viernes, 27 de julio de 2007

El Estado y la Política, entre el Capitalismo Tardío y la Razón Instrumental.

El Estado y la Política, entre el Capitalismo Tardío y la Razón Instrumental.
El caso argentino en los 90’.

INTRODUCCIÓN
La modificación de la estructura económica argentina, llevada a cabo durante la década del 90’, trajo consigo la rearticulación de las estructuras culturales y políticas y, por lo tanto, el reacomodo social a tales movimientos, vividos internamente en Argentina, como así también en gran parte del mundo occidental.
Diversos fenómenos acontecidos en el globo se sumaron a una época de transformaciones radicales realizadas por el poder, lo que configuró, en Argentina, un nuevo modo de entender el Estado, la política y, consiguientemente, a la sociedad en su conjunto.
Estos nuevos modos de interpretación de la función del Estado y del rol social de la actividad política estuvieron signados por una fuerte impronta desde el discurso hegemónico de entonces. Éste (articulado bajo los preceptos del llamado ‘Capitalismo tardío’, etapa explicada por Ernest Mandel en El capitalismo tardío y que después profundizara Jurgen Habermas en Problemas de legitimación del capitalismo tardío ) y los principios de la Razón Instrumental (concepto y significado acuñado, en su acepción moderna, en pensamientos y corrientes histórico filosófico evolutivo a partir de la invasión de la industria cultural, cuyo mayor exponente crítico fue Max Horkheimer -) supo instalar una nueva imagen del aparato estatal, distanciado del paternalista o benefactor, según la épocas y miradas particulares, propio de décadas pasadas. Y a partir del nuevo rol de éste, la política como trabajo regulador de las actividades sociales también se vio modificada y resguardada, en su eficacia práctica, a ciertos ámbitos particulares y privados. Ambas transformaciones, con matices pero de creciente uniformidad en diferentes regiones geográficas y culturales, estuvieran signadas –como se dijo- en primera instancia por los principios fundamentales del Capitalismo Tardío -como la última instancia del actual proceso de producción, especulación y acumulación- y de la Razón Instrumental -entendida como la capacidad humana para calcular medios en función de unos fines que se entienden como dados-.
En ambos casos, el cambio estuvo marcado por una característica común: el debilitamiento y reducción del rol social actual tanto del Estado como de la Política, en referencia al que jugaron históricamente desde la aparición de los estados nación y la diplomacia obtuvo mayor legitimidad y legalidad que las contiendas bélicas.

De esta forma, lo que aquí se buscará desentrañar es cómo influyeron los principios teóricos del Capitalismo Tardío -como instancia superadora de la Democracia Liberal- y la Razón Instrumental -como herramienta del discurso hegemónico- en la conformación de la actividad política y el Estado argentino durante la década del ‘90.
Así, buscaremos analizar las formas adoptadas por el aparato estatal y la política en la Argentina, intentando encontrar en nuestro análisis la redefinición y conformación de ambos objetos de análisis. Y así interpretar cómo estos, junto al discurso hegemónico de entonces que los sostuvo en la legitimación social, formaron la triada que significó y determinó el mundo de la vida en la década del 90’ en nuestro país.

EL ESTADO Y LA POLÍTICA, ANTES
No es nuestra intención, en este apartado, reconstruir un continnun de las disímiles figuras del Estado y de la actividad política (o de la política, sin más) a lo largo de la historia. No obstante, intentaremos retomar principios generales ideales que sirvieron a la creación de los estados modernos y de la política como la actividad reguladora de las relaciones sociales.

Quien primero se encargó de analizar y buscar una estructura de identidad al Estado como ente regulador de la vida institucional fue Aristóteles. La Política, una de sus principales obras, es un gran tratado sobre la creación, necesidad y formas del Estado.
Si bien algunos principios pueden considerarse perimidos por el tiempo pasado y por las transformaciones que han superado teóricamente al planteo del filósofo griego, varias de sus ideas permiten entender el rol y la función del Estado desde el momento de su génesis.
En el Capítulo 1 del Libro Primero comienza señalando:

“Todo Estado es, evidentemente, una asociación, y toda asociación no se forma sino en vista de algún bien, puesto que los hombres, cualesquiera que ellos sean, nunca hacen nada sino en vista de lo que les parece bueno. Es claro, por tanto, que todas las asociaciones tienden a un bien de cierta especie, y que el más importante de todos los bienes debe ser el objeto de la más importante de las asociaciones, de aquella que encierra todas las demás, y a la cual se llama precisamente Estado y asociación política” .

Para Aristóteles, el Estado procede siempre de la naturaleza, “lo mismo que las primeras asociaciones, cuyo fin último es aquél ”. De esta manera, el Estado está naturalmente sobre la familia y sobre cada individuo, porque el todo –en el filósofo griego- es necesariamente superior a la parte. Así justifica la necesidad ‘natural’ del Estado y su superioridad sobre el individuo.
Además, el Estado es considerado por Aristóteles como un agregado de elementos, en este caso, de ciudadanos. Y ciudadanos son aquellos que gozan “de las funciones de juez y de miembro de la asamblea pública” , lo que traducido a épocas actuales estaría señalando al ciudadano como aquél que hace uso de sus principios de sujeto pleno de derechos y libertades emanadas de la ley máxima. ¿No es uno realmente ciudadano –se pregunta el filósofo- sino en tanto que pueda entrar a participar del poder público?.

En tanto, y acercándonos en el tiempo, el alemán y jurisconsulto Georg Jellinek señala en su obra Teoría General del Estado que “existe Estado donde haya una comunidad con un poder originario y medios coactivos para dominar sobre sus miembros y sobre su territorio, con forma a un orden propio” .
Constituido por una población, un territorio y un poder real, el Estado “comprende la comunidad como a un poder de dominación”, y agrega: “El Estado es una unidad espacial y temporal, causal, formal y teleológica. Una unidad de asociación distinta a otras debido del máximo grado de intensidad, mayor número de fines constantes y a su organización por perfecta y comprensiva” .
Autolimitado por el derecho, el Estado se convierte en persona jurídica o corporación, posterior a su conformación por factores étnicos, bélicos, económicos o religiosos.
Tras esto y ante la existencia de convivencia social y de relaciones políticas, esta comunidad que interrelaciona mediante distintas actividades, entendida como comunidad política, se conforma definitivamente, según Jellinek, alrededor del Estado, que aglutina voluntades y construye, consolida y conserva el agregado humano.
Mediante justificaciones que relacionan al Estado con el contrato familiar en el derecho privado o como un acuerdo de voluntades o consentimientos entre pares, o bien como un pacto social a entender de Rouseau, Kant o Spinoza, el Estado se explica entonces como el ente rector que busca la construcción, consolidación y conservación de la comunidad política.

Así, ya desde la naturaleza –según la matriz intelectual de los pensadores de la antigua Grecia - ya desde la existencia de pactos racionales –según la escuela de la filosofía moderna-, los hombres, mediante el Estado, son arrastrados a la asociación política. Asociación política que se traduce como acción que se desarrolla en el marco de una comunidad política –es decir, el Estado- y entendida como una actividad humana destinada a doblegar voluntades mediante la búsqueda de consensos con el fin de acrecentar, crear y mantener el agregado humano.
A diferencia del marxismo, que considera la política como creación humana funcional a la opresión capitalista, desde el liberalismo –y más tarde desde corrientes afines al pensamiento evolutivo social- se la consideró siempre como una dimensión insoslayable e irrenunciable del hombre, pues a través de ella se ponen en juego las distintas concepciones del ser y su destino.
Opuesta obligatoriamente a una mera técnica administrativa, la política como acción de los hombres en su función original organiza la economía, controla y orienta los medios y condiciona las causas por donde irá el mundo de la vida.
Así, pues, se considera que la política contribuye a constituir el hombre como hombre, y que funciona, en toda sociedad, como una actividad reguladora y coordinadora para mantener la cohesión y la unidad. No sólo la política hace esto, pero sí tiene por fin específico la preservación de la unidad y la cohesión social. En tanto, la cohesión, la unión y la organización social dependen de lo político.
Entendida también como una actividad de contenido contingente y mutable, determinada por la inteligencia, la voluntad y las pasiones, proporciona a la sociedad estructura e instituciones, de acuerdo a necesidades materiales, morales e intelectuales, determinadas por tiempo y espacio.
Desde el pensamiento aristotélico, la meta de la política es el bien común y no puede ser concebida sin libertad, “por lo que la libertad procede al acontecimiento político para que ambos puedan ser tales” .
En ese sentido, en consideraciones más actuales se ha afirmado que la administración política consiste en el buen uso de las recursos comunes y en el buen juicio de los asuntos públicos “con la finalidad de acrecentar los espacios de libertad, la realización moral y el bienestar, como así también el incremento, clasificación y selección de las opciones sobre el destino de una comunidad” señala Hernan Neyra en su trabajo Lo público, lo privado y lo doméstico en el Capitalismo Tardío.

En síntesis, con lo expuesto más arriba estamos planteando la hipótesis de la imposibilidad de separación, en tanto análisis o interpretación, de Estado y política, pues, sus figuras –no clásicas, pero sí ideales- existen en tanto uno depende del otro y viceversa. Es decir, estamos frente a un Estado autónomo, regido por normas democráticas en la medida que la actividad política, rectora de las diferentes estructuras donde se posa la sociedad, exista plena de derechos y voluntades. Asimismo, frente a la inexistencia de Estado democrático y, por ende, de organización y ente rector en una sociedad, la actividad política como reguladora de las relaciones sociales sería imposible. O bien, lo que existiría en una situación dada así no sería o no representaría la figura, insistimos, ideal, tanto de Estado o política, sino una de sus tantas alteraciones realizadas a lo largo de la historia.

Ante esta primera idea de los principios generales que gobiernan la conformación del Estado y la política en términos ideales, ahondaremos a continuación en las figuras teóricas de la Razón Instrumental y del Capitalismo Tardío, con el fin último de relacionar estos principios con lo visto más arriba. De esta manera, se intentará, por último y tras la relación expresada anteriormente, encontrar puntos de encuentro con la realidad argentina durante la década del 90’ y lo aquí dicho.

LA RAZÓN INSTRUMENTAL Y EL CAPITALISMO TARDÍO
El análisis y las implicancias de la razón a lo largo de la historia del pensamiento filosófico podrían ocuparnos completamente nuestro trabajo. Por lo pronto, aquí intentaremos una aproximación de lo que en las sociedades modernas, y por inicio de Max Horkheimer, se dio en llamar Razón Instrumental.
Tematizada por Max Weber y cuestionada radicalmente tanto en la línea que recorre el pensamiento de Friedrich Nietzsche a Martin Heidegger – y que podría prolongarse en autores como Bataille, Foucault, Lyotard o Derrida – como en aquélla otra que va del Marqués de Sade a Adorno y Horkheimer , la Razón Instrumental comenzó a ser objeto de estudio debido al hecho de que el método de la técnica (guiado por la lógica de esta razón) avanzaba sobre la vida social, volviéndose ésta como un elemento más del dominio técnico, que ya dominaba el campo científico. Esta racionalidad no sólo impregnaba el pensamiento filosófico –logrando, de esta manera, el llamado objetivismo, cuya máxima expresión es el positivismo y su neutralidad valorativa- sino que comenzaba a dominar todos los ámbitos del desenvolvimiento social.
En ese sentido, Horkheimer expresa en “Crítica de la razón instrumental”:

“Liberada de connotaciones teológicas, la sentencia ‘sé razonable’ equivale a decir: observa las reglas, sin las cuales no pueden vivir ni el individuo ni el todo, no pienses sólo en cosas del momento. La razón se realiza a sí misma cuando niega su propia condición absoluta -razón con un sentido enfático- y se considera como mero instrumento. (...) La teoría debe hoy reflejar y expresar el proceso, la tendencia socialmente condicionada hacia el neopositivismo, hacia la instrumentalización del pensamiento, como asimismo los vanos intentos de salvación” .

La razón como mero instrumento fue tal cuando, a entender del pensador frankfurtiano, el pragmatismo, al intentar la conversión de la física en el prototipo de la ciencia y el modelamiento de todas las esferas de la vida espiritual según las técnicas del laboratorio, forma pareja con el industrialismo moderno, para el que la fábrica es el prototipo del existir humano y que modela todos los ámbitos culturales según el ejemplo de la producción en cadena sobre una cinta sin fin o según una organización oficinesca racionalizada .
Así, se consideraba que la preponderancia del método propio de la técnica por sobre las otras dimensiones del pensamiento acarrearía problemas no sólo de orden metodológico, sino que se estaba frente a un principio ideológico en el cual predominaba el eficientisismo y el objeto por sobre el sujeto. Y que esta exaltación de la racionalidad como instrumento –necesaria para la autoconservación del hombre- propendería a destruir los lazos sociales. Asimismo, esta razón abarcativa depreciaría el concepto más amplio de razón, al cual no se lo considera un mero instrumento para alcanzar fines, sino que es considerado una pauta de organización en relación al mundo.

En ese sentido, en “Crítica de la razón...” Horkheimer ensaya una historia de la razón que comienza por la diversificación entre la razón subjetiva y la razón objetiva.
En la razón subjetiva, ser racional significa saber discernir lo que es útil y saber adecuar ciertos medios para la consecución de fines:
“...el poder que, en última instancia, posibilita los actos razonables, es la capacidad de clasificación, de conclusión y deducción, sin reparar en qué consiste en cada caso el contenido específico, o sea el funcionamiento abstracto del mecanismo pensante. Esta especie de razón puede designarse como razón subjetiva. Ella tiene que habérselas esencialmente con medios y fines, con la adecuación de modos de procedimiento a fines que son más o menos aceptados y que presuntamente se sobreentienden. Poca importancia tiene para ella la cuestión de si los objetivos como tales son razonables o no. Si de todos modos se ocupa de fines, da por descontado que también éstos son racionales en un sentido subjetivo, es decir, que sirven a los intereses del sujeto con miras a su autoconservación, ya se trate de la autoconservación del individuo solo o de la comunidad, de cuya perdurabilidad depende la del individuo” .

En contraposición a ésta, expresa:
“Durante mucho tiempo predominó una visión de la razón diametralmente opuesta (a la subjetiva). Tal visión afