viernes, 15 de mayo de 2009

MALVINA Y HECTOR TOSCO

Los hijos de la rebeldía

Los gestos, las palabras, las miradas y los gringos de Coronel Moldes. Todo vive en ellos.
Malvina y Héctor Tosco y el recuerdo, a 40 años del Cordobazo, de Agustín, el líder político y sindical más respetado y admirado de la Córdoba del Siglo XX.

Cuando mayo se acerque a su final inevitable, se cumplirán exactas 4 décadas de la última y más grande revuelta popular que registre Córdoba y Argentina: el Cordobazo. Revuelta en la que se abrazaron, como nunca antes ni nunca después, los trabajadores y los estudiantes de aquella urbe que hervía por el cambio.
Revuelta que puso en jaque, como nunca antes y ni nunca después, a un dictador de figuritas, que amenazaba quedarse en el poder 40 años y no llegó ni a los 4.
Revuelta en donde el pueblo todo fue protagonista, pero que tuvo un líder indiscutible, intachable, referente ineludible del compromiso político y de la decencia como parte de sus convicciones más profundas y radicalizadas. Agustín Tosco, el gringo de Coronel Moldes, el Secretario General de Luz y Fuerza, el valor político e intelectual hecho dirigente sindical. Agustín Tosco. El hijo del pueblo.

A 40 años de aquella gesta de sesgo libertario y emancipador que alcanzó trascendencia internacional, Malvina y Héctor Tosco, aquellos pequeños hijos de la rebeldía, hoy mujer y hombre del apellido más valeroso que hay que ver, recuerdan al gran hombre que fue parte de todos los hombres y mujeres de la Córdoba rebelde.

HIJOS DE LA HISTORIA
Cruzar la historia a la vuelta de la esquina no es sencillo. Cuando uno la busca, la historia se ha escapado hace años, sin dejarse ver ni tocar y a uno no le queda más que deducir sobre ella. Pero sí es posible, en ciertas ocasiones, chocarse de frente con los hijos de la historia y reconocer en ellos los rasgos de aquel pasado.
Malvina y Héctor Tosco se llevan entre sí sólo 3 años y ambos viven la cuarta década de vida, la misma de Agustín al momento de su muerte. Esa proximidad permite encontrar en ellos, sus hijos, los rasgos físicos del gran líder obrero, que también se repite en sus nietos, gringos como el abuelo.

“Lo respetan mucho. Él está instalado en la gente” dice Malvina hablando de su padre, y agrega: “Y los más viejos lloran”, se sincera. Que los viejos, cuando la cruzan, lloran por el recuerdo de aquel gran hombre. Y marca una raya, una línea: Tosco fue un líder sindical, de lecturas y espíritu revolucionario, un gringo fuerte que parecía imbatible como orador y luchador. Pero Tosco, hay que decirlo, hace llorar. Aún hoy.

“Es una situación muy difícil cuando alguien ser acuerda de él al frente mío y llora, yo nos sé qué hacer, cómo contener sus lágrimas. Y yo tengo que explicar que soy sólo la hija, que el mérito era de él, que yo sólo tengo el honor de su hija”. El honor. No es poco.
En Héctor, el cruce de recuerdos es más fuerte. Tiene un año menos que su padre cuando éste falleció y es ahora cuando ambas vidas se cruzan más: “Me paran los viejos y se dan cuenta enseguida que soy el hijo de Tosco. Tengo 44 años, y mi papá tenía 45 cuando se muere, por eso el parecido es más ahora”, dice. Y también siente honor de ciertas similitudes.

Malvina es periodista, pero nunca ejerció. Desde hace años es empleada en la Municipalidad de Córdoba. Y gusta de cultivar perfil bajo. Después tendrá explicaciones. Héctor, por designio familiar o lo que fuese, trabaja en Epec desde que volvió la democracia. En algún punto, recuperó el espacio que a su padre le robaron, justamente, por la ausencia de democracia, aún bajo una democracia formal. “Dentro de la empresa –reconoce- he vivido cosas muy interesantes. Cuando entré estaban todos sus ex compañeros, que me trasladaron muchísimo afecto. Eran muy afectuosos, siempre alguien se acercaba y me contaba historias de mi papá, siempre”.

