plazo y el mínimo intersticio son válidos como prueba y pericia.
De esta manera, se reconfigura el nuevo escenario de desenvolvimiento en el que, entre otras cosas, se reproducen, resignifican y receptan los diferentes discursos sociales: pulverización de los grandes proyectos, pérdida de convicción en un progreso homogéneo y de beneficio universal, el refugio en la pequeñas empresas de la vida, el relevo de lo sustantivo por lo procedimental en nuestro orden simbólico, la impotencia para pensar rupturas radicales o iniciativas en grande y una cierta complacencia con lo discontinuo fragmentado en todos los ámbitos de la vida sociocultural.
Lo cotidiano se convierte así en una inmediatez circular que se termina en la vida de cada día y de todos los días. Es el campo de lo inmediato, pero también es el sustrato de repetición que nos prolonga en el tiempo y en el espacio. Allí se desenroscan las esperanzas, los pálpitos y los desencuentros (15).
¿Sano minimalismo? se pregunta Hopenhayn. “Todos tienen sus pequeños proyectos capaces de colmar y justificar el día, la semana, el mes o a lo sumo el año. Los académicos con sus proyectos de investigación, los animadores con sus proyectos de acción, los informales con sus proyectos de desarrollo comunitario. Nada de esto dura demasiado” (16).
Así, el objeto de referencia ineludible para cualquier comparación, la cotidianeidad, hace grande lo que en realidad es pequeño. Pues la vara relativa de medición engrandece hechos, objetos y sucesos que en otras circunstancias pasarían desapercibidos. El corto plazo y el minimalismo se convierten en el horizonte total de la vida diaria, en valores bien vistos para la acción de todos los días.
Signos actuales que las condiciones sociohistóricas de Argentina imprimen sobre la realidad: nuevos espacios reducidos, una menor continuidad, una mayor repetición, una mayor velocidad, un cortoplacismo exacerbado, una cierta complacencia minimalista. Y una desesperada constatación de intrascendencia.
Notas:
1. Martín Hopenhayn. Ni apocalípticos ni integrados (aventuras de la modernidad en América Latina). Fondo de Cultura Económica. Chile, 1994, pag. 18, 19 y 20.
2. Ana Esther Ceceña. La resistencia como espacio de construcción del nuevo mundo. Ediciones ERA. México. 1995, pag. vs.Jesús González Schmall. La Revolución olvidada y sepultada. Universidad Salesiana. Máxico. 1995, pag. 2.
3. Alan García. Neoliberalismo y neofacismo. La Falsa Modernidad. Colombia. 1997, pag. 6, 7 y ss.
4. Güell, Pedro. Jornadas de Desarrollo y Reconstrucción Global. Subjetividad Social y Desarrollo Humano: Desafíos para el nuevo siglo. Barcelona. 1998, pag 23.
5. Güell, Pedro. Ob. cit. pag. 25.
6. Paulinelli, María Elena. Discurso e identidad. Comunicación y cultura en Argentina. Cátedra de Movimientos y Cultura Argentina. Escuela de Ciencias de la Información. UNC. Argentina, 2001, pag. 11.
7. Martín Hopenhayn. Ob. cit. pag 21.
8. Nelly Arenas. Revista Nueva Sociedad. Globalización e identidad en América. Latina. Cátedra de Movimientos y Cultura Argentina. Escuela de Ciencias de la Información. UNC. Argentina, 2001, pag. 122.
9. Paul Virilio cito en Nelly Arenas. Ob. cit. pag. 128
10. Paul Virilio cito en Nelly Arenas. Ob. cit. pag. 128.Ana Esther Ceceña. Ob. cit. pag. vs.
11. Nelly Arenas. Ob. cit. pag. 123.
12. Martín Hopenhayn. Ob. cit. pag 21.
13. Martín Hopenhayn. Ob. cit. pag 21.
14. Martín Hopenhayn. Ob. cit. pag 21.
15. Martín Hopenhayn. Ob. cit. pag 25.
16. Martín Hopenhayn. Ob. cit. pag 24.
Marx y el teorema de Tales de Mileto
En el comienzo de La Cuota de Plusvalía, Marx descompone el capital, que un sujeto empresario invierte, en dos fases. Por un lado, el constante, aquél que se invierte en medios de producción y que es taxativo; por otro, el variable, capital presumiblemente impreciso que será tal de acuerdo a las circunstancias económicas, es decir, tomará forma precisa en tanto las condiciones económicas del proceso de producción así lo requieran.
Sin embargo, Marx no tardará mucho en desmitificar la exégesis de ambas explicaciones. En primer lugar, al hablar de capital constante y de su importancia en el proceso de producción y en el cálculo de la ganancia capitalista, el autor alemán otorga los elementos necesarios para entender por qué tal capital invertido en medios de producción no debe ser tenido en cuenta en el momento de deducir la plusvalía. Y la explicación es sencilla: el capital constante sólo se limita a reaparecer, e incluso puede no hacerlo en caso de que los instrumentos utilizados pertenezcan, todos, a la naturaleza. El hecho de que lo invertido en medios de producción aparezca en la cuenta final, entiende Marx, es sólo con el objetivo de oscurecer la ganancia final del capitalista.
Por otro lado, Marx se refiere luego al capital variable como una magnitud constante. Es decir, que tal variabilidad del capital no es cierta, que son horas de trabajo concreto y materializado que toman forma móvil en tanto el trabajo muerto deja espacio al trabajo vivo. Una nueva contradicción interna del capitalismo utilizada, como la anterior, para oscurecer el cálculo de plusvalía.
De esta manera, nos introducimos en el capítulo revisando dos nociones que cambian de connotación, y con ello, la generación de la plusvalía, prolijamente calculada anteriormente con otros parámetros, demuestra ahora otros porcentajes. Pues a partir de la reformulación del capital variable y del capital constante, Marx llegará al objetivo de su apartado: la cuota de plusvalía, proporción relativa y porcentual que indica cuál es la ganancia o el plusvalor obtenido por el capitalista.
Sin embargo, lo más importante de este capítulo estará en la diferencia y relación entablada por Marx en lo que concierne al trabajo materializado (de acuerdo a los parámetros vistos anteriormente) y el trabajo fluido. En este último punto, se introducen dos nuevas nociones: trabaja necesario y trabajo excedente. El primero se refiere a lo que el obrero debe trabajar para producir sus medios de subsistencia; el segundo, a aquel tiempo en que el trabajador, al haber ya producido lo que el capitalista le dará a cambio, se ocupará de generar la plusvalía “que le sonríe al capitalista como si le brotara de la nada”.
En concreto, hay una primera relación entablada entre el capital variable –a- (capital invertido en fuerza de trabajo) y la plusvalía –b- (la ganancia obtenida una vez que el capital variable es puesto en funcionamiento). Esto es lo que Marx denomina trabajo materializado. En tanto, el trabajo fluido está engarzado en esta razón entre el trabajo necesario –c- y el trabajo excedente –d-, generando una doble relación entablada entre los 4 elementos que podría resumirse de la siguiente manera:
A es a B, como C es a D.
El capital variable es a la plusvalía lo que el trabajo necesario es al trabajo excedente. En ambos casos, segundas partes se refieren a la ganancia del capitalista, en tanto los primeros elementos de cada relación se refieren a aquello que el obrero precisa para generar sus medios de subsistencia.
Esta antigua formula ya había sido ensayada varios años antes. Tales de Mileto, el primero de los Siete Sabios griegos, ideó el Teorema de Tales para corroborar la altura de las pirámides. A través de la proyección que el sol ejercía sobre su propia sombra, el filósofo entendió que un juego de proporciones, relaciones y ecuaciones le darían la altura exacta de los poliedros. En una hora determinada del día, la proyección de la sombra de su cuerpo era a su propia altura lo que la proyección de la sombra de las pirámides era a la altura de éstas.
De esta forma generó la misma relación entre parámetros que, tiempos después, utilizara Marx para producir una fórmula que entabla la analogía de dos elementos de las relaciones laborales (trabajo materializado y trabajo fluido para Marx; proyección de sombra y proporción de la altura para Mileto).
Si bien Tales de Mileto consideraba que los trabajos usuales de los hombres eran inferiores al oficio de pensar, su fórmula –creación del pensamiento- fue utilizada para destrabar y auscultar el grado de explotación de los obreros sumidos en el capitalismo y la ganancia obtenida por quienes son los dueños de los medios de producción.
Sin embargo, Marx no tardará mucho en desmitificar la exégesis de ambas explicaciones. En primer lugar, al hablar de capital constante y de su importancia en el proceso de producción y en el cálculo de la ganancia capitalista, el autor alemán otorga los elementos necesarios para entender por qué tal capital invertido en medios de producción no debe ser tenido en cuenta en el momento de deducir la plusvalía. Y la explicación es sencilla: el capital constante sólo se limita a reaparecer, e incluso puede no hacerlo en caso de que los instrumentos utilizados pertenezcan, todos, a la naturaleza. El hecho de que lo invertido en medios de producción aparezca en la cuenta final, entiende Marx, es sólo con el objetivo de oscurecer la ganancia final del capitalista.
Por otro lado, Marx se refiere luego al capital variable como una magnitud constante. Es decir, que tal variabilidad del capital no es cierta, que son horas de trabajo concreto y materializado que toman forma móvil en tanto el trabajo muerto deja espacio al trabajo vivo. Una nueva contradicción interna del capitalismo utilizada, como la anterior, para oscurecer el cálculo de plusvalía.
De esta manera, nos introducimos en el capítulo revisando dos nociones que cambian de connotación, y con ello, la generación de la plusvalía, prolijamente calculada anteriormente con otros parámetros, demuestra ahora otros porcentajes. Pues a partir de la reformulación del capital variable y del capital constante, Marx llegará al objetivo de su apartado: la cuota de plusvalía, proporción relativa y porcentual que indica cuál es la ganancia o el plusvalor obtenido por el capitalista.
Sin embargo, lo más importante de este capítulo estará en la diferencia y relación entablada por Marx en lo que concierne al trabajo materializado (de acuerdo a los parámetros vistos anteriormente) y el trabajo fluido. En este último punto, se introducen dos nuevas nociones: trabaja necesario y trabajo excedente. El primero se refiere a lo que el obrero debe trabajar para producir sus medios de subsistencia; el segundo, a aquel tiempo en que el trabajador, al haber ya producido lo que el capitalista le dará a cambio, se ocupará de generar la plusvalía “que le sonríe al capitalista como si le brotara de la nada”.
En concreto, hay una primera relación entablada entre el capital variable –a- (capital invertido en fuerza de trabajo) y la plusvalía –b- (la ganancia obtenida una vez que el capital variable es puesto en funcionamiento). Esto es lo que Marx denomina trabajo materializado. En tanto, el trabajo fluido está engarzado en esta razón entre el trabajo necesario –c- y el trabajo excedente –d-, generando una doble relación entablada entre los 4 elementos que podría resumirse de la siguiente manera:
A es a B, como C es a D.
El capital variable es a la plusvalía lo que el trabajo necesario es al trabajo excedente. En ambos casos, segundas partes se refieren a la ganancia del capitalista, en tanto los primeros elementos de cada relación se refieren a aquello que el obrero precisa para generar sus medios de subsistencia.
Esta antigua formula ya había sido ensayada varios años antes. Tales de Mileto, el primero de los Siete Sabios griegos, ideó el Teorema de Tales para corroborar la altura de las pirámides. A través de la proyección que el sol ejercía sobre su propia sombra, el filósofo entendió que un juego de proporciones, relaciones y ecuaciones le darían la altura exacta de los poliedros. En una hora determinada del día, la proyección de la sombra de su cuerpo era a su propia altura lo que la proyección de la sombra de las pirámides era a la altura de éstas.
De esta forma generó la misma relación entre parámetros que, tiempos después, utilizara Marx para producir una fórmula que entabla la analogía de dos elementos de las relaciones laborales (trabajo materializado y trabajo fluido para Marx; proyección de sombra y proporción de la altura para Mileto).
Si bien Tales de Mileto consideraba que los trabajos usuales de los hombres eran inferiores al oficio de pensar, su fórmula –creación del pensamiento- fue utilizada para destrabar y auscultar el grado de explotación de los obreros sumidos en el capitalismo y la ganancia obtenida por quienes son los dueños de los medios de producción.
La Cuota de Plusvalía. Capital constante y capital variable
El capital C (es decir, el dinero desembolsado por el capitalista para iniciar un proceso de producción) se descompone –según Marx-en dos partes: por una lado, c, que corresponde a los medios de producción (capital constante); por otro, v, capital invertido en fuerza de trabajo (capital variable).
Por tanto, al comenzar el proceso, C es igual a c + v (en términos prácticos: $500 constituidos por $410 + $90). Al terminar este proceso, brota una mercancía cuyo valor es (c + v) + p, siendo esta última la plusvalía generada en el proceso de producción.
Así, C, el capital original invertido, se convierte en C’, es decir, se transforma de $500 a $590. “Resulta una redundancia decir que el remanente del valor del producto sobre el valor de sus elementos de producción equivale a la valorización del capital desembolsado, es decir, a la plusvalía obtenida” explica el autor.
No obstante, Marx demostrará que esto no es “tan así”. Señala que lo que se compara con el valor del producto es el valor de los elementos de producción absorbidos para crearlo. Sin embargo, c, capital que se invierte en los medios de producción, no transfiere al producto más que un fragmento de su valor, “mientras que el resto persiste bajo la forma en que existía con anterioridad”. Así, Marx entiende que esta parte (el capital constante) no desempeña ningún papel en el proceso de creación de valor, por lo que es posible prescindir de él y, asimismo, “nuestros cálculos no variarán en lo más mínimo”, ya que la diferencia o plusvalía seguiría siendo $90. Por consiguiente, “entendemos siempre por capital constante desembolsado para la producción del valor, solamente el de los medios de producción absorbidos para crearlos”.
Por todo lo anterior, y sabiendo que c sólo se limita a aparecer en el producto, la anterior fórmula C’: (v + c) + p se transforma en C’: (v + p), ya que si c (capital constante) fuese 0 (lo que podría suceder en caso de que el capitalista no necesitara utilizar ningún medio de producción, ni materias primas, ni materias auxiliares, ni instrumentos de trabajo, sino simplemente las materias brindadas por la naturaleza y la fuerza de trabajo) no habría por qué transmitir al producto parte del capital constante.
Desarrollado esto, Marx explica que p no es más que el resultado de los cambios de valor que se operan en v, y que estos cambios aparecen oscurecidos por el hecho de que, al crecer la parte variable, crece también el capital total desembolsado. Sin embargo, para analizar el proceso de producción “en toda su pureza, hay que prescindir de la parte del valor del producto en donde c sólo se limita a reaparecer”. Es decir, Marx entiende que no es necesario, a fin de calcular las ganancias generadas en el proceso de producción, utilizar la cifra correspondiente al capital desembolsado en medios de producción, ya que estos pueden no existir (en caso de un proceso natural) o, en todo caso, sólo hacen reaparecer en el valor final una parte de c y no el valor completo de los medios de producción.
En relación a esto, más adelante Marx explica que es cierto que para valorizar una parte del capital invirtiéndolo en fuerza de trabajo no hay más opción que invertir otra parte en medios de producción. Es decir que, para que el capital variable funcione, tiene necesariamente que desembolsarse otra parte en medios de producción, “sin embargo, el hecho de que para operar un proceso químico hagan falta retortas y otros recipientes, no quiere decir que no podamos prescindir de estos recipientes en el análisis del proceso de trabajo”. Esto porque, según Marx, se trata de estudiar la creación y los cambios de valor por sí mismos, en toda su pureza y desprendidos de aquellos valores que pudieran entorpecer el análisis del proceso de producción.
En resumen, C es igual a v y C’ es igual a v + p. Siguiendo con el anterior ejemplo, el producto del valor será 180 libras, del cual se deduce una parte de v (90 libras) para obtener el valor de p (90 libras). Esta última cifra expresa la magnitud absoluta de la plusvalía creada. En tanto, la magnitud proporcional se desprenderá de la relación entablada (o razón) entre v y p. En este caso, la razón de 90/90 da como resultado una proporción de 100 por 100 (100%). Esta valorización proporcional del capital variable -afirma Marx- o esta magnitud proporcional de la plusvalía es la que él llama cuota de plusvalía.
Una vez explicada claramente la relación entre el capital desembolsado y la plusvalía ganada por el capitalista, el autor de El Capital analiza, con los mismos parámetros, el trabajo realizado por el obrero, el cual es dividido en dos partes: trabajo necesario por un lado y trabajo excedente por otro.
En la primera etapa del proceso de trabajo, el obrero se limita a producir el valor de su fuerza de trabajo, es decir, el valor de sus medios de subsistencia producidos en forma de alguna mercancía especial. Ésta será sólo una parte de la jornada en la que, por caso hipotético, deberá trabajar 6 horas para ganar lo que precise para obtener los medios que permitan su subsistencia. Pero, es este tiempo hipotético reproduce sólo el valor ya abonado por el capitalista, por lo que “esta producción es una mera reproducción”. Esta parte es llamada por Marx trabajo necesario.
La segunda etapa, en la que el obrero rebasa las fronteras del trabajo necesario, le cuesta al sujeto trabajador, al igual que en la anterior, fuerza de trabajo, pero no crea valor alguno para él, sino que “crea la plusvalía, que sonríe al capitalista con todo el encanto de algo que brotase de la nada”.
Marx denomina a esta segunda parte de la jornada de labor como trabajo excedente, lugar donde se demuestra que la plusvalía es una simple materialización de tiempo de trabajo excesivo. Marx explica así que lo único que distingue la sociedad de la esclavitud de la del trabajo asalariado “es la forma en que este trabajo excedente le es arrancado al productor inmediato, al obrero”.
Se entiende de esta forma que, así como v es igual al valor de la fuerza de trabajo, y el valor de ésta determina la parte necesaria de la jornada de trabajo, y a su vez la plusvalía está determinada por la parte restante de esta jornada de trabajo, resulta que la plusvalía guarda con el capital variable la misma relación que el trabajo excedente con el trabajo necesario.
Es decir que la plusvalía es al capital variable lo que el trabajo excedente es al trabajo necesario.
p/v : te/tn
Ambas asociaciones explican la misma relación: la primera en forma de trabajo materializado, la segunda en forma de trabajo fluído. Por tal motivo, y según palabras de Marx, el análisis da cuenta que “la cuota de plusvalía es, por tanto, la expresión exacta del grado de explotación de la fuerza de trabajo por el capital o del obrero por el capitalista”.
Así, sin conocer un caso concreto que explicite la duración absoluta de la jornada de trabajo, ni el período del proceso de trabajo ni el número de obreros, la cuota de plusvalía (relación entre p/v) nos revela por su ‘conversivilidad’ en te/tn, la proporción que media entre las dos partes integrantes de la jornada de trabajo, proporción del 100% que demuestra que el obrero trabaja la mitad de su jornada para él, mientras que la otra lo hace para generar la plusvalía, es decir, la ganancia del capitalista.
Ejemplos prácticos expresados más adelante dan validez práctica a la teoría expresada por Marx. En todos ellos se unifica una conclusión: el obrero invierte más de la mitad de su jornada de trabajo en producir una plusvalía que “varias personas se reparten luego con diversos pretextos”. Incluso, párrafos más adelante, el pensador alemán retomará un ejemplo histórico que respalda aún más sus ideas científicas acerca del grado de explotación que sufre el obrero por parte del capitalismo y que puede ser verificado en la relación entablada entre el capital invertido y generado y el tiempo de trabajo realizado por el obrero.
Por tanto, al comenzar el proceso, C es igual a c + v (en términos prácticos: $500 constituidos por $410 + $90). Al terminar este proceso, brota una mercancía cuyo valor es (c + v) + p, siendo esta última la plusvalía generada en el proceso de producción.
Así, C, el capital original invertido, se convierte en C’, es decir, se transforma de $500 a $590. “Resulta una redundancia decir que el remanente del valor del producto sobre el valor de sus elementos de producción equivale a la valorización del capital desembolsado, es decir, a la plusvalía obtenida” explica el autor.
No obstante, Marx demostrará que esto no es “tan así”. Señala que lo que se compara con el valor del producto es el valor de los elementos de producción absorbidos para crearlo. Sin embargo, c, capital que se invierte en los medios de producción, no transfiere al producto más que un fragmento de su valor, “mientras que el resto persiste bajo la forma en que existía con anterioridad”. Así, Marx entiende que esta parte (el capital constante) no desempeña ningún papel en el proceso de creación de valor, por lo que es posible prescindir de él y, asimismo, “nuestros cálculos no variarán en lo más mínimo”, ya que la diferencia o plusvalía seguiría siendo $90. Por consiguiente, “entendemos siempre por capital constante desembolsado para la producción del valor, solamente el de los medios de producción absorbidos para crearlos”.
Por todo lo anterior, y sabiendo que c sólo se limita a aparecer en el producto, la anterior fórmula C’: (v + c) + p se transforma en C’: (v + p), ya que si c (capital constante) fuese 0 (lo que podría suceder en caso de que el capitalista no necesitara utilizar ningún medio de producción, ni materias primas, ni materias auxiliares, ni instrumentos de trabajo, sino simplemente las materias brindadas por la naturaleza y la fuerza de trabajo) no habría por qué transmitir al producto parte del capital constante.
Desarrollado esto, Marx explica que p no es más que el resultado de los cambios de valor que se operan en v, y que estos cambios aparecen oscurecidos por el hecho de que, al crecer la parte variable, crece también el capital total desembolsado. Sin embargo, para analizar el proceso de producción “en toda su pureza, hay que prescindir de la parte del valor del producto en donde c sólo se limita a reaparecer”. Es decir, Marx entiende que no es necesario, a fin de calcular las ganancias generadas en el proceso de producción, utilizar la cifra correspondiente al capital desembolsado en medios de producción, ya que estos pueden no existir (en caso de un proceso natural) o, en todo caso, sólo hacen reaparecer en el valor final una parte de c y no el valor completo de los medios de producción.
En relación a esto, más adelante Marx explica que es cierto que para valorizar una parte del capital invirtiéndolo en fuerza de trabajo no hay más opción que invertir otra parte en medios de producción. Es decir que, para que el capital variable funcione, tiene necesariamente que desembolsarse otra parte en medios de producción, “sin embargo, el hecho de que para operar un proceso químico hagan falta retortas y otros recipientes, no quiere decir que no podamos prescindir de estos recipientes en el análisis del proceso de trabajo”. Esto porque, según Marx, se trata de estudiar la creación y los cambios de valor por sí mismos, en toda su pureza y desprendidos de aquellos valores que pudieran entorpecer el análisis del proceso de producción.
En resumen, C es igual a v y C’ es igual a v + p. Siguiendo con el anterior ejemplo, el producto del valor será 180 libras, del cual se deduce una parte de v (90 libras) para obtener el valor de p (90 libras). Esta última cifra expresa la magnitud absoluta de la plusvalía creada. En tanto, la magnitud proporcional se desprenderá de la relación entablada (o razón) entre v y p. En este caso, la razón de 90/90 da como resultado una proporción de 100 por 100 (100%). Esta valorización proporcional del capital variable -afirma Marx- o esta magnitud proporcional de la plusvalía es la que él llama cuota de plusvalía.
Una vez explicada claramente la relación entre el capital desembolsado y la plusvalía ganada por el capitalista, el autor de El Capital analiza, con los mismos parámetros, el trabajo realizado por el obrero, el cual es dividido en dos partes: trabajo necesario por un lado y trabajo excedente por otro.
En la primera etapa del proceso de trabajo, el obrero se limita a producir el valor de su fuerza de trabajo, es decir, el valor de sus medios de subsistencia producidos en forma de alguna mercancía especial. Ésta será sólo una parte de la jornada en la que, por caso hipotético, deberá trabajar 6 horas para ganar lo que precise para obtener los medios que permitan su subsistencia. Pero, es este tiempo hipotético reproduce sólo el valor ya abonado por el capitalista, por lo que “esta producción es una mera reproducción”. Esta parte es llamada por Marx trabajo necesario.
La segunda etapa, en la que el obrero rebasa las fronteras del trabajo necesario, le cuesta al sujeto trabajador, al igual que en la anterior, fuerza de trabajo, pero no crea valor alguno para él, sino que “crea la plusvalía, que sonríe al capitalista con todo el encanto de algo que brotase de la nada”.
Marx denomina a esta segunda parte de la jornada de labor como trabajo excedente, lugar donde se demuestra que la plusvalía es una simple materialización de tiempo de trabajo excesivo. Marx explica así que lo único que distingue la sociedad de la esclavitud de la del trabajo asalariado “es la forma en que este trabajo excedente le es arrancado al productor inmediato, al obrero”.
Se entiende de esta forma que, así como v es igual al valor de la fuerza de trabajo, y el valor de ésta determina la parte necesaria de la jornada de trabajo, y a su vez la plusvalía está determinada por la parte restante de esta jornada de trabajo, resulta que la plusvalía guarda con el capital variable la misma relación que el trabajo excedente con el trabajo necesario.
Es decir que la plusvalía es al capital variable lo que el trabajo excedente es al trabajo necesario.
p/v : te/tn
Ambas asociaciones explican la misma relación: la primera en forma de trabajo materializado, la segunda en forma de trabajo fluído. Por tal motivo, y según palabras de Marx, el análisis da cuenta que “la cuota de plusvalía es, por tanto, la expresión exacta del grado de explotación de la fuerza de trabajo por el capital o del obrero por el capitalista”.
Así, sin conocer un caso concreto que explicite la duración absoluta de la jornada de trabajo, ni el período del proceso de trabajo ni el número de obreros, la cuota de plusvalía (relación entre p/v) nos revela por su ‘conversivilidad’ en te/tn, la proporción que media entre las dos partes integrantes de la jornada de trabajo, proporción del 100% que demuestra que el obrero trabaja la mitad de su jornada para él, mientras que la otra lo hace para generar la plusvalía, es decir, la ganancia del capitalista.
Ejemplos prácticos expresados más adelante dan validez práctica a la teoría expresada por Marx. En todos ellos se unifica una conclusión: el obrero invierte más de la mitad de su jornada de trabajo en producir una plusvalía que “varias personas se reparten luego con diversos pretextos”. Incluso, párrafos más adelante, el pensador alemán retomará un ejemplo histórico que respalda aún más sus ideas científicas acerca del grado de explotación que sufre el obrero por parte del capitalismo y que puede ser verificado en la relación entablada entre el capital invertido y generado y el tiempo de trabajo realizado por el obrero.
En esta tierra sobre la que escribo
1era mención en el 1 Concurso provincial de relatos breves
“Ya estéril de sentidos y vicios, ocupar un lugar entre sus espacios me resulta a mí una fangosa letanía. Los dejo aquí, para que ustedes me dejen por siempre. Mi cuerpo no abonara el hueco vacío de una caja oliente. Volveré a la tierra, donde la tierra me llame. Así, volveré a ser fértil.
Fértil”.
Dispuesto, como jamás lo hice ni lo haré, camino rumbo al trágico designio que no presenta opción ni escapatoria. Sé, penosamente sé que ya no corro riesgos ni peligros. Estos me dejarían alternativa. Pero ni eso. Ni riesgos ni peligros, sino tan sólo la certeza del final.
Un final anunciado en palabras científicas que, conocidas sin ser leídas, sólo se insinuaron en los gestos de un sujeto de lentes y guadapolvo blanco, dueño exclusivo de la hora cero sin salida ni retorno, de la muerte anunciada con cronómetro.
El pálido celeste no llegó a filtrarse por ninguna rendija. Menos aún el estigmatizado y ahora inexistente rayo dorado. No hubo ni cantos ni sirenas y menos aún la delicadeza del viento que a veces acompaña. El abrigo de la despedida no era el mejor para un final en letanía. Todo en derredor hacías las cosas más difíciles aún, pero la obsecuencia por abonar el suelo y no ser maniatado como marioneta desvencijada motorizó aún más la idea de la huída.
¿Por qué huyo?, me pregunto al acelerar la distancia que me separa de mi partida y me acerca al final.
El designio cantado hace meses veía confluir su verdad. Y mi cuerpo era testigo irrefutable de ello.
Pelos, no hay. Tampoco el sentido de la falta de ellos.
Intenté, antes de elegir la huida, escribir las líneas que me abrieran paso a la inmortalidad. Intenté, previo a escabullirme como un ganso salvaje en las praderas del infierno, dar por escrito la prueba de mi mortandad inalienable.
“Aquí, muerto segundo a segundo, les muestro que tuve vida, pero que ya no es tal” escribí. “Tuve vida. Ahora busco al ladrón”, insistí. Y me insistí tantas veces como segundos me restan. Me insistí con resquicios, con pretextos. Con picos y palas clavadas con violencia en la tierra sobre la que escribo y que ahora es lo único que me soporta.
Con mentiras. Pero no hay una que dure mil años y ahora estoy reflejado en esa cadena del tiempo, exiliándome de mí mismo y de ellos. Quienes acortan la muerte de esta vida.
Habré de estar a no más de 150 kilómetros, horas, años del lugar que dejé y al cual no volveré. A 150 kilómetros, horas, años de ese espacio me hago la pausa necesaria para frenar la escapada. Y me pienso sobre el barro que piso y me digo sobre las palabras que camino: ¿por qué huyo? Mis uñas, lo único que no decrece en mi cuerpo, se deslizan no sin dificultad penetrando hasta la duda: ¿por qué huyo?
El recuerdo ara el inconsciente. Nada sale. Mi recuerdo, sin más, es consciente de sus propios actos. Y hacia allá me lleva.
Orillo los 70. Septuagenario de mierda, siento que dicen los que no dicen nada. Orillo los 70 y huyo de los que no dicen nada.
Los primeros 60 llegaron apoltronados en el mismo cuerpo sin fisuras. Hasta ahora. Esos 60 vivieron de maravillas. Secundados de damiselas sin compostura, de compañeros de lunas y putas.
Pero hubo un quiebre. Una fractura expuesta al conocerlos. Ella y ellos. Una mujer que mostraba la mitad de mis años y escondía tiempos con mentiras. Cuatro hombres que habían salido de entre sus piernas y que ahora vivían bajo sus polleras. Ella y ellos fracturaron aquella complexión sin quiebres.
No hace más de 10 años la conocí. Ella era una de las doncellas incompuestas. Yo, un compañero de lunas rojas.
El plan trazado no proyectaba una unión que trascendiera esa luna roja y su descompostura desnuda. Pero vaya a saber qué carajo. El plan se desastabilizó y así también mi vida. Se acabaron las damas, los compañeros y esas estrellas que hacían roja la luna y verde inmaduro el destino.
¿Por qué huyo? ¿Por qué no huí antes?
Vivimos todo juntos. Y ahora escribo en esta tierra que me soporta: ¿por qué los dejé acercarse?
Vivimos todos juntos en esa casa que fue mi casa. Los acepté sin más. Pasen, les dije a los 5. Pasen. Pasaron
Y mi casa de lunas –sí, de lunas rojas bañadas de tiempo indefinible- dejó de ser mi casa para ser nuestra casa. Nuestra. Nosotros. Nuestra casa pasó a ser la casa de nosotros y mi yo, inconsciente, murió hasta la composición de esta epístola. Hoy me recupero como un singular hombre. Recién hoy vuelvo a ser el yo que dejé tras la vestimenta de un engañoso nosotros. Recién hoy. Y por poco tiempo.
Y hoy, descubriéndome frente a un reflejo que me es propio, vuelvo sobre las preguntas que me persiguen. Por qué les regalé el espacio, sigo preguntándome a 150 kilómetros, horas, años de la que fue mi casa, nuestra casa, ahora nada. Ahora mi techo.
Ella, he dicho y vuelvo a repetir, tenía mis años partidos al medio. Ella, que tenía mis años partidos al medio y que escondía el tiempo, tuvo mi casa. Ella, que tuvo mis años, que tiene mi casa, me robó el destino. Ella, dueña de mis años, de mi casa y mi destino, tenía 4 hombres.
Ellos, los 4 y ella, pasaron, hace 10 años, adentro. De mi casa. De mi espacio. Lo compartí. Y lo partieron.
Pienso, a 150 kilómetros, años, horas del lugar que fui y al cual no volveré ni aún en exigua presencia, pienso: hasta qué punto mi culpabilidad asume toda responsabilidad. En qué medida mi no hacer me ha hecho no ser. Bajo qué aluvión de mentiras escabullí esa versión de la realidad que me señalaba a cada suspiro ‘hay invasión’. Ay, invasión, lamento a 150 kilómetros, horas, años.
Lo sé. Ya se ha dicho. Cada vez más nos parecemos al cadáver que seremos. Un espejo me lo confirma. Y el reflejo de ellos acompañándome en este túnel sin fin habla por sí solo. Seré fértil. Y ellos lo serán conmigo. En esta tierra sobre la que escribo.
“Ya estéril de sentidos y vicios, ocupar un lugar entre sus espacios me resulta a mí una fangosa letanía. Los dejo aquí, para que ustedes me dejen por siempre. Mi cuerpo no abonara el hueco vacío de una caja oliente. Volveré a la tierra, donde la tierra me llame. Así, volveré a ser fértil.
Fértil”.
Dispuesto, como jamás lo hice ni lo haré, camino rumbo al trágico designio que no presenta opción ni escapatoria. Sé, penosamente sé que ya no corro riesgos ni peligros. Estos me dejarían alternativa. Pero ni eso. Ni riesgos ni peligros, sino tan sólo la certeza del final.
Un final anunciado en palabras científicas que, conocidas sin ser leídas, sólo se insinuaron en los gestos de un sujeto de lentes y guadapolvo blanco, dueño exclusivo de la hora cero sin salida ni retorno, de la muerte anunciada con cronómetro.
El pálido celeste no llegó a filtrarse por ninguna rendija. Menos aún el estigmatizado y ahora inexistente rayo dorado. No hubo ni cantos ni sirenas y menos aún la delicadeza del viento que a veces acompaña. El abrigo de la despedida no era el mejor para un final en letanía. Todo en derredor hacías las cosas más difíciles aún, pero la obsecuencia por abonar el suelo y no ser maniatado como marioneta desvencijada motorizó aún más la idea de la huída.
¿Por qué huyo?, me pregunto al acelerar la distancia que me separa de mi partida y me acerca al final.
El designio cantado hace meses veía confluir su verdad. Y mi cuerpo era testigo irrefutable de ello.
Pelos, no hay. Tampoco el sentido de la falta de ellos.
Intenté, antes de elegir la huida, escribir las líneas que me abrieran paso a la inmortalidad. Intenté, previo a escabullirme como un ganso salvaje en las praderas del infierno, dar por escrito la prueba de mi mortandad inalienable.
“Aquí, muerto segundo a segundo, les muestro que tuve vida, pero que ya no es tal” escribí. “Tuve vida. Ahora busco al ladrón”, insistí. Y me insistí tantas veces como segundos me restan. Me insistí con resquicios, con pretextos. Con picos y palas clavadas con violencia en la tierra sobre la que escribo y que ahora es lo único que me soporta.
Con mentiras. Pero no hay una que dure mil años y ahora estoy reflejado en esa cadena del tiempo, exiliándome de mí mismo y de ellos. Quienes acortan la muerte de esta vida.
Habré de estar a no más de 150 kilómetros, horas, años del lugar que dejé y al cual no volveré. A 150 kilómetros, horas, años de ese espacio me hago la pausa necesaria para frenar la escapada. Y me pienso sobre el barro que piso y me digo sobre las palabras que camino: ¿por qué huyo? Mis uñas, lo único que no decrece en mi cuerpo, se deslizan no sin dificultad penetrando hasta la duda: ¿por qué huyo?
El recuerdo ara el inconsciente. Nada sale. Mi recuerdo, sin más, es consciente de sus propios actos. Y hacia allá me lleva.
Orillo los 70. Septuagenario de mierda, siento que dicen los que no dicen nada. Orillo los 70 y huyo de los que no dicen nada.
Los primeros 60 llegaron apoltronados en el mismo cuerpo sin fisuras. Hasta ahora. Esos 60 vivieron de maravillas. Secundados de damiselas sin compostura, de compañeros de lunas y putas.
Pero hubo un quiebre. Una fractura expuesta al conocerlos. Ella y ellos. Una mujer que mostraba la mitad de mis años y escondía tiempos con mentiras. Cuatro hombres que habían salido de entre sus piernas y que ahora vivían bajo sus polleras. Ella y ellos fracturaron aquella complexión sin quiebres.
No hace más de 10 años la conocí. Ella era una de las doncellas incompuestas. Yo, un compañero de lunas rojas.
El plan trazado no proyectaba una unión que trascendiera esa luna roja y su descompostura desnuda. Pero vaya a saber qué carajo. El plan se desastabilizó y así también mi vida. Se acabaron las damas, los compañeros y esas estrellas que hacían roja la luna y verde inmaduro el destino.
¿Por qué huyo? ¿Por qué no huí antes?
Vivimos todo juntos. Y ahora escribo en esta tierra que me soporta: ¿por qué los dejé acercarse?
Vivimos todos juntos en esa casa que fue mi casa. Los acepté sin más. Pasen, les dije a los 5. Pasen. Pasaron
Y mi casa de lunas –sí, de lunas rojas bañadas de tiempo indefinible- dejó de ser mi casa para ser nuestra casa. Nuestra. Nosotros. Nuestra casa pasó a ser la casa de nosotros y mi yo, inconsciente, murió hasta la composición de esta epístola. Hoy me recupero como un singular hombre. Recién hoy vuelvo a ser el yo que dejé tras la vestimenta de un engañoso nosotros. Recién hoy. Y por poco tiempo.
Y hoy, descubriéndome frente a un reflejo que me es propio, vuelvo sobre las preguntas que me persiguen. Por qué les regalé el espacio, sigo preguntándome a 150 kilómetros, horas, años de la que fue mi casa, nuestra casa, ahora nada. Ahora mi techo.
Ella, he dicho y vuelvo a repetir, tenía mis años partidos al medio. Ella, que tenía mis años partidos al medio y que escondía el tiempo, tuvo mi casa. Ella, que tuvo mis años, que tiene mi casa, me robó el destino. Ella, dueña de mis años, de mi casa y mi destino, tenía 4 hombres.
Ellos, los 4 y ella, pasaron, hace 10 años, adentro. De mi casa. De mi espacio. Lo compartí. Y lo partieron.
Pienso, a 150 kilómetros, años, horas del lugar que fui y al cual no volveré ni aún en exigua presencia, pienso: hasta qué punto mi culpabilidad asume toda responsabilidad. En qué medida mi no hacer me ha hecho no ser. Bajo qué aluvión de mentiras escabullí esa versión de la realidad que me señalaba a cada suspiro ‘hay invasión’. Ay, invasión, lamento a 150 kilómetros, horas, años.
Lo sé. Ya se ha dicho. Cada vez más nos parecemos al cadáver que seremos. Un espejo me lo confirma. Y el reflejo de ellos acompañándome en este túnel sin fin habla por sí solo. Seré fértil. Y ellos lo serán conmigo. En esta tierra sobre la que escribo.
Ite De la Hoya
3er Premio en el Concurso literario Naranja, de Edicones Periferia -Bs As-
Si acaso tomara certezas de la guayabera ahora abundante de fierro y la haría saltar por los aires como piden las tripas que hacen ruidos pidiendo balas y pidiendo goles a favor; si acaso tomara una certeza de esta pérdida constante, le volaría la cabeza.
Pero lo dejo ir. Le dejo ir, diría la telenovela. Y yo la enciendo y mientras él se va, yo aprendo un nuevo idioma de venganza, con la guayabera llena de fierro tibiecito y el televisor prendido. Sin usar.
De la Hoya tuvo siempre esa condición exánime que lo diferenció de la gilada en forma abismal. Cuando había que irse, el guaso se iba. No había que decirle nada ni avivarlo con señas ni refranes. No era necesario el ‘ite yendo’, pues marchaba lento y pausado, solito por la vida cada vez que la muerte le avisaba.
Yo le envidiaba esa postura frente al cosmos. Le envidiaba ser tan vivo cuando el mundo que nos rodeaba era de muertos de hambre. Muertos de frío. Muertos de giles. Yo le envidiaba esa posibilidad de desaparecer por los techos y los tejados como felino en celo. Yo vivía en celo. Pero no era felino y cada vez que las circunstancias ameritaban una rápida desaparición de quien relata, quien relata siempre se quedaba y después decía para qué mierda me quedé, decía. Otra vez acá poniendo la caripela como un pescado y De la Hoya danzando como doncella bien atendida por los aires del pueblo derruido.
Esa noche de bruma londinense en Piquillín puso el sello dorado de su abismal habilidad. Había que hacer desaparecer a los dos policías de guardia. Los dos ropa prestada habían visto esas cosas raras que pasan en los pueblos entre los curas, los pendejos y el intendente. Y los dos botones, antes que hablaran, tenían que quedarse sin lengua.
De la Hoya, en una habitación húmeda y sofocante, afiló el cortaplumas con el filo de la bota de cuero de potro y chocó la hoja contra el foco que nos alumbraba a los dos. Mirá, me dijo. Mirá como brilla. ¿Qué es –le pregunté-, una lentejuela, maricón?
Maricón te vas a hacer cuando me la conozcas, contestó. Y nos fuimos a buscar a los dos botones de Piquillín, en una noche de niebla pesada y silencio asmático.
Llegamos a la comisaría. Los dos cobanis veían tele. Una serie de maricas y para maricas que hablan de amor y se tocan el culo como quien toma agua. No parecen policías, me dice. Parecen enfermeras abandonadas, vuelve a decir. Y me acuerdo de mi madre. Enfermera. Abandonada.
De la Hoya revienta la ventana principal con un cascote hecho de barro y bosta de caballo. Uno de ellos sale afuera, con la pistola entre las dos manos, apuntando a la Osa Mayor el muy pelotudo. De la Hoya lo agarró de atrás y le abrió el pescuezo. Brotaba sangre como brota de los pescuezos de los chanchos cuando se los hace salame en Piquillín.
El compañero, todavía mirando la mariconada en televisión, tardó como 10 minutos en darse cuenta. Y en esos 10 minutos que esperamos bajo la luna en Cuarto Creciente no sabíamos si entrar o quedarnos a la espera de que termine el programa en donde el galán estaba por confesar que era travesti por las noches estrelladas. Termina. El galán se confesó y el otro policía, pobrecito policía, advierte que el compañero no volvió.
Vega, le grita. Vega, vuelve a gritar. De la Hoya está cansado y lo entiendo. De la Hoya lo quiere liquidar y yo también. Y el milico sigue gritando Vega, pero sin moverse de la silla y leyendo los créditos que la televisión anuncia de la telenovelas de galanes y travestis. Vega, vuelve a gritar. Y de la Hoya me mira y contesta, simulando la ronca voz de tinto y achalay, acá estoy pelotudo, podés venir de una vez.
Yo miraba al cana por un ventiluz esmerilado que tapaba más de la mitad. Sin dejar de ver la tele, el que llevaba la marca de la gorra calzada en la testa le decía a su compañero acuchillado ahí voy. Apurate, le gritó De la Hoya, sin importarle un carajo si el cana vivo se daba cuenta que era alguien imitando.
De la Hoya se quería ir. Pasan el partido de Alumni, me dijo. Por primera vez en 50 años lo pasan por la tele, me dijo en voz baja mientras esperábamos en la puerta de la comisaría del pueblo a que saliera el otro botón. Loco, jugué en las inferiores de Alumni, me volvió a decir. Es como mi casa el club, si no veo al partido me muero, insistió. Lo entendí un poco. El Deportivo y Cultural de mi pueblo nunca había llegado a la televisión. Y si alguna vez llegase, también estaría apurado en matar, como De la Hoya.
Mientras, pasaban los segundos y nosotros seguíamos tirados contra la pared de afuera, casi agachados, esperando que saliera el otro perejil para que el cura pudiera seguir durmiendo tranquilo. Y aburrido, volví sobre el tema del fútbol. Le dije a De la Hoya que entonces, en la tele, estarían sus ex compañeros, peleando por la camiseta del club que los vio crecer. No, aclaró. De mis compañeros, el que está en mejor forma soy yo. La mayoría tiene cirrosis. Son buenos para gambetear, pero tienen que correr con el hígado en una mano, detalló. Los directivos del club trajeron todos porteños. Parecen que chupan menos y le gustan pocos las minas. Está bien, dije, es comprensible en estas épocas de feroz competencia. A De la Hoya le importó un carajo lo que le dije y volvió a gritar sin impostar la vos: Salí la puta madre que te parió.
Y salió el cana. Con dos pistolas, avivado que no era gracia la cosa. Y De la Hoya me dijo no te metás. Yo lo liquido. Pero cuando lo iba agarrar desde atrás con la navaja que parecía una lentejuela entre los dientes, un auto importante apareció por la esquina de la comisaría. Y De la Hoya no se quedó abajo del ligustrín conmigo esperando que todo pasara. Sabedor de quién era el móvil, se arrastró unos 30 metros hacia donde había un gallinero y descogotó unas cuantas para que no alertaran a los dueños. Y ahí se quedó.
Mientras, yo sabía que me tocaba el otro. El trabajo era mitad para cada uno y él ya había liquidado a Vega. El auto importante apenas había pasado la bocacalle y andaba lento, sin saber a donde ir. El cana vivo seguía apostado con las dos pistolas, girando sobre sí mismo y sin saber cuál había sido el destino de su desangrado y marica compañero. De la Hoya intimaba con una gallina y yo, tirado en el piso sin saber qué mierda hacer, quería destrabar la situación. Y había que destrabarla con violencia, como siempre se ha destrabado el rumbo de la humanidad. Tomé la determinación y me abalancé por el costado, sin más armas que el puñal que calzo conmigo en la cintura desde que mi documento acusa una década.
Apucherado, ésta es la última, le dije al policía, que no era tan gil y empezó a resistirse, ahora con la dos pistolas en la mano y tirando tiros al aire. El auto importante justo ahora aceleró y llegó frente a la comisaría. Yo lo tenía de atrás, tratando de clavarle la punta en alguna vena para que se quedara piola, pero el cana seguía tirando tiros. El auto no me importaba. El poder de la curia y de la autoridad política me protegían. Pero el acobardado empezó a gritar intendente, intendente. Y el auto paró. Y se bajó el intendente. Yo lo tenía de atrás al cobani amanerado, con el puñal en el cogote. Una gallina parecía estar siendo violada por De la Hoya a metros del lugar y el auto frenó. Y bajó el intendente. Yo lo tenía al cana y el intendente me miraba serio, sin decir una palabra. Intendente, ayúdeme, decía el botón. Y el intendente, recién bajado del asiento del acompañante, miraba absorto la escena.
Le aclaré. Éste es el mirón, señor. Este es el que anda espiando. La misma cara de nada el intendente y abrió una de las puertas de atrás. Se bajó el cura. Y yo con el puñal a punto de abrirlo al policía.
Padrecito amigo, éste sabe todo, le dije como buscando que la pena no fuera más que 3 avemarías y 5 padrenestros. Este cabeza sabe que usted lo quiere mucho al hijito de la Chuchina, la cocinera, ese que tiene 12 años nomás, dije para ablandar el férreo corazón de la Iglesia. Pero después de decir todo lo que dije, de la misma puerta del cura se bajó el Juez de Paz, el único hombre respetable e incorruptible de Piquillín. Cara adusta, apenas se bajó de móvil me apuntó con una 45. A estos ladronzuelos hay que matarlos a todos, le dijo el intendente, quien me guiñó el ojo para que bajara el cuchillo.
Lo bajé. Y con él mi futuro. Y grité De la Hoya y la concha que te parió. Las gallinas se alborotaron. Gol de Alumni. Mientras yo marchaba preso, alguien festejaba.
Me culparon de homicidio contra la autoridad y me comí 6 años en el calabozo del pueblo, a polenta y salchichón. El cura y el intendente salvaron las ropas, uno es congresal y el otro habla de moral y buenas costumbres todas las noches por el mismo canal por donde pasaban el partido de Alumni.
Yo me hice amigo del cana que estuve a punto de matar. Por la buena relación, me perdonó como 5 meses y me abrió la puerta de rejas para que me vaya. Y salí para buscarlo a él.
Y hoy lo encuentro. De la Hoya. Nos encontramos. Él sigue en la misma. Yo en ninguna. Pero tengo la guayabera calentita para tomarme venganza del abandono aquél. Ganó Alumni y ascendimos, me dice apenas me ve. Tomá, dice y tira sobre la mesa del bar en el que nos encontramos una camiseta de fútbol autografiada. En la vuelta olímpica me acordé de vos.
Soy hincha del Deportivo y Cultural, le aclaré y fui metiendo la mano entre mis ropas. Me limpio el culo con esa camiseta le dije. Sabés que ésta es la última, cagón, añadí. La viejita que atendía la barra, única habitante del bar a esa hora, trajo dos ginebras. Las había encargado De la Hoya. Para que brindemos, me dice.
Está bien, brindemos. Porque es tu última noche. Digo yo y él interrumpe y dice que no, que mejor brindemos por el avance de Piquillín. Qué avance, le pregunto, desconcertado. Por éste, dice, y me señala un ángulo del techo. Cualquier bar tiene cámaras de televisión para filmar lo que pasa. ¿No es bueno eso? Así la gente no se anda matando así porque así, asevera.
Tomó el vaso de ginebra de un solo saque. Se limpió la barbilla negra con el mantel de la mesa y se me acercó. Me dio un beso en la frente y dijo en mi oído: Cuando te tenés que ir, ite.
Y se fue.
La viejita se acercó de nuevo a mi mesa, mientras De la Hoya traspasaba el umbral de la puerta del bar con circuito cerrado de televisión. ¿Usted va a pagar le ginebra?, me preguntó la vieja. Sí, le dije, sino la paga este pelotudo, quién carajo la paga.
La guayabera está calentita. La vieja me prende la tele. Pasan una novela para maricas. Esta es la mía dije. Donde se tocan el culo como quien toma agua.
Si acaso tomara certezas de la guayabera ahora abundante de fierro y la haría saltar por los aires como piden las tripas que hacen ruidos pidiendo balas y pidiendo goles a favor; si acaso tomara una certeza de esta pérdida constante, le volaría la cabeza.
Pero lo dejo ir. Le dejo ir, diría la telenovela. Y yo la enciendo y mientras él se va, yo aprendo un nuevo idioma de venganza, con la guayabera llena de fierro tibiecito y el televisor prendido. Sin usar.
De la Hoya tuvo siempre esa condición exánime que lo diferenció de la gilada en forma abismal. Cuando había que irse, el guaso se iba. No había que decirle nada ni avivarlo con señas ni refranes. No era necesario el ‘ite yendo’, pues marchaba lento y pausado, solito por la vida cada vez que la muerte le avisaba.
Yo le envidiaba esa postura frente al cosmos. Le envidiaba ser tan vivo cuando el mundo que nos rodeaba era de muertos de hambre. Muertos de frío. Muertos de giles. Yo le envidiaba esa posibilidad de desaparecer por los techos y los tejados como felino en celo. Yo vivía en celo. Pero no era felino y cada vez que las circunstancias ameritaban una rápida desaparición de quien relata, quien relata siempre se quedaba y después decía para qué mierda me quedé, decía. Otra vez acá poniendo la caripela como un pescado y De la Hoya danzando como doncella bien atendida por los aires del pueblo derruido.
Esa noche de bruma londinense en Piquillín puso el sello dorado de su abismal habilidad. Había que hacer desaparecer a los dos policías de guardia. Los dos ropa prestada habían visto esas cosas raras que pasan en los pueblos entre los curas, los pendejos y el intendente. Y los dos botones, antes que hablaran, tenían que quedarse sin lengua.
De la Hoya, en una habitación húmeda y sofocante, afiló el cortaplumas con el filo de la bota de cuero de potro y chocó la hoja contra el foco que nos alumbraba a los dos. Mirá, me dijo. Mirá como brilla. ¿Qué es –le pregunté-, una lentejuela, maricón?
Maricón te vas a hacer cuando me la conozcas, contestó. Y nos fuimos a buscar a los dos botones de Piquillín, en una noche de niebla pesada y silencio asmático.
Llegamos a la comisaría. Los dos cobanis veían tele. Una serie de maricas y para maricas que hablan de amor y se tocan el culo como quien toma agua. No parecen policías, me dice. Parecen enfermeras abandonadas, vuelve a decir. Y me acuerdo de mi madre. Enfermera. Abandonada.
De la Hoya revienta la ventana principal con un cascote hecho de barro y bosta de caballo. Uno de ellos sale afuera, con la pistola entre las dos manos, apuntando a la Osa Mayor el muy pelotudo. De la Hoya lo agarró de atrás y le abrió el pescuezo. Brotaba sangre como brota de los pescuezos de los chanchos cuando se los hace salame en Piquillín.
El compañero, todavía mirando la mariconada en televisión, tardó como 10 minutos en darse cuenta. Y en esos 10 minutos que esperamos bajo la luna en Cuarto Creciente no sabíamos si entrar o quedarnos a la espera de que termine el programa en donde el galán estaba por confesar que era travesti por las noches estrelladas. Termina. El galán se confesó y el otro policía, pobrecito policía, advierte que el compañero no volvió.
Vega, le grita. Vega, vuelve a gritar. De la Hoya está cansado y lo entiendo. De la Hoya lo quiere liquidar y yo también. Y el milico sigue gritando Vega, pero sin moverse de la silla y leyendo los créditos que la televisión anuncia de la telenovelas de galanes y travestis. Vega, vuelve a gritar. Y de la Hoya me mira y contesta, simulando la ronca voz de tinto y achalay, acá estoy pelotudo, podés venir de una vez.
Yo miraba al cana por un ventiluz esmerilado que tapaba más de la mitad. Sin dejar de ver la tele, el que llevaba la marca de la gorra calzada en la testa le decía a su compañero acuchillado ahí voy. Apurate, le gritó De la Hoya, sin importarle un carajo si el cana vivo se daba cuenta que era alguien imitando.
De la Hoya se quería ir. Pasan el partido de Alumni, me dijo. Por primera vez en 50 años lo pasan por la tele, me dijo en voz baja mientras esperábamos en la puerta de la comisaría del pueblo a que saliera el otro botón. Loco, jugué en las inferiores de Alumni, me volvió a decir. Es como mi casa el club, si no veo al partido me muero, insistió. Lo entendí un poco. El Deportivo y Cultural de mi pueblo nunca había llegado a la televisión. Y si alguna vez llegase, también estaría apurado en matar, como De la Hoya.
Mientras, pasaban los segundos y nosotros seguíamos tirados contra la pared de afuera, casi agachados, esperando que saliera el otro perejil para que el cura pudiera seguir durmiendo tranquilo. Y aburrido, volví sobre el tema del fútbol. Le dije a De la Hoya que entonces, en la tele, estarían sus ex compañeros, peleando por la camiseta del club que los vio crecer. No, aclaró. De mis compañeros, el que está en mejor forma soy yo. La mayoría tiene cirrosis. Son buenos para gambetear, pero tienen que correr con el hígado en una mano, detalló. Los directivos del club trajeron todos porteños. Parecen que chupan menos y le gustan pocos las minas. Está bien, dije, es comprensible en estas épocas de feroz competencia. A De la Hoya le importó un carajo lo que le dije y volvió a gritar sin impostar la vos: Salí la puta madre que te parió.
Y salió el cana. Con dos pistolas, avivado que no era gracia la cosa. Y De la Hoya me dijo no te metás. Yo lo liquido. Pero cuando lo iba agarrar desde atrás con la navaja que parecía una lentejuela entre los dientes, un auto importante apareció por la esquina de la comisaría. Y De la Hoya no se quedó abajo del ligustrín conmigo esperando que todo pasara. Sabedor de quién era el móvil, se arrastró unos 30 metros hacia donde había un gallinero y descogotó unas cuantas para que no alertaran a los dueños. Y ahí se quedó.
Mientras, yo sabía que me tocaba el otro. El trabajo era mitad para cada uno y él ya había liquidado a Vega. El auto importante apenas había pasado la bocacalle y andaba lento, sin saber a donde ir. El cana vivo seguía apostado con las dos pistolas, girando sobre sí mismo y sin saber cuál había sido el destino de su desangrado y marica compañero. De la Hoya intimaba con una gallina y yo, tirado en el piso sin saber qué mierda hacer, quería destrabar la situación. Y había que destrabarla con violencia, como siempre se ha destrabado el rumbo de la humanidad. Tomé la determinación y me abalancé por el costado, sin más armas que el puñal que calzo conmigo en la cintura desde que mi documento acusa una década.
Apucherado, ésta es la última, le dije al policía, que no era tan gil y empezó a resistirse, ahora con la dos pistolas en la mano y tirando tiros al aire. El auto importante justo ahora aceleró y llegó frente a la comisaría. Yo lo tenía de atrás, tratando de clavarle la punta en alguna vena para que se quedara piola, pero el cana seguía tirando tiros. El auto no me importaba. El poder de la curia y de la autoridad política me protegían. Pero el acobardado empezó a gritar intendente, intendente. Y el auto paró. Y se bajó el intendente. Yo lo tenía de atrás al cobani amanerado, con el puñal en el cogote. Una gallina parecía estar siendo violada por De la Hoya a metros del lugar y el auto frenó. Y bajó el intendente. Yo lo tenía al cana y el intendente me miraba serio, sin decir una palabra. Intendente, ayúdeme, decía el botón. Y el intendente, recién bajado del asiento del acompañante, miraba absorto la escena.
Le aclaré. Éste es el mirón, señor. Este es el que anda espiando. La misma cara de nada el intendente y abrió una de las puertas de atrás. Se bajó el cura. Y yo con el puñal a punto de abrirlo al policía.
Padrecito amigo, éste sabe todo, le dije como buscando que la pena no fuera más que 3 avemarías y 5 padrenestros. Este cabeza sabe que usted lo quiere mucho al hijito de la Chuchina, la cocinera, ese que tiene 12 años nomás, dije para ablandar el férreo corazón de la Iglesia. Pero después de decir todo lo que dije, de la misma puerta del cura se bajó el Juez de Paz, el único hombre respetable e incorruptible de Piquillín. Cara adusta, apenas se bajó de móvil me apuntó con una 45. A estos ladronzuelos hay que matarlos a todos, le dijo el intendente, quien me guiñó el ojo para que bajara el cuchillo.
Lo bajé. Y con él mi futuro. Y grité De la Hoya y la concha que te parió. Las gallinas se alborotaron. Gol de Alumni. Mientras yo marchaba preso, alguien festejaba.
Me culparon de homicidio contra la autoridad y me comí 6 años en el calabozo del pueblo, a polenta y salchichón. El cura y el intendente salvaron las ropas, uno es congresal y el otro habla de moral y buenas costumbres todas las noches por el mismo canal por donde pasaban el partido de Alumni.
Yo me hice amigo del cana que estuve a punto de matar. Por la buena relación, me perdonó como 5 meses y me abrió la puerta de rejas para que me vaya. Y salí para buscarlo a él.
Y hoy lo encuentro. De la Hoya. Nos encontramos. Él sigue en la misma. Yo en ninguna. Pero tengo la guayabera calentita para tomarme venganza del abandono aquél. Ganó Alumni y ascendimos, me dice apenas me ve. Tomá, dice y tira sobre la mesa del bar en el que nos encontramos una camiseta de fútbol autografiada. En la vuelta olímpica me acordé de vos.
Soy hincha del Deportivo y Cultural, le aclaré y fui metiendo la mano entre mis ropas. Me limpio el culo con esa camiseta le dije. Sabés que ésta es la última, cagón, añadí. La viejita que atendía la barra, única habitante del bar a esa hora, trajo dos ginebras. Las había encargado De la Hoya. Para que brindemos, me dice.
Está bien, brindemos. Porque es tu última noche. Digo yo y él interrumpe y dice que no, que mejor brindemos por el avance de Piquillín. Qué avance, le pregunto, desconcertado. Por éste, dice, y me señala un ángulo del techo. Cualquier bar tiene cámaras de televisión para filmar lo que pasa. ¿No es bueno eso? Así la gente no se anda matando así porque así, asevera.
Tomó el vaso de ginebra de un solo saque. Se limpió la barbilla negra con el mantel de la mesa y se me acercó. Me dio un beso en la frente y dijo en mi oído: Cuando te tenés que ir, ite.
Y se fue.
La viejita se acercó de nuevo a mi mesa, mientras De la Hoya traspasaba el umbral de la puerta del bar con circuito cerrado de televisión. ¿Usted va a pagar le ginebra?, me preguntó la vieja. Sí, le dije, sino la paga este pelotudo, quién carajo la paga.
La guayabera está calentita. La vieja me prende la tele. Pasan una novela para maricas. Esta es la mía dije. Donde se tocan el culo como quien toma agua.
viernes, 27 de julio de 2007
El Estado y la Política, entre el Capitalismo Tardío y la Razón Instrumental.
El Estado y la Política, entre el Capitalismo Tardío y la Razón Instrumental.
El caso argentino en los 90’.
INTRODUCCIÓN
La modificación de la estructura económica argentina, llevada a cabo durante la década del 90’, trajo consigo la rearticulación de las estructuras culturales y políticas y, por lo tanto, el reacomodo social a tales movimientos, vividos internamente en Argentina, como así también en gran parte del mundo occidental.
Diversos fenómenos acontecidos en el globo se sumaron a una época de transformaciones radicales realizadas por el poder, lo que configuró, en Argentina, un nuevo modo de entender el Estado, la política y, consiguientemente, a la sociedad en su conjunto.
Estos nuevos modos de interpretación de la función del Estado y del rol social de la actividad política estuvieron signados por una fuerte impronta desde el discurso hegemónico de entonces. Éste (articulado bajo los preceptos del llamado ‘Capitalismo tardío’, etapa explicada por Ernest Mandel en El capitalismo tardío y que después profundizara Jurgen Habermas en Problemas de legitimación del capitalismo tardío ) y los principios de la Razón Instrumental (concepto y significado acuñado, en su acepción moderna, en pensamientos y corrientes histórico filosófico evolutivo a partir de la invasión de la industria cultural, cuyo mayor exponente crítico fue Max Horkheimer -) supo instalar una nueva imagen del aparato estatal, distanciado del paternalista o benefactor, según la épocas y miradas particulares, propio de décadas pasadas. Y a partir del nuevo rol de éste, la política como trabajo regulador de las actividades sociales también se vio modificada y resguardada, en su eficacia práctica, a ciertos ámbitos particulares y privados. Ambas transformaciones, con matices pero de creciente uniformidad en diferentes regiones geográficas y culturales, estuvieran signadas –como se dijo- en primera instancia por los principios fundamentales del Capitalismo Tardío -como la última instancia del actual proceso de producción, especulación y acumulación- y de la Razón Instrumental -entendida como la capacidad humana para calcular medios en función de unos fines que se entienden como dados-.
En ambos casos, el cambio estuvo marcado por una característica común: el debilitamiento y reducción del rol social actual tanto del Estado como de la Política, en referencia al que jugaron históricamente desde la aparición de los estados nación y la diplomacia obtuvo mayor legitimidad y legalidad que las contiendas bélicas.
De esta forma, lo que aquí se buscará desentrañar es cómo influyeron los principios teóricos del Capitalismo Tardío -como instancia superadora de la Democracia Liberal- y la Razón Instrumental -como herramienta del discurso hegemónico- en la conformación de la actividad política y el Estado argentino durante la década del ‘90.
Así, buscaremos analizar las formas adoptadas por el aparato estatal y la política en la Argentina, intentando encontrar en nuestro análisis la redefinición y conformación de ambos objetos de análisis. Y así interpretar cómo estos, junto al discurso hegemónico de entonces que los sostuvo en la legitimación social, formaron la triada que significó y determinó el mundo de la vida en la década del 90’ en nuestro país.
EL ESTADO Y LA POLÍTICA, ANTES
No es nuestra intención, en este apartado, reconstruir un continnun de las disímiles figuras del Estado y de la actividad política (o de la política, sin más) a lo largo de la historia. No obstante, intentaremos retomar principios generales ideales que sirvieron a la creación de los estados modernos y de la política como la actividad reguladora de las relaciones sociales.
Quien primero se encargó de analizar y buscar una estructura de identidad al Estado como ente regulador de la vida institucional fue Aristóteles. La Política, una de sus principales obras, es un gran tratado sobre la creación, necesidad y formas del Estado.
Si bien algunos principios pueden considerarse perimidos por el tiempo pasado y por las transformaciones que han superado teóricamente al planteo del filósofo griego, varias de sus ideas permiten entender el rol y la función del Estado desde el momento de su génesis.
En el Capítulo 1 del Libro Primero comienza señalando:
“Todo Estado es, evidentemente, una asociación, y toda asociación no se forma sino en vista de algún bien, puesto que los hombres, cualesquiera que ellos sean, nunca hacen nada sino en vista de lo que les parece bueno. Es claro, por tanto, que todas las asociaciones tienden a un bien de cierta especie, y que el más importante de todos los bienes debe ser el objeto de la más importante de las asociaciones, de aquella que encierra todas las demás, y a la cual se llama precisamente Estado y asociación política” .
Para Aristóteles, el Estado procede siempre de la naturaleza, “lo mismo que las primeras asociaciones, cuyo fin último es aquél ”. De esta manera, el Estado está naturalmente sobre la familia y sobre cada individuo, porque el todo –en el filósofo griego- es necesariamente superior a la parte. Así justifica la necesidad ‘natural’ del Estado y su superioridad sobre el individuo.
Además, el Estado es considerado por Aristóteles como un agregado de elementos, en este caso, de ciudadanos. Y ciudadanos son aquellos que gozan “de las funciones de juez y de miembro de la asamblea pública” , lo que traducido a épocas actuales estaría señalando al ciudadano como aquél que hace uso de sus principios de sujeto pleno de derechos y libertades emanadas de la ley máxima. ¿No es uno realmente ciudadano –se pregunta el filósofo- sino en tanto que pueda entrar a participar del poder público?.
En tanto, y acercándonos en el tiempo, el alemán y jurisconsulto Georg Jellinek señala en su obra Teoría General del Estado que “existe Estado donde haya una comunidad con un poder originario y medios coactivos para dominar sobre sus miembros y sobre su territorio, con forma a un orden propio” .
Constituido por una población, un territorio y un poder real, el Estado “comprende la comunidad como a un poder de dominación”, y agrega: “El Estado es una unidad espacial y temporal, causal, formal y teleológica. Una unidad de asociación distinta a otras debido del máximo grado de intensidad, mayor número de fines constantes y a su organización por perfecta y comprensiva” .
Autolimitado por el derecho, el Estado se convierte en persona jurídica o corporación, posterior a su conformación por factores étnicos, bélicos, económicos o religiosos.
Tras esto y ante la existencia de convivencia social y de relaciones políticas, esta comunidad que interrelaciona mediante distintas actividades, entendida como comunidad política, se conforma definitivamente, según Jellinek, alrededor del Estado, que aglutina voluntades y construye, consolida y conserva el agregado humano.
Mediante justificaciones que relacionan al Estado con el contrato familiar en el derecho privado o como un acuerdo de voluntades o consentimientos entre pares, o bien como un pacto social a entender de Rouseau, Kant o Spinoza, el Estado se explica entonces como el ente rector que busca la construcción, consolidación y conservación de la comunidad política.
Así, ya desde la naturaleza –según la matriz intelectual de los pensadores de la antigua Grecia - ya desde la existencia de pactos racionales –según la escuela de la filosofía moderna-, los hombres, mediante el Estado, son arrastrados a la asociación política. Asociación política que se traduce como acción que se desarrolla en el marco de una comunidad política –es decir, el Estado- y entendida como una actividad humana destinada a doblegar voluntades mediante la búsqueda de consensos con el fin de acrecentar, crear y mantener el agregado humano.
A diferencia del marxismo, que considera la política como creación humana funcional a la opresión capitalista, desde el liberalismo –y más tarde desde corrientes afines al pensamiento evolutivo social- se la consideró siempre como una dimensión insoslayable e irrenunciable del hombre, pues a través de ella se ponen en juego las distintas concepciones del ser y su destino.
Opuesta obligatoriamente a una mera técnica administrativa, la política como acción de los hombres en su función original organiza la economía, controla y orienta los medios y condiciona las causas por donde irá el mundo de la vida.
Así, pues, se considera que la política contribuye a constituir el hombre como hombre, y que funciona, en toda sociedad, como una actividad reguladora y coordinadora para mantener la cohesión y la unidad. No sólo la política hace esto, pero sí tiene por fin específico la preservación de la unidad y la cohesión social. En tanto, la cohesión, la unión y la organización social dependen de lo político.
Entendida también como una actividad de contenido contingente y mutable, determinada por la inteligencia, la voluntad y las pasiones, proporciona a la sociedad estructura e instituciones, de acuerdo a necesidades materiales, morales e intelectuales, determinadas por tiempo y espacio.
Desde el pensamiento aristotélico, la meta de la política es el bien común y no puede ser concebida sin libertad, “por lo que la libertad procede al acontecimiento político para que ambos puedan ser tales” .
En ese sentido, en consideraciones más actuales se ha afirmado que la administración política consiste en el buen uso de las recursos comunes y en el buen juicio de los asuntos públicos “con la finalidad de acrecentar los espacios de libertad, la realización moral y el bienestar, como así también el incremento, clasificación y selección de las opciones sobre el destino de una comunidad” señala Hernan Neyra en su trabajo Lo público, lo privado y lo doméstico en el Capitalismo Tardío.
En síntesis, con lo expuesto más arriba estamos planteando la hipótesis de la imposibilidad de separación, en tanto análisis o interpretación, de Estado y política, pues, sus figuras –no clásicas, pero sí ideales- existen en tanto uno depende del otro y viceversa. Es decir, estamos frente a un Estado autónomo, regido por normas democráticas en la medida que la actividad política, rectora de las diferentes estructuras donde se posa la sociedad, exista plena de derechos y voluntades. Asimismo, frente a la inexistencia de Estado democrático y, por ende, de organización y ente rector en una sociedad, la actividad política como reguladora de las relaciones sociales sería imposible. O bien, lo que existiría en una situación dada así no sería o no representaría la figura, insistimos, ideal, tanto de Estado o política, sino una de sus tantas alteraciones realizadas a lo largo de la historia.
Ante esta primera idea de los principios generales que gobiernan la conformación del Estado y la política en términos ideales, ahondaremos a continuación en las figuras teóricas de la Razón Instrumental y del Capitalismo Tardío, con el fin último de relacionar estos principios con lo visto más arriba. De esta manera, se intentará, por último y tras la relación expresada anteriormente, encontrar puntos de encuentro con la realidad argentina durante la década del 90’ y lo aquí dicho.
LA RAZÓN INSTRUMENTAL Y EL CAPITALISMO TARDÍO
El análisis y las implicancias de la razón a lo largo de la historia del pensamiento filosófico podrían ocuparnos completamente nuestro trabajo. Por lo pronto, aquí intentaremos una aproximación de lo que en las sociedades modernas, y por inicio de Max Horkheimer, se dio en llamar Razón Instrumental.
Tematizada por Max Weber y cuestionada radicalmente tanto en la línea que recorre el pensamiento de Friedrich Nietzsche a Martin Heidegger – y que podría prolongarse en autores como Bataille, Foucault, Lyotard o Derrida – como en aquélla otra que va del Marqués de Sade a Adorno y Horkheimer , la Razón Instrumental comenzó a ser objeto de estudio debido al hecho de que el método de la técnica (guiado por la lógica de esta razón) avanzaba sobre la vida social, volviéndose ésta como un elemento más del dominio técnico, que ya dominaba el campo científico. Esta racionalidad no sólo impregnaba el pensamiento filosófico –logrando, de esta manera, el llamado objetivismo, cuya máxima expresión es el positivismo y su neutralidad valorativa- sino que comenzaba a dominar todos los ámbitos del desenvolvimiento social.
En ese sentido, Horkheimer expresa en “Crítica de la razón instrumental”:
“Liberada de connotaciones teológicas, la sentencia ‘sé razonable’ equivale a decir: observa las reglas, sin las cuales no pueden vivir ni el individuo ni el todo, no pienses sólo en cosas del momento. La razón se realiza a sí misma cuando niega su propia condición absoluta -razón con un sentido enfático- y se considera como mero instrumento. (...) La teoría debe hoy reflejar y expresar el proceso, la tendencia socialmente condicionada hacia el neopositivismo, hacia la instrumentalización del pensamiento, como asimismo los vanos intentos de salvación” .
La razón como mero instrumento fue tal cuando, a entender del pensador frankfurtiano, el pragmatismo, al intentar la conversión de la física en el prototipo de la ciencia y el modelamiento de todas las esferas de la vida espiritual según las técnicas del laboratorio, forma pareja con el industrialismo moderno, para el que la fábrica es el prototipo del existir humano y que modela todos los ámbitos culturales según el ejemplo de la producción en cadena sobre una cinta sin fin o según una organización oficinesca racionalizada .
Así, se consideraba que la preponderancia del método propio de la técnica por sobre las otras dimensiones del pensamiento acarrearía problemas no sólo de orden metodológico, sino que se estaba frente a un principio ideológico en el cual predominaba el eficientisismo y el objeto por sobre el sujeto. Y que esta exaltación de la racionalidad como instrumento –necesaria para la autoconservación del hombre- propendería a destruir los lazos sociales. Asimismo, esta razón abarcativa depreciaría el concepto más amplio de razón, al cual no se lo considera un mero instrumento para alcanzar fines, sino que es considerado una pauta de organización en relación al mundo.
En ese sentido, en “Crítica de la razón...” Horkheimer ensaya una historia de la razón que comienza por la diversificación entre la razón subjetiva y la razón objetiva.
En la razón subjetiva, ser racional significa saber discernir lo que es útil y saber adecuar ciertos medios para la consecución de fines:
“...el poder que, en última instancia, posibilita los actos razonables, es la capacidad de clasificación, de conclusión y deducción, sin reparar en qué consiste en cada caso el contenido específico, o sea el funcionamiento abstracto del mecanismo pensante. Esta especie de razón puede designarse como razón subjetiva. Ella tiene que habérselas esencialmente con medios y fines, con la adecuación de modos de procedimiento a fines que son más o menos aceptados y que presuntamente se sobreentienden. Poca importancia tiene para ella la cuestión de si los objetivos como tales son razonables o no. Si de todos modos se ocupa de fines, da por descontado que también éstos son racionales en un sentido subjetivo, es decir, que sirven a los intereses del sujeto con miras a su autoconservación, ya se trate de la autoconservación del individuo solo o de la comunidad, de cuya perdurabilidad depende la del individuo” .
En contraposición a ésta, expresa:
“Durante mucho tiempo predominó una visión de la razón diametralmente opuesta (a la subjetiva). Tal visión afirmaba la existencia de la razón como fuerza contenida no sólo en la conciencia individual, sino también en el mundo objetivo: en las relaciones entre los hombres y entre clases sociales, en instituciones sociales, en la naturaleza y sus manifestaciones. Ésta (la razón objetiva) aspiraba a desarrollar un sistema vasto o una jerarquía de todo lo que es, incluido el hombre y sus fines. El grado de racionalidad de la vida de un hombre podía determinarse conforme a su armonía con esa totalidad. La estructura objetiva de ésta -y no sólo el hombre y sus fines- debía servir de pauta para los pensamientos y las acciones individuales” .
Horkheimer señala que ambos aspectos –razón objetiva y razón subjetiva- estuvieron presentes en el devenir del tiempo, pero la subjetiva se fue imponiendo en los tiempos modernos, gracias a la avanzada del capitalismo industrial, en donde el interés individual fue abarcando no sólo el espacio reflexivo de la ciencia, sino el diario acontecer del mundo de la vida. De esta manera, la razón subjetiva –o instrumental- hegemoniza las áreas del pensamiento con el solo objetivo de servir a un fin y de esta manera, convertir al sujeto en objeto de su propia represión: "...razón subjetiva es aquella actitud de la conciencia que se adapta sin reservas a la alienación entre sujeto y objeto, al proceso social de cosificación por miedo de caer, en caso contrario, en la irresponsabilidad, la arbitrariedad y de convertirse en mero juego mental” .
La razón, al abandonar su autonomía y priorizar su concepción subjetiva por la objetiva, se ha convertido en instrumento y así, el papel que desempeña en el dominio sobre los hombres y la naturaleza se ha convertido en principio exclusivo. “Es como si el pensar se hubiese reducido al nivel de los procesos industriales sometiéndose a un plan exacto; dicho brevemente, como si se hubiese convertido en un componente fijo de la producción”, de tal manera que ahora el dominio sobre la naturaleza incluye el dominio sobre los hombres. Y todo sujeto, al someter a la naturaleza, internaliza el dominio dentro de sí.
Más tarde, Theodor Adorno hablará de razón identificante - razón que identifica el progreso económico técnico con el desarrollo humano de la libertad-. En ambos casos, se puede sintetizar el concepto en la idea de la razón como la herramienta intelectual e ideológica utilizada por el capitalismo en sus diferentes etapas para articular sus deseos y ambiciones con los deseos y ambiciones impuestos e impostados en la sociedad.
Unas de esas etapas del capitalismo en donde la razón instrumental es la herramienta para la consecución de los fines es la que se ha dado en llamar Capitalismo Tardío, la cual señala al capitalismo en su fase actual y se explica en la necesidad del mercado de introducir la regulación estatal para continuar su pervivencia
Según Jameson Fredrich, el capitalismo ha atravesados tres momentos fundamentales y cada uno de ellos ha significado una expansión dialéctica en relación con el período anterior. Estos tres momentos son el capitalismo de mercado, el estadio monopolista o del imperialismo y el momento actual, “al que erróneamente se denomina posindustrial, pero para el cual un nombre mejor podría ser el de capitalismo multinacional (...) el capitalismo tardío o multinacional, o de consumo constituye (...) la forma más pura de capital que haya surgido, produciendo una prodigiosa expansión de capital hacia zonas que no habían sido previamente convertidas en mercancías” .
El capitalismo tardío, es, como se expresó, el que organiza el mercado utilizando al Estado como un mecanismo más. De manera que, según esto, los beneficios son adjudicados al mercado y las pérdidas son asumidas por el Estado. “Por tanto, el Estado deviene en un mecanismo de equilibrio económico y social. Pero, las fluctuaciones y oscilaciones de la economía especulativa supondrá la existencia de una permanente y continua crisis” señala Blanca Muñoz, quien sigue a Jurgen Habermas en su Crisis de legitimación del Capitalismo Tardío. El mismo Habermas sitúa su concepto de crisis en la inestabilidad e ineficacia de este modo económico para asumir y aceptar sus contradicciones.
A modo de desarrollar una brevísima descripción de la etapa actual del sistema económico hegemónico, es dable resaltar que el capitalismo tardío –también llamado capitalismo de organización o capitalismo regulado por el Estado- es la fase que suplantó al llamado capitalismo liberal, en el cual el mercado no cumplió por sí solo las funciones de la socialización en el sentido de la integración social, ya que era el Estado quien aseguraba las premisas de la producción. “Ahora bien –señala Muñoz- la crisis económica surge cuando la cuota de ganancia y la valorización del capital decrecen. El sistema económico requiere imput en trabajo y capital transformados en valores consumibles. Para el modo de producción capitalista es atípica una crisis atribuida a insuficiencias de imput. (Por tanto) las perturbaciones del capitalismo liberal fueron crisis de output que trastornaron la distribución de valores canalizada en conformidad con el sistema por la vía del ciclo” .
De esta manera, a partir de la crisis en el llamado capitalismo liberal, es que se denomina al nuevo periodo como Capitalismo Tardío, cuyas características son, por un lado, la aparición del proceso de concentración de empresas (nacimiento de las corporaciones nacionales y multinacionales) y la organización de los mercados de bienes, de capitales y de métodos de trabajo. Asimismo, por otro lado, el Estado pasa a ser un mecanismo regulador del mercado e interviene en los crecientes desequilibrios del funcionamiento de éste. “El Capitalismo Tardío, pues, es el que necesita del Estado para organizar los desajustes creados por la lógica del beneficio de las enormes corporaciones industriales y financieras. Para Habermas, la difusión de estructuras oligopólicas de mercado significa, sin duda, el fin del capitalismo de competencia. Ese fin del capitalismo liberal está en la génesis de un conjunto de problemas derivados del crecimiento de ese reajuste y nueva fase del sistema” .
Nueva fase del sistema que vive en permanente crisis por, entre otros motivos y como se señaló más arriba, no aceptar las contradicciones que viven en él. Contradicciones motorizadas por el imperio de la llamada Racionalidad Instrumental. Racionalidad utilizada, en este nuevo periodo, como herramienta para imponer unos fines como dados bajo la implantación del método positivista en todos los órdenes de la vida.
A continuación, tras haber analizado brevemente las figuras ideales del Estado y la política y los principios teóricos de la Racionalidad Instrumental y del Capitalismo Tardío, intentaremos engarzar estos 4 elementos en relación a la Argentina de la década del 90’.
Así, oponiendo los roles originarios del Estado y la política a los que se llevaron a cabo en el tiempo y espacio citado, y analizando la injerencia de la racionalidad con respecto a fines y de la última fase del capitalismo actual, buscaremos aproximarnos a una explicación que, en parte, logre interpretar los cambios acaecidos como parte de un fenómeno mucho más amplio y abarcador que tuvo nuestro país como un escenario más de tantos.
EL ESTADO Y LA POLÍTICA, DESPUÉS
Como se expresó en la introducción del presente trabajo, durante los años 90’ se realizó, en Argentina, una de las más grandes transformaciones constitutivas en su historia, a través de la modificación de su estructura económica, que culminó también en la transformación de sus cimientos políticos y socio culturales.
A partir de esto, es como la figura del estado nación, que en nuestro país había pasado por los modelos del oligárquico/ terrateniente, agro exportador, pre desarrollista, paternalista/benefactor y totalitario, comienza a perfilarse de un modo que no necesariamente expresaba, como en las formas anteriores, alguna de las características de la sociedad en el momento en que se configuraba.
La preponderancia ganada, en forma insistente y continua, por el ente impersonal denominado Mercado, comenzó a socavar las bases tradicionales del aparato burocrático estatal y una nueva manera de entender la organización de la sociedad fue ganando espacio.
Así, con la invasión y preponderancia en la sociedad de las relaciones privadas corporativas económicas, el tamaño tanto simbólico como material del ente rector de la nación fue disminuyendo cada vez más, en franca oposición al proceso de acumulación e integración que realizaron, en el mismo periodo, las grandes corporaciones trasnacionales.
Mientras Aristóteles señalaba que “todo Estado tiene una tarea que llenar; y será el más grande el que mejor la desempeñe” , en Argentina, el tamaño, si por este medimos la importancia de su injerencia en la organización social y de su trabajo por la conservación del agregado humano, fue en desmedro cada vez más. El abandono implícito de sus funciones más básicas quedó al descubierto en los resquebrajados sistemas sanitarios y educativos. En tanto, el fin de las funciones secundarios de los Estados -creadas a mediados de los años 40’- que incluían generación de capitales propios para sostener sus funciones primarias queda demostrado en la cifra que señala que en los diez años de la década del 90’, en América Latina se vendieron aproximadamente 1.600 empresas públicas, por lo que los gobiernos recibieron a cambio 80.000 millones de dólares. Además, los estados redujeron o abolieron sus reglamentos e intervenciones en todos los sectores de la economía, pasando así de ser burocráticos y propietarios a estados recaudadores de impuestos como fin único.
Esto trajo aparejado el quiebre de los lazos sociales que cohesionaban a la sociedad y sus estructuras. El antiguo pensador griego sostenía que “la perfección para el Estado consistirá necesariamente en reunir una justa extensión y un número conveniente de ciudadanos” entendidos estos como el sujeto consciente de su condición de ser político, con plena autoridad para intervenir en el curso de las acciones que influyen en la vida diaria, tanto individual como social.
Sin embargo, tanto el Estado y como la política en tanto actividad reguladora de las relaciones sociales fueron reemplazadas por esta presencia omnisciente del Mercado como nuevo regulador.
Como lo explica Neyra , hoy en el Capitalismo Tardío, lo privado ya no se identifica con intereses domésticos, sino con intereses corporativos cuyo desarrollo y control tiene lugar mediante procesos automatizados. Esto repercute en la vida política y estatal y reestructura lo privado doméstico, de tal modo que, como señala Habermas, “a la sociedad tecnificada corresponde un Estado técnico, que suprime las formas tradicionales del poder político en aras de una administración total” .
Asimismo, continua Neyra, la mayor amenaza política a los regímenes democráticos contemporáneos no son las tiranías, sino el ejercicio de la política en el cual se coartan la diversidad de opciones bajo el pretexto de que las decisiones son fruto de opciones científicas o consecuencia de una ausencia de opción ligada al imperativo de adaptación a la técnica. Es decir, la Racionalidad Instrumental, en esta avanzada del aparato económico privado especulativo sobre lo público, invade el territorio de las decisiones políticas, impregnando de una esencia cientificista objetivista, con miras a fines sin importar los medios, una actividad que debiera regular el mundo de la vida. De esta manera “el único objetivo del Estado es buscar que lo público y lo privado doméstico sea funcional a la colonización del capital corporativo” .
Bajo el convencimiento de la carencia de opciones sobre las que la sociedad pueda discutir el modo de organizarse, el sistema democrático pasa a apoyarse ahora en la indiferencia social respecto de las opciones políticas que podrían “cuestionar el sometimiento de la vida pública a la funcionalidad exigida por la valorización del capital” .
Así, mientras en el primer apartado se observó cómo lo político es la toma de decisiones públicas que recaen sobre los mismos que participan en la constitución de la decisión, en la etapa del Capitalismo Tardío -regido por una razón técnica economicista, que en Argentina se constituyó con la única Razón posible- se elude lo político en el debate sobre las alternativas posibles como toma de decisión. Y esto es claro cuando la pregunta por posibles destinos alternativos a los que conducir a los hombres “es sustituida por la pregunta sobre el rendimiento de los medios para llegar a la valorización del capital, como si fuera el único destino posible” .
De manera tal, la actividad reguladora de lo social que era la política pasa a transformarse en un instrumento jurídico y adminsitrativo al servicio de las corporaciones trasnacionales económicas –que lograron su fase de mayor concentración y ganancias en la década pasada en nuestro país- en donde se observa claramente la extensión de la lógica instrumental o subjetiva por sobre los principios universalizantes de una razón que incluya el todo como fin y que sirva a los fines de armonizar las relaciones entre los individuos y su mundo social. Lo anterior, en clara contraposición a la función aristotélica de la política, en donde se afirma la irreductibilidad del dominio público al privado –“el gobierno de una polis es distinta del dominio de un señor” decía el filósofo griego-.
Así, la política se transforma en administración general del interés corporativo, cuando Rousseau ya hubo advertido claramente que hay diferencia entre gobernar una república a someter a un grupo de hombres. Intentando trasladar conceptos, repetiremos acá que es diferente –parafraseando a Rouseau- una actividad reguladora de lo social que busca conciliar y aproximar a los sujetos por sobre los objetos, a otra que ha tomado su mismo nombre pero cuyo fin es, en definitiva, el dominio de la naturaleza sin advertir que en ese dominio también quedan sujetos los mismos hombres.
Frente a lo anterior, es importante destacar, pese a que se ha dicho anteriormente, que la administración política consiste en el buen uso de las recursos comunes y en el buen juicio de los asuntos públicos con la finalidad de acrecentar los espacios de libertad, la realización moral y el bienestar, como así también el incremento, clasificación y selección de las opciones sobre el destino de una comunidad. No obstante, en el marco socio histórico dado por el Capitalismo Tardío, el Estado, ente que se convierte en un feudo recaudador de impuestos y deja de lado su función de motor de la actividad política, sólo asume como tarea principal que la persona modifique sus costumbre para que se adapte a la evolución de los medios técnicos que el capital privado corporativo exige .
De esta manera, desde toda institución estatal se considera al debate público como totalmente vano. A decir de Carlos Kohn , queda eliminada ('neutralizada') toda posibilidad de disenso -elemento fundamental del pluralismo democrático- en aras de la consecución de un consenso rutinario y acrítico, 'necesario' para mantener la gobernabilidad de la democracia formal.
Por tanto, la sociedad pareciera ser autoregulada por mecanismos invisibles devenidos del omnipresente Mercado, que de hecho excluyen el ejercicio de la política como parte constituyente de los ciudadanos, obviando que estos son tal en la medida que ejercen sus principios plenos de derecho.
Mientras, la deliberación sobre asuntos públicos “es sustituida por la negociación entre grupos; es decir, por la competencia 'libre' entre actores colectivos, la cual es desigual debido a una distribución de los recursos regulada por los imperativos del mercado” , lo que en palabras de Habermas se traduce en pérdida de la autodeterminación política y de la libertad civil, en vista de las avanzadas estructuras del Capitalismo Tardío .
Así, privilegiando la relación del hombre con las cosas por sobre las relaciones históricas –lo que de algún modo es la materialización más clara del triunfo de la razón subjetiva por sobre la objetiva- el Mercado pasa a ser único espacio que regula lo social desde el eficienticismo rentista –y el devenir económico argentino así lo demuestra-, mientras que para el Estado queda, como función inexorable, el uso legal de la fuerza para contener por otro métodos los desvaríos sociales producidos por el rompimiento de sus límites. Límites puestos, anteriormente, a través del ejercicio de la actividad política como reguladora de la cohesión social. Ésta, con el avance de un individualismo exarcevado –caracterizado por un consumo masivo de imágenes y objetos que suponen un dominio que se vuelve en contra de los mismos sujetos que consumen- desapareció produciendo un sinfín de fragmentos difíciles de identificar y, por tanto, de formar lo que en la polis griega se dio en llamar comunidad política.
Habermas sostiene que la crisis afecta a toda la sociedad debido al desplazamiento de la crisis económica al sistema o subsistema político. Este desplazamiento se da “por la lógica consecuencia de la imposibilidad de solucionar la crisis económica con medios de carácter económico ya que no es posible transformar el sistema de apropiación privada del beneficio. De aquí su reenvío hacia lo político” .
De esta manera, en la Argentina de la década del 90’, Estado y Política en sus acepciones vistas al comienzo, son reemplazados en sus funciones originales por Mercado y Economía, cuyas lógicas -que incluyen fragmentaciones reduccionistas y mecanicistas y determinismos que conllevan una visión absoluta de la realidad- fueron desplazadas hacia todo el mundo social, que se vio gobernado por principios que nada tienen que ver con la idea de razón que implicaba la comprensión y la determinación de los fines en función de parámetros que buscaban la armonización social. Así pues, la mera regulación de la relación entre medios y fines es la racionalidad gobernante y única posible en esta etapa de Capitalismo Tardío. Etapa que precisó del Estado no sólo por su figura de poseedor de la violencia legítima, sino también de su intervención para que mediante leyes emanadas desde el poder político, se alcanzara un equilibrio racional en términos economicistas especulativos.
En ese sentido, Argentina es una muestra cabal de la necesidad, en la actual etapa, de la intervención estatal para intentar superar sus contradicciones internas. De igual manera a como se expresó más arriba, pese a esta intervención en busca de un equilibro ficticio, los logros son siempre del aparato económico corporativo, en tanto las pérdidas son compartidas desde el Estado hacia los fragmentos que antes constituían una sociedad cohesionada y regulada alrededor de la actividad política. Actividad que hoy, junto al Estado, han quedado relegados en sus funciones, roles y fines por la supuesta impersonalidad y efectividad de un ente de accionar metodológico puramente técnico que comparte sus pérdidas, pero nunca sus ganancias
BIBILOGRAFÍA GENARAL UTILIZADA
Arisóteles. La política. Ed. Aguilar. Madrid 1973.
Habermas, Jurgen. Problemas de legitimación en el capitalismo tardío. Edit. Amorrortu, Buenos Aires. 1975.
Habermas, Jurgen. Teoría y praxis. Editorial Technos. Madrid 1990.¿
Horkheimer, Max: Crítica de la razón instrumental. Buenos Aires, Sur, 1969.
Jellinek, Georg. Teoría general del Estado. México. Fondo de Cultura Económica. 2000.
Mandel, Ernest. El capitalismo tardío. Ed. Era. México. 1979.
Neyra, Hernán. Lo público, lo privado y lo doméstico en el Capitalismo Tardío. Cuadernos salmantinos de filosofía. Universidad de Salamanca. Salamanca. Volumen XXV. 1998.
Ortiz, Gustavo. Hacia una racionalidad social procedimental. La Racionalidad esquiva. Sobre tareas de la Filosofía y la Teoría Social en América Latina. Ediciones del CEA, UNC. Córdoba. 2000.
Fredrich, Jameson. La posmodenidad o la lógica del capitalismo avanzado. Buenos Aires: Paidós, 1992. Pag. 68.
Muñoz, Blanca. Teoría de la crisis en Habermas / Offe. Universidad Carlos III de Madrid. España. 2000.
Kohn, Carlos. John Rawls, una teoría de la Justicia. Universidad Central de Venezuela (UCV). 20º Congreso Mundial de Filosofía celebrado en Boston.
Guido P. Galafassi. Razón instrumental, dominación de la naturaleza y modernidad: la Teoría Crítica de Max Horkheimer y Theodor Adorno. Universidad Nacional de Quilmes y Buenos Aires, 2000. Argentina.
El caso argentino en los 90’.
INTRODUCCIÓN
La modificación de la estructura económica argentina, llevada a cabo durante la década del 90’, trajo consigo la rearticulación de las estructuras culturales y políticas y, por lo tanto, el reacomodo social a tales movimientos, vividos internamente en Argentina, como así también en gran parte del mundo occidental.
Diversos fenómenos acontecidos en el globo se sumaron a una época de transformaciones radicales realizadas por el poder, lo que configuró, en Argentina, un nuevo modo de entender el Estado, la política y, consiguientemente, a la sociedad en su conjunto.
Estos nuevos modos de interpretación de la función del Estado y del rol social de la actividad política estuvieron signados por una fuerte impronta desde el discurso hegemónico de entonces. Éste (articulado bajo los preceptos del llamado ‘Capitalismo tardío’, etapa explicada por Ernest Mandel en El capitalismo tardío y que después profundizara Jurgen Habermas en Problemas de legitimación del capitalismo tardío ) y los principios de la Razón Instrumental (concepto y significado acuñado, en su acepción moderna, en pensamientos y corrientes histórico filosófico evolutivo a partir de la invasión de la industria cultural, cuyo mayor exponente crítico fue Max Horkheimer -) supo instalar una nueva imagen del aparato estatal, distanciado del paternalista o benefactor, según la épocas y miradas particulares, propio de décadas pasadas. Y a partir del nuevo rol de éste, la política como trabajo regulador de las actividades sociales también se vio modificada y resguardada, en su eficacia práctica, a ciertos ámbitos particulares y privados. Ambas transformaciones, con matices pero de creciente uniformidad en diferentes regiones geográficas y culturales, estuvieran signadas –como se dijo- en primera instancia por los principios fundamentales del Capitalismo Tardío -como la última instancia del actual proceso de producción, especulación y acumulación- y de la Razón Instrumental -entendida como la capacidad humana para calcular medios en función de unos fines que se entienden como dados-.
En ambos casos, el cambio estuvo marcado por una característica común: el debilitamiento y reducción del rol social actual tanto del Estado como de la Política, en referencia al que jugaron históricamente desde la aparición de los estados nación y la diplomacia obtuvo mayor legitimidad y legalidad que las contiendas bélicas.
De esta forma, lo que aquí se buscará desentrañar es cómo influyeron los principios teóricos del Capitalismo Tardío -como instancia superadora de la Democracia Liberal- y la Razón Instrumental -como herramienta del discurso hegemónico- en la conformación de la actividad política y el Estado argentino durante la década del ‘90.
Así, buscaremos analizar las formas adoptadas por el aparato estatal y la política en la Argentina, intentando encontrar en nuestro análisis la redefinición y conformación de ambos objetos de análisis. Y así interpretar cómo estos, junto al discurso hegemónico de entonces que los sostuvo en la legitimación social, formaron la triada que significó y determinó el mundo de la vida en la década del 90’ en nuestro país.
EL ESTADO Y LA POLÍTICA, ANTES
No es nuestra intención, en este apartado, reconstruir un continnun de las disímiles figuras del Estado y de la actividad política (o de la política, sin más) a lo largo de la historia. No obstante, intentaremos retomar principios generales ideales que sirvieron a la creación de los estados modernos y de la política como la actividad reguladora de las relaciones sociales.
Quien primero se encargó de analizar y buscar una estructura de identidad al Estado como ente regulador de la vida institucional fue Aristóteles. La Política, una de sus principales obras, es un gran tratado sobre la creación, necesidad y formas del Estado.
Si bien algunos principios pueden considerarse perimidos por el tiempo pasado y por las transformaciones que han superado teóricamente al planteo del filósofo griego, varias de sus ideas permiten entender el rol y la función del Estado desde el momento de su génesis.
En el Capítulo 1 del Libro Primero comienza señalando:
“Todo Estado es, evidentemente, una asociación, y toda asociación no se forma sino en vista de algún bien, puesto que los hombres, cualesquiera que ellos sean, nunca hacen nada sino en vista de lo que les parece bueno. Es claro, por tanto, que todas las asociaciones tienden a un bien de cierta especie, y que el más importante de todos los bienes debe ser el objeto de la más importante de las asociaciones, de aquella que encierra todas las demás, y a la cual se llama precisamente Estado y asociación política” .
Para Aristóteles, el Estado procede siempre de la naturaleza, “lo mismo que las primeras asociaciones, cuyo fin último es aquél ”. De esta manera, el Estado está naturalmente sobre la familia y sobre cada individuo, porque el todo –en el filósofo griego- es necesariamente superior a la parte. Así justifica la necesidad ‘natural’ del Estado y su superioridad sobre el individuo.
Además, el Estado es considerado por Aristóteles como un agregado de elementos, en este caso, de ciudadanos. Y ciudadanos son aquellos que gozan “de las funciones de juez y de miembro de la asamblea pública” , lo que traducido a épocas actuales estaría señalando al ciudadano como aquél que hace uso de sus principios de sujeto pleno de derechos y libertades emanadas de la ley máxima. ¿No es uno realmente ciudadano –se pregunta el filósofo- sino en tanto que pueda entrar a participar del poder público?.
En tanto, y acercándonos en el tiempo, el alemán y jurisconsulto Georg Jellinek señala en su obra Teoría General del Estado que “existe Estado donde haya una comunidad con un poder originario y medios coactivos para dominar sobre sus miembros y sobre su territorio, con forma a un orden propio” .
Constituido por una población, un territorio y un poder real, el Estado “comprende la comunidad como a un poder de dominación”, y agrega: “El Estado es una unidad espacial y temporal, causal, formal y teleológica. Una unidad de asociación distinta a otras debido del máximo grado de intensidad, mayor número de fines constantes y a su organización por perfecta y comprensiva” .
Autolimitado por el derecho, el Estado se convierte en persona jurídica o corporación, posterior a su conformación por factores étnicos, bélicos, económicos o religiosos.
Tras esto y ante la existencia de convivencia social y de relaciones políticas, esta comunidad que interrelaciona mediante distintas actividades, entendida como comunidad política, se conforma definitivamente, según Jellinek, alrededor del Estado, que aglutina voluntades y construye, consolida y conserva el agregado humano.
Mediante justificaciones que relacionan al Estado con el contrato familiar en el derecho privado o como un acuerdo de voluntades o consentimientos entre pares, o bien como un pacto social a entender de Rouseau, Kant o Spinoza, el Estado se explica entonces como el ente rector que busca la construcción, consolidación y conservación de la comunidad política.
Así, ya desde la naturaleza –según la matriz intelectual de los pensadores de la antigua Grecia - ya desde la existencia de pactos racionales –según la escuela de la filosofía moderna-, los hombres, mediante el Estado, son arrastrados a la asociación política. Asociación política que se traduce como acción que se desarrolla en el marco de una comunidad política –es decir, el Estado- y entendida como una actividad humana destinada a doblegar voluntades mediante la búsqueda de consensos con el fin de acrecentar, crear y mantener el agregado humano.
A diferencia del marxismo, que considera la política como creación humana funcional a la opresión capitalista, desde el liberalismo –y más tarde desde corrientes afines al pensamiento evolutivo social- se la consideró siempre como una dimensión insoslayable e irrenunciable del hombre, pues a través de ella se ponen en juego las distintas concepciones del ser y su destino.
Opuesta obligatoriamente a una mera técnica administrativa, la política como acción de los hombres en su función original organiza la economía, controla y orienta los medios y condiciona las causas por donde irá el mundo de la vida.
Así, pues, se considera que la política contribuye a constituir el hombre como hombre, y que funciona, en toda sociedad, como una actividad reguladora y coordinadora para mantener la cohesión y la unidad. No sólo la política hace esto, pero sí tiene por fin específico la preservación de la unidad y la cohesión social. En tanto, la cohesión, la unión y la organización social dependen de lo político.
Entendida también como una actividad de contenido contingente y mutable, determinada por la inteligencia, la voluntad y las pasiones, proporciona a la sociedad estructura e instituciones, de acuerdo a necesidades materiales, morales e intelectuales, determinadas por tiempo y espacio.
Desde el pensamiento aristotélico, la meta de la política es el bien común y no puede ser concebida sin libertad, “por lo que la libertad procede al acontecimiento político para que ambos puedan ser tales” .
En ese sentido, en consideraciones más actuales se ha afirmado que la administración política consiste en el buen uso de las recursos comunes y en el buen juicio de los asuntos públicos “con la finalidad de acrecentar los espacios de libertad, la realización moral y el bienestar, como así también el incremento, clasificación y selección de las opciones sobre el destino de una comunidad” señala Hernan Neyra en su trabajo Lo público, lo privado y lo doméstico en el Capitalismo Tardío.
En síntesis, con lo expuesto más arriba estamos planteando la hipótesis de la imposibilidad de separación, en tanto análisis o interpretación, de Estado y política, pues, sus figuras –no clásicas, pero sí ideales- existen en tanto uno depende del otro y viceversa. Es decir, estamos frente a un Estado autónomo, regido por normas democráticas en la medida que la actividad política, rectora de las diferentes estructuras donde se posa la sociedad, exista plena de derechos y voluntades. Asimismo, frente a la inexistencia de Estado democrático y, por ende, de organización y ente rector en una sociedad, la actividad política como reguladora de las relaciones sociales sería imposible. O bien, lo que existiría en una situación dada así no sería o no representaría la figura, insistimos, ideal, tanto de Estado o política, sino una de sus tantas alteraciones realizadas a lo largo de la historia.
Ante esta primera idea de los principios generales que gobiernan la conformación del Estado y la política en términos ideales, ahondaremos a continuación en las figuras teóricas de la Razón Instrumental y del Capitalismo Tardío, con el fin último de relacionar estos principios con lo visto más arriba. De esta manera, se intentará, por último y tras la relación expresada anteriormente, encontrar puntos de encuentro con la realidad argentina durante la década del 90’ y lo aquí dicho.
LA RAZÓN INSTRUMENTAL Y EL CAPITALISMO TARDÍO
El análisis y las implicancias de la razón a lo largo de la historia del pensamiento filosófico podrían ocuparnos completamente nuestro trabajo. Por lo pronto, aquí intentaremos una aproximación de lo que en las sociedades modernas, y por inicio de Max Horkheimer, se dio en llamar Razón Instrumental.
Tematizada por Max Weber y cuestionada radicalmente tanto en la línea que recorre el pensamiento de Friedrich Nietzsche a Martin Heidegger – y que podría prolongarse en autores como Bataille, Foucault, Lyotard o Derrida – como en aquélla otra que va del Marqués de Sade a Adorno y Horkheimer , la Razón Instrumental comenzó a ser objeto de estudio debido al hecho de que el método de la técnica (guiado por la lógica de esta razón) avanzaba sobre la vida social, volviéndose ésta como un elemento más del dominio técnico, que ya dominaba el campo científico. Esta racionalidad no sólo impregnaba el pensamiento filosófico –logrando, de esta manera, el llamado objetivismo, cuya máxima expresión es el positivismo y su neutralidad valorativa- sino que comenzaba a dominar todos los ámbitos del desenvolvimiento social.
En ese sentido, Horkheimer expresa en “Crítica de la razón instrumental”:
“Liberada de connotaciones teológicas, la sentencia ‘sé razonable’ equivale a decir: observa las reglas, sin las cuales no pueden vivir ni el individuo ni el todo, no pienses sólo en cosas del momento. La razón se realiza a sí misma cuando niega su propia condición absoluta -razón con un sentido enfático- y se considera como mero instrumento. (...) La teoría debe hoy reflejar y expresar el proceso, la tendencia socialmente condicionada hacia el neopositivismo, hacia la instrumentalización del pensamiento, como asimismo los vanos intentos de salvación” .
La razón como mero instrumento fue tal cuando, a entender del pensador frankfurtiano, el pragmatismo, al intentar la conversión de la física en el prototipo de la ciencia y el modelamiento de todas las esferas de la vida espiritual según las técnicas del laboratorio, forma pareja con el industrialismo moderno, para el que la fábrica es el prototipo del existir humano y que modela todos los ámbitos culturales según el ejemplo de la producción en cadena sobre una cinta sin fin o según una organización oficinesca racionalizada .
Así, se consideraba que la preponderancia del método propio de la técnica por sobre las otras dimensiones del pensamiento acarrearía problemas no sólo de orden metodológico, sino que se estaba frente a un principio ideológico en el cual predominaba el eficientisismo y el objeto por sobre el sujeto. Y que esta exaltación de la racionalidad como instrumento –necesaria para la autoconservación del hombre- propendería a destruir los lazos sociales. Asimismo, esta razón abarcativa depreciaría el concepto más amplio de razón, al cual no se lo considera un mero instrumento para alcanzar fines, sino que es considerado una pauta de organización en relación al mundo.
En ese sentido, en “Crítica de la razón...” Horkheimer ensaya una historia de la razón que comienza por la diversificación entre la razón subjetiva y la razón objetiva.
En la razón subjetiva, ser racional significa saber discernir lo que es útil y saber adecuar ciertos medios para la consecución de fines:
“...el poder que, en última instancia, posibilita los actos razonables, es la capacidad de clasificación, de conclusión y deducción, sin reparar en qué consiste en cada caso el contenido específico, o sea el funcionamiento abstracto del mecanismo pensante. Esta especie de razón puede designarse como razón subjetiva. Ella tiene que habérselas esencialmente con medios y fines, con la adecuación de modos de procedimiento a fines que son más o menos aceptados y que presuntamente se sobreentienden. Poca importancia tiene para ella la cuestión de si los objetivos como tales son razonables o no. Si de todos modos se ocupa de fines, da por descontado que también éstos son racionales en un sentido subjetivo, es decir, que sirven a los intereses del sujeto con miras a su autoconservación, ya se trate de la autoconservación del individuo solo o de la comunidad, de cuya perdurabilidad depende la del individuo” .
En contraposición a ésta, expresa:
“Durante mucho tiempo predominó una visión de la razón diametralmente opuesta (a la subjetiva). Tal visión afirmaba la existencia de la razón como fuerza contenida no sólo en la conciencia individual, sino también en el mundo objetivo: en las relaciones entre los hombres y entre clases sociales, en instituciones sociales, en la naturaleza y sus manifestaciones. Ésta (la razón objetiva) aspiraba a desarrollar un sistema vasto o una jerarquía de todo lo que es, incluido el hombre y sus fines. El grado de racionalidad de la vida de un hombre podía determinarse conforme a su armonía con esa totalidad. La estructura objetiva de ésta -y no sólo el hombre y sus fines- debía servir de pauta para los pensamientos y las acciones individuales” .
Horkheimer señala que ambos aspectos –razón objetiva y razón subjetiva- estuvieron presentes en el devenir del tiempo, pero la subjetiva se fue imponiendo en los tiempos modernos, gracias a la avanzada del capitalismo industrial, en donde el interés individual fue abarcando no sólo el espacio reflexivo de la ciencia, sino el diario acontecer del mundo de la vida. De esta manera, la razón subjetiva –o instrumental- hegemoniza las áreas del pensamiento con el solo objetivo de servir a un fin y de esta manera, convertir al sujeto en objeto de su propia represión: "...razón subjetiva es aquella actitud de la conciencia que se adapta sin reservas a la alienación entre sujeto y objeto, al proceso social de cosificación por miedo de caer, en caso contrario, en la irresponsabilidad, la arbitrariedad y de convertirse en mero juego mental” .
La razón, al abandonar su autonomía y priorizar su concepción subjetiva por la objetiva, se ha convertido en instrumento y así, el papel que desempeña en el dominio sobre los hombres y la naturaleza se ha convertido en principio exclusivo. “Es como si el pensar se hubiese reducido al nivel de los procesos industriales sometiéndose a un plan exacto; dicho brevemente, como si se hubiese convertido en un componente fijo de la producción”, de tal manera que ahora el dominio sobre la naturaleza incluye el dominio sobre los hombres. Y todo sujeto, al someter a la naturaleza, internaliza el dominio dentro de sí.
Más tarde, Theodor Adorno hablará de razón identificante - razón que identifica el progreso económico técnico con el desarrollo humano de la libertad-. En ambos casos, se puede sintetizar el concepto en la idea de la razón como la herramienta intelectual e ideológica utilizada por el capitalismo en sus diferentes etapas para articular sus deseos y ambiciones con los deseos y ambiciones impuestos e impostados en la sociedad.
Unas de esas etapas del capitalismo en donde la razón instrumental es la herramienta para la consecución de los fines es la que se ha dado en llamar Capitalismo Tardío, la cual señala al capitalismo en su fase actual y se explica en la necesidad del mercado de introducir la regulación estatal para continuar su pervivencia
Según Jameson Fredrich, el capitalismo ha atravesados tres momentos fundamentales y cada uno de ellos ha significado una expansión dialéctica en relación con el período anterior. Estos tres momentos son el capitalismo de mercado, el estadio monopolista o del imperialismo y el momento actual, “al que erróneamente se denomina posindustrial, pero para el cual un nombre mejor podría ser el de capitalismo multinacional (...) el capitalismo tardío o multinacional, o de consumo constituye (...) la forma más pura de capital que haya surgido, produciendo una prodigiosa expansión de capital hacia zonas que no habían sido previamente convertidas en mercancías” .
El capitalismo tardío, es, como se expresó, el que organiza el mercado utilizando al Estado como un mecanismo más. De manera que, según esto, los beneficios son adjudicados al mercado y las pérdidas son asumidas por el Estado. “Por tanto, el Estado deviene en un mecanismo de equilibrio económico y social. Pero, las fluctuaciones y oscilaciones de la economía especulativa supondrá la existencia de una permanente y continua crisis” señala Blanca Muñoz, quien sigue a Jurgen Habermas en su Crisis de legitimación del Capitalismo Tardío. El mismo Habermas sitúa su concepto de crisis en la inestabilidad e ineficacia de este modo económico para asumir y aceptar sus contradicciones.
A modo de desarrollar una brevísima descripción de la etapa actual del sistema económico hegemónico, es dable resaltar que el capitalismo tardío –también llamado capitalismo de organización o capitalismo regulado por el Estado- es la fase que suplantó al llamado capitalismo liberal, en el cual el mercado no cumplió por sí solo las funciones de la socialización en el sentido de la integración social, ya que era el Estado quien aseguraba las premisas de la producción. “Ahora bien –señala Muñoz- la crisis económica surge cuando la cuota de ganancia y la valorización del capital decrecen. El sistema económico requiere imput en trabajo y capital transformados en valores consumibles. Para el modo de producción capitalista es atípica una crisis atribuida a insuficiencias de imput. (Por tanto) las perturbaciones del capitalismo liberal fueron crisis de output que trastornaron la distribución de valores canalizada en conformidad con el sistema por la vía del ciclo” .
De esta manera, a partir de la crisis en el llamado capitalismo liberal, es que se denomina al nuevo periodo como Capitalismo Tardío, cuyas características son, por un lado, la aparición del proceso de concentración de empresas (nacimiento de las corporaciones nacionales y multinacionales) y la organización de los mercados de bienes, de capitales y de métodos de trabajo. Asimismo, por otro lado, el Estado pasa a ser un mecanismo regulador del mercado e interviene en los crecientes desequilibrios del funcionamiento de éste. “El Capitalismo Tardío, pues, es el que necesita del Estado para organizar los desajustes creados por la lógica del beneficio de las enormes corporaciones industriales y financieras. Para Habermas, la difusión de estructuras oligopólicas de mercado significa, sin duda, el fin del capitalismo de competencia. Ese fin del capitalismo liberal está en la génesis de un conjunto de problemas derivados del crecimiento de ese reajuste y nueva fase del sistema” .
Nueva fase del sistema que vive en permanente crisis por, entre otros motivos y como se señaló más arriba, no aceptar las contradicciones que viven en él. Contradicciones motorizadas por el imperio de la llamada Racionalidad Instrumental. Racionalidad utilizada, en este nuevo periodo, como herramienta para imponer unos fines como dados bajo la implantación del método positivista en todos los órdenes de la vida.
A continuación, tras haber analizado brevemente las figuras ideales del Estado y la política y los principios teóricos de la Racionalidad Instrumental y del Capitalismo Tardío, intentaremos engarzar estos 4 elementos en relación a la Argentina de la década del 90’.
Así, oponiendo los roles originarios del Estado y la política a los que se llevaron a cabo en el tiempo y espacio citado, y analizando la injerencia de la racionalidad con respecto a fines y de la última fase del capitalismo actual, buscaremos aproximarnos a una explicación que, en parte, logre interpretar los cambios acaecidos como parte de un fenómeno mucho más amplio y abarcador que tuvo nuestro país como un escenario más de tantos.
EL ESTADO Y LA POLÍTICA, DESPUÉS
Como se expresó en la introducción del presente trabajo, durante los años 90’ se realizó, en Argentina, una de las más grandes transformaciones constitutivas en su historia, a través de la modificación de su estructura económica, que culminó también en la transformación de sus cimientos políticos y socio culturales.
A partir de esto, es como la figura del estado nación, que en nuestro país había pasado por los modelos del oligárquico/ terrateniente, agro exportador, pre desarrollista, paternalista/benefactor y totalitario, comienza a perfilarse de un modo que no necesariamente expresaba, como en las formas anteriores, alguna de las características de la sociedad en el momento en que se configuraba.
La preponderancia ganada, en forma insistente y continua, por el ente impersonal denominado Mercado, comenzó a socavar las bases tradicionales del aparato burocrático estatal y una nueva manera de entender la organización de la sociedad fue ganando espacio.
Así, con la invasión y preponderancia en la sociedad de las relaciones privadas corporativas económicas, el tamaño tanto simbólico como material del ente rector de la nación fue disminuyendo cada vez más, en franca oposición al proceso de acumulación e integración que realizaron, en el mismo periodo, las grandes corporaciones trasnacionales.
Mientras Aristóteles señalaba que “todo Estado tiene una tarea que llenar; y será el más grande el que mejor la desempeñe” , en Argentina, el tamaño, si por este medimos la importancia de su injerencia en la organización social y de su trabajo por la conservación del agregado humano, fue en desmedro cada vez más. El abandono implícito de sus funciones más básicas quedó al descubierto en los resquebrajados sistemas sanitarios y educativos. En tanto, el fin de las funciones secundarios de los Estados -creadas a mediados de los años 40’- que incluían generación de capitales propios para sostener sus funciones primarias queda demostrado en la cifra que señala que en los diez años de la década del 90’, en América Latina se vendieron aproximadamente 1.600 empresas públicas, por lo que los gobiernos recibieron a cambio 80.000 millones de dólares. Además, los estados redujeron o abolieron sus reglamentos e intervenciones en todos los sectores de la economía, pasando así de ser burocráticos y propietarios a estados recaudadores de impuestos como fin único.
Esto trajo aparejado el quiebre de los lazos sociales que cohesionaban a la sociedad y sus estructuras. El antiguo pensador griego sostenía que “la perfección para el Estado consistirá necesariamente en reunir una justa extensión y un número conveniente de ciudadanos” entendidos estos como el sujeto consciente de su condición de ser político, con plena autoridad para intervenir en el curso de las acciones que influyen en la vida diaria, tanto individual como social.
Sin embargo, tanto el Estado y como la política en tanto actividad reguladora de las relaciones sociales fueron reemplazadas por esta presencia omnisciente del Mercado como nuevo regulador.
Como lo explica Neyra , hoy en el Capitalismo Tardío, lo privado ya no se identifica con intereses domésticos, sino con intereses corporativos cuyo desarrollo y control tiene lugar mediante procesos automatizados. Esto repercute en la vida política y estatal y reestructura lo privado doméstico, de tal modo que, como señala Habermas, “a la sociedad tecnificada corresponde un Estado técnico, que suprime las formas tradicionales del poder político en aras de una administración total” .
Asimismo, continua Neyra, la mayor amenaza política a los regímenes democráticos contemporáneos no son las tiranías, sino el ejercicio de la política en el cual se coartan la diversidad de opciones bajo el pretexto de que las decisiones son fruto de opciones científicas o consecuencia de una ausencia de opción ligada al imperativo de adaptación a la técnica. Es decir, la Racionalidad Instrumental, en esta avanzada del aparato económico privado especulativo sobre lo público, invade el territorio de las decisiones políticas, impregnando de una esencia cientificista objetivista, con miras a fines sin importar los medios, una actividad que debiera regular el mundo de la vida. De esta manera “el único objetivo del Estado es buscar que lo público y lo privado doméstico sea funcional a la colonización del capital corporativo” .
Bajo el convencimiento de la carencia de opciones sobre las que la sociedad pueda discutir el modo de organizarse, el sistema democrático pasa a apoyarse ahora en la indiferencia social respecto de las opciones políticas que podrían “cuestionar el sometimiento de la vida pública a la funcionalidad exigida por la valorización del capital” .
Así, mientras en el primer apartado se observó cómo lo político es la toma de decisiones públicas que recaen sobre los mismos que participan en la constitución de la decisión, en la etapa del Capitalismo Tardío -regido por una razón técnica economicista, que en Argentina se constituyó con la única Razón posible- se elude lo político en el debate sobre las alternativas posibles como toma de decisión. Y esto es claro cuando la pregunta por posibles destinos alternativos a los que conducir a los hombres “es sustituida por la pregunta sobre el rendimiento de los medios para llegar a la valorización del capital, como si fuera el único destino posible” .
De manera tal, la actividad reguladora de lo social que era la política pasa a transformarse en un instrumento jurídico y adminsitrativo al servicio de las corporaciones trasnacionales económicas –que lograron su fase de mayor concentración y ganancias en la década pasada en nuestro país- en donde se observa claramente la extensión de la lógica instrumental o subjetiva por sobre los principios universalizantes de una razón que incluya el todo como fin y que sirva a los fines de armonizar las relaciones entre los individuos y su mundo social. Lo anterior, en clara contraposición a la función aristotélica de la política, en donde se afirma la irreductibilidad del dominio público al privado –“el gobierno de una polis es distinta del dominio de un señor” decía el filósofo griego-.
Así, la política se transforma en administración general del interés corporativo, cuando Rousseau ya hubo advertido claramente que hay diferencia entre gobernar una república a someter a un grupo de hombres. Intentando trasladar conceptos, repetiremos acá que es diferente –parafraseando a Rouseau- una actividad reguladora de lo social que busca conciliar y aproximar a los sujetos por sobre los objetos, a otra que ha tomado su mismo nombre pero cuyo fin es, en definitiva, el dominio de la naturaleza sin advertir que en ese dominio también quedan sujetos los mismos hombres.
Frente a lo anterior, es importante destacar, pese a que se ha dicho anteriormente, que la administración política consiste en el buen uso de las recursos comunes y en el buen juicio de los asuntos públicos con la finalidad de acrecentar los espacios de libertad, la realización moral y el bienestar, como así también el incremento, clasificación y selección de las opciones sobre el destino de una comunidad. No obstante, en el marco socio histórico dado por el Capitalismo Tardío, el Estado, ente que se convierte en un feudo recaudador de impuestos y deja de lado su función de motor de la actividad política, sólo asume como tarea principal que la persona modifique sus costumbre para que se adapte a la evolución de los medios técnicos que el capital privado corporativo exige .
De esta manera, desde toda institución estatal se considera al debate público como totalmente vano. A decir de Carlos Kohn , queda eliminada ('neutralizada') toda posibilidad de disenso -elemento fundamental del pluralismo democrático- en aras de la consecución de un consenso rutinario y acrítico, 'necesario' para mantener la gobernabilidad de la democracia formal.
Por tanto, la sociedad pareciera ser autoregulada por mecanismos invisibles devenidos del omnipresente Mercado, que de hecho excluyen el ejercicio de la política como parte constituyente de los ciudadanos, obviando que estos son tal en la medida que ejercen sus principios plenos de derecho.
Mientras, la deliberación sobre asuntos públicos “es sustituida por la negociación entre grupos; es decir, por la competencia 'libre' entre actores colectivos, la cual es desigual debido a una distribución de los recursos regulada por los imperativos del mercado” , lo que en palabras de Habermas se traduce en pérdida de la autodeterminación política y de la libertad civil, en vista de las avanzadas estructuras del Capitalismo Tardío .
Así, privilegiando la relación del hombre con las cosas por sobre las relaciones históricas –lo que de algún modo es la materialización más clara del triunfo de la razón subjetiva por sobre la objetiva- el Mercado pasa a ser único espacio que regula lo social desde el eficienticismo rentista –y el devenir económico argentino así lo demuestra-, mientras que para el Estado queda, como función inexorable, el uso legal de la fuerza para contener por otro métodos los desvaríos sociales producidos por el rompimiento de sus límites. Límites puestos, anteriormente, a través del ejercicio de la actividad política como reguladora de la cohesión social. Ésta, con el avance de un individualismo exarcevado –caracterizado por un consumo masivo de imágenes y objetos que suponen un dominio que se vuelve en contra de los mismos sujetos que consumen- desapareció produciendo un sinfín de fragmentos difíciles de identificar y, por tanto, de formar lo que en la polis griega se dio en llamar comunidad política.
Habermas sostiene que la crisis afecta a toda la sociedad debido al desplazamiento de la crisis económica al sistema o subsistema político. Este desplazamiento se da “por la lógica consecuencia de la imposibilidad de solucionar la crisis económica con medios de carácter económico ya que no es posible transformar el sistema de apropiación privada del beneficio. De aquí su reenvío hacia lo político” .
De esta manera, en la Argentina de la década del 90’, Estado y Política en sus acepciones vistas al comienzo, son reemplazados en sus funciones originales por Mercado y Economía, cuyas lógicas -que incluyen fragmentaciones reduccionistas y mecanicistas y determinismos que conllevan una visión absoluta de la realidad- fueron desplazadas hacia todo el mundo social, que se vio gobernado por principios que nada tienen que ver con la idea de razón que implicaba la comprensión y la determinación de los fines en función de parámetros que buscaban la armonización social. Así pues, la mera regulación de la relación entre medios y fines es la racionalidad gobernante y única posible en esta etapa de Capitalismo Tardío. Etapa que precisó del Estado no sólo por su figura de poseedor de la violencia legítima, sino también de su intervención para que mediante leyes emanadas desde el poder político, se alcanzara un equilibrio racional en términos economicistas especulativos.
En ese sentido, Argentina es una muestra cabal de la necesidad, en la actual etapa, de la intervención estatal para intentar superar sus contradicciones internas. De igual manera a como se expresó más arriba, pese a esta intervención en busca de un equilibro ficticio, los logros son siempre del aparato económico corporativo, en tanto las pérdidas son compartidas desde el Estado hacia los fragmentos que antes constituían una sociedad cohesionada y regulada alrededor de la actividad política. Actividad que hoy, junto al Estado, han quedado relegados en sus funciones, roles y fines por la supuesta impersonalidad y efectividad de un ente de accionar metodológico puramente técnico que comparte sus pérdidas, pero nunca sus ganancias
BIBILOGRAFÍA GENARAL UTILIZADA
Arisóteles. La política. Ed. Aguilar. Madrid 1973.
Habermas, Jurgen. Problemas de legitimación en el capitalismo tardío. Edit. Amorrortu, Buenos Aires. 1975.
Habermas, Jurgen. Teoría y praxis. Editorial Technos. Madrid 1990.¿
Horkheimer, Max: Crítica de la razón instrumental. Buenos Aires, Sur, 1969.
Jellinek, Georg. Teoría general del Estado. México. Fondo de Cultura Económica. 2000.
Mandel, Ernest. El capitalismo tardío. Ed. Era. México. 1979.
Neyra, Hernán. Lo público, lo privado y lo doméstico en el Capitalismo Tardío. Cuadernos salmantinos de filosofía. Universidad de Salamanca. Salamanca. Volumen XXV. 1998.
Ortiz, Gustavo. Hacia una racionalidad social procedimental. La Racionalidad esquiva. Sobre tareas de la Filosofía y la Teoría Social en América Latina. Ediciones del CEA, UNC. Córdoba. 2000.
Fredrich, Jameson. La posmodenidad o la lógica del capitalismo avanzado. Buenos Aires: Paidós, 1992. Pag. 68.
Muñoz, Blanca. Teoría de la crisis en Habermas / Offe. Universidad Carlos III de Madrid. España. 2000.
Kohn, Carlos. John Rawls, una teoría de la Justicia. Universidad Central de Venezuela (UCV). 20º Congreso Mundial de Filosofía celebrado en Boston.
Guido P. Galafassi. Razón instrumental, dominación de la naturaleza y modernidad: la Teoría Crítica de Max Horkheimer y Theodor Adorno. Universidad Nacional de Quilmes y Buenos Aires, 2000. Argentina.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)