Los recuerdos. Que a veces hacen bien.

EL CORDOBAZO EN SUS HIJOS
Héctor y Malvina, nacidos en 1964 y 1961 respectivamente, siempre fueron niños para Agustín. Pero de algún modo u otro, ante la ausencia del padre, tuvieron que apurar ciertos trámites. Y crecer sin él, bajo el ala guardián de la madre que aguantó estoica y orgullosa el rol que el padre de sus hijos había asumido.
Los niños, decíamos, debieron apurar los trámites de la infancia. Y allí es donde se entrecruzan recuerdos que los infantes de entonces difícilmente guarden. Se entiende, no todos tenían un padre liderando una gesta libertaria: “Las personas protestaban por la libertad, no sólo por mejores salarios –intenta explicar Malvina sobre lo ocurrido en 1969- El motivo era más profundo y más amplio, y se desbordó. La revuelta popular se produce por sí misma, pero Tosco era una persona pacifica, no era violenta. Si escuchás sus discursos, no ves que él incite a la violencia, pero sí busca trasformaciones”, sigue, e insiste: “Yo tengo todos esos recuerdos. Tengo la imagen de mi madre muy preocupada, de no saber a dónde estaba él cuando pasó todo, pero estábamos muy contenidos por ella, ella nos explicaba lo que él hacía, y a pesar de todo el sufrimiento, ella compartía todos los anhelos que él tenía”.

“Es muy enigmático –dice Héctor- Yo tenía casi 5, pero me acuerdo, me acuerdo. Son imágenes; me acuerdo del nerviosismo adentro de mi casa, me acuerdo de un vecino que trabajaba en Fiat y que tenía conmigo una afinidad especial por su relación con mi papá. Y el día del Cordobazo este vecino me llevó a la Ruta 20, por donde había pasado la gente de la IME. Habían saqueado el BIBA –Banco del Interior y Buenos Aires-, que estaba al frente de la panadería Corradini. La gente había ingresado en el banco, había sacado todo a la calle y con la leña de la panadería habían prendido fuego todo, era una barricada gigantesca. Aún hoy siento como si anduviera por ahí”, explica Héctor.

Los recuerdos. Recuerdos de llamas. Y un infierno que, sin saber ni presumir, vendría después.

LA ÚLTIMA VEZ
Después del Cordobazo, con Agustín perseguido y encarcelado en forma permanente, comenzaron los viajes por el país, visitando las cárceles donde el poder llevara al lider de Luz y Fuerza para esconderlo del pueblo. Del pueblo que lo había hecho su hijo. La Pampa, el traslado a Trelew, la imposibilidad de acceder a verlo, los regalos frustrados para el Día del Padre que nunca llegaron, los trajes azules de los presos, aquel colectivo lleno de gente que viajaba hacia el Sur para ver a sus mártires, muchos de ellos fusilados poco tiempo después. Los recuerdos. Los recuerdos que a veces hacen mal.

_Héctor, ¿te sentías un niño con problemas por la situación de tu padre o seguías jugando como uno más?
H_ No, no, yo era el hijo de Robin Hood… Yo no tenía tanto miedo porque mi mamá me aclaraba todo.
M_ Yo tenía tres años más que él, y la diferencia en ese momento era grande. Nos diferencia, diría la presidenta, la cuestión de género. Y yo, quizás, era un poco más fría que él. Para mí siempre mi papá estaba en peligro, lo que suponía que podía pasarle algo. Siempre estaba preparada para eso, un poco por lo que nos decía mi madre, y otro porque fui a La Pampa, a Trelew, a Devoto, lo vi preso, vi cómo estaba y en qué condiciones. Mi madre me dijo en muchas oportunidades: “Al papá lo pueden matar”. Emocionalmente siento que estaba más preparada para lo que pasó. Aún así, si él no hubiera fallecido por enfermedad antes de la Dictadura, lo habrían matado después, porque él no quería irse del país. El quería continuar en su proyecto de país, no era sólo un representante de los trabajadores, él tenía un proyecto de país que vislumbraba para todos. Yo lo veía como un luchador, un luchador con convicciones, como un hombre que enfrenta lo que le pasa en pos de lo que desea tener. Que no arruga.
H_ A veces, sus compañeros del gremio me iban a buscar a la escuela y me pasaba toda la tarde con él en el gremio. El siempre estaba cuidado por sus compañeros, pero no era la figura del sindicalista con los guardaespaldas. Yo andaba metido en ese lío…
M_ Recuerdo las miles de recomendaciones de mamá cuando Héctor se iba con él, porque al final estaban los dos en peligro. En varias oportunidades ella se opuso a que Héctor fuera.
H_ La más triste es la última que se opone mi mamá. A mi papá no lo vimos por casi dos años antes de que muriera porque lo despiden del trabajo y Caballero, el interventor, lo empieza a perseguir para matarlo, y pasa a la clandestinidad. Lo dejamos de ver por un tiempo. Y mi abuelo materno era sereno de un boliche de Carlos Paz, Cartoon se llamaba, y una vez nos llegó un papelito que decía que mi papá nos quería ver ahí una noche. Había armado una logística para poder encontrarnos. Y mi mamá dijo que no, que no podíamos ir, que era muy peligroso. Dijo que no. Y después se muere.

Héctor es el hijo, aún, de Robin Hood. Héctor es, a veces, el niño que todos solemos volver a ser. Y que sueña con su padre haciendo justicia. Justicia.

M_ Pero tuvo que ser así. Nos podría haber pasado algo…

Los recuerdos. Los recuerdos.

H_ La muerte de mi papá me costó mucho asumirla, incluso hasta ahora. Me imagino un árbol al que le quiebran una rama y que ahí se le forma un nudo. El árbol soy yo, y donde falta la rama es la muerte de mi viejo. Yo me emociono cuando hablo de él y no lo puedo controlar. Para mi era una mentira que se hubiera muerto, siempre creí que iba a volver. Y después empecé a leer sus libros de la juventud y uno empieza a entender por qué fue cómo fue. Leyó José Ingenieros, Sócrates. El no fue un líder nato, él se construyó, su tiempo no lo malgastó. Y terminó siendo el líder que fue. Y el ideal de justicia lo tuvo desde chico, siempre armando equipos de personas, buscando la unidad. Conocerlo desde ahí me emociona más. Y me enorgullece. Él entregó todo. Nos entregó a nosotros. Me enorgullece mucho llevar su sangre.



SER TOSCO DESPUÉS DE TOSCO
“Para mí, mi padre fue mi padre, no es tan complicado –explica Malvina- Y mis hijos saben que su abuelo murió joven, que se murió porque no pudo ser atendido, que posiblemente pudiera estar vivo porque somos una familia muy longeva. Los chicos lo viven como una especie de héroe social. Ellos estudian el Cordobazo en la Escuela y Tosco no está ten lejos. Lo viven con orgullo” asegura, y agrega un dato: “Hoy mi hijo forma parte del Centro de Estudiantes del colegio. La directora –dice riendo- está un poco preocupada…”.

“Mis hijos –dice el varón-, por el apellido, tienen reconocimiento bastante seguido. Mi hijo más grande se llama Agustín, es arquero de fútbol y anda con la camiseta con el apellido en la espalda. En el 2005 fue el 30 aniversario de la muerte de mi papá, y en uno de los homenajes, leyendo una carta que me había mandado mi papá para mi cumpleaños, se largó a llorar. Tenía 10 años. Leyó la carta y estalló. Ellos hablan de su abuelo como si lo hubieran vivido”.

_ ¿No hay peso del apellido?
H_ No, nuestros hijos son más libres que nosotros. Por ahí uno hace cosas pensando en conservar su nombre, y quizás eso esté mal. Nuestros hijos en eso son más libres.
M_ En la Municipalidad, por llevar el mismo apellido, imaginaron que yo podría hacer lo mismo que hizo él. Y no, porque yo tengo toda la historia, que hoy la cuento con orgullo, pero que en su momento no fue así, tiene un dejo de tristeza, de dolor, de pena, de cosas que nunca pudimos hacer con él. El murió y vemos que a nivel político, en todos los estratos, las cosas están peores. Yo tomé otra postura, que es la de no intervenir. Algún día decidiré lo contrario. Pero sí les tuve que decir a algunos compañeros que yo los apoyaba, pero no conmigo primera. El puso todo de sí para otros, él fue el primero. Yo en cambio les digo que acompaño. Ahí sentí la carga del apellido. Todo el mundo me dice que qué raro que ni yo ni mi hermano estemos en el sindicalismo. Yo prioricé mi familia, mis hijos. Ni siquiera busqué ejercer el periodismo.
H_ La gente espera que ‘de tal palo tal astilla’. Y no es así. Mi papá tuvo dos ejes en su acción: las dictaduras militares y la burocracia sindical. Y ésta sigue hoy, están los ‘gordos’. Seguirlo a mi papá no es ser sindicalista, es vivir contra la burocracia sindical, lo que es muy complejo, porque el enemigo no se define claramente, los ‘gordos’ se confabularon con la Dictadura y en cambio ahora, hasta para mi viejo sería más complejo. En los gremios hay mucha gente que trabaja por el bienestar de todos, buscando lograr cosas para todos, y están mezclados con los otros. A mi me ocurre que muchas personas que lo reconocen están en espacios diferentes. Me han buscado para que esté en uno u otro espacio, y sé que si elijo me enfrento y me cuesta mucho. El liderazgo de él fue desde muy joven y no cualquiera está dispuesto a dar tanto esfuerzo. Yo en el trabajo he buscado bajar un mensaje unificador, ‘usando’ a mi viejo en ese sentido. He participado, y siempre al momento de concretar, aún con la ganas, sabía que si me metía en un lugar, quebraba otro. No sé si está bien, posiblemente haya otros caminos, pero es muy complejo, siento que se ponen en riesgo muchas cosas. Muchos me han dicho que no, que Agustín es Agustín y que yo soy yo. Pero no está tan separado. Eso me limitó.

_ Uno de los valores que se destaca de Tosco es que además de su militancia, seguía trabajando en sus tareas habituales. Y pensaba que ese valor, tan loable, para los hijos no debe ser tal, ya que ese tiempo era el que uno supone para los hijos ¿No hay reclamos por eso?
M_ Desde mi corazón de hija, sí, y ese debe ser uno de los motivos por lo cual no intervengo. Mi papá, en los momentos en que estaba conmigo, era muy cariñoso. Tengo sus imágenes de cuando se levantaba y hacía gimnasia al lado de la cama, escribiendo en su máquina, a la noche tratando de encontrar radios de Cuba en una radio a válvulas. Pero por otro lado, para mi es tan importante lo que hizo que lo personal pasa a ser menor. Y también fue muy valioso el rol de mi madre, no tuvimos traumas ni cosas inconclusas gracias a ella. Yo no tengo reclamos.
H_ La parte más importante es el sacrificio de él, no hay lugar para reclamar. Entre las cosas que entregó, hasta su propia vida, entregó la posibilidad de una familia, pero no se lo puedo reclamar. No hay lugar.

Las horas pasan como años y los recuerdos se acumulan ahí donde ya no queda lugar. “De la enfermedad de mi papá -dicen, en voz baja- nos fuimos enterando a través de mensajes, sabíamos que estaba mal, hasta que un día llegó la noticia”. Si hubo lágrimas, no lo sabremos. Hay recuerdos. Que hieren. Que agrandan al hijo del pueblo. Recuerdos. De aquél silencio de sepelio en Redes Cordobesas, de las multitudes llevando a su hijo más digno al último descanso, de la balacera en la necrópolis de Alberdi. La demostración de afecto más grande que haya vivido Córdoba. Y la más torpe cuando los asesinos se cruzaron en aquel momento final. Los recuerdos claros de aquél día borroso siguen siendo zumbados como moscas por las balas de un Estado asesino. Que de tan idiota, no supo que con ese final, el hijo del pueblo fue aún más hijo. Más pueblo.

EL PADRE COMO EJEMPLO
Cuando a fines de mayo la campana del calendario denuncie las 4 décadas pasadas, la revisión histórica en toda Córdoba y Argentina será inevitable. En unos días más, todos escucharemos hablar de aquella gesta y, muy posiblemente, de su proyección hasta nuestros días para dar como saldo el despreciable resultado de que aquellos hombres y mujeres, y aún más, las ideas que movían a aquellos hombres y mujeres, ya no están. O que, al menos, son minoría.

No obstante, mientras para dos personas de esta ciudad, Agustín Tosco, el gran líder rebelde de la Córdoba en el olvido, es “papá”, para millones, incluidos ellos dos, es el ejemplo inclaudicable que no se olvidará. Por los recuerdos que a veces hacen bien.RECUADRO
“Hay imágenes –recuerda Héctor- de cuando intervienen el gremio en el 74’ en las que entra Caballero a la sede de Luz y Fuerza, a las oficinas en donde trabajaba mi papá, y empiezan a mostrar que encontraban armas de guerra en los cajones. Y este tipo le decía a la cámaras: “Este el escritorio del Secretario General”, y saca unas granada. Yo jugaba ahí, de chico jugaba ahí y no podía creer lo que decían. Yo fui testigo de que todo era mentira; ahora me da risa, era tan ridículo lo que hacían. ¿Para qué iba a tener una granada de mano en el escritorio? Fuimos conducidos por gente tan torpe, tan bruta”.

RECUADRO
“Me molesta –dice Malvina- que rescaten entre los valores de Tosco el hecho de que fue honesto. Es un valor, pero debería ser el de todos. ¿Qué nos pasa como sociedad si decimos que Tosco fue un sindicalista honesto? Lo fue, pero todos debemos serlo. Y él, además de ser honesto, tenía una idea de país y luchaba por esa idea. Un país que pudiera decidir su propio futuro. El luchaba por los trabajadores de las manos callosas. Su mameluco es como una bandera”.

3 comentarios:

Rubén A Ferraro dijo...

Que haces Juan, la verdad muy nota e interesante saber que piensan y como vivieron esos años los hijos de Tosco. Mientras leía la entrevista era imposible no pensar, que si viviera tosco en estos días que seria de su vida o que pensaría de los actúalas gremialistas, simplemente algo utopico, pero compartirlo nada más suerte espero que estés bien. PD: muy bueno encontrarte por este medio (Colo)

Anónimo dijo...

Gracias por el recuerdo de ese gran hombre.

Anónimo dijo...

Agustin Tosco, grande como pocos. Limpio, honesto, "INSOBORNABLE", como bien lo sabía policía de Córdoba. Creo que Tosco es un luchador social de estatura mundial. Yo no lo conocí personalmente pero como me habría alegrado el alma conocerlo. Un verdadero representante de la clase obrera.Lamentablemente, hoy los trabajadores del mundo nos hemos dejado absorver y envolver por el maldito sistema neoliberal que destruye las culturas de los pueblos y desclaza a gente volviendonos individualistas alejandonos absolutamente de lo colectivo.
Gerardo, Chile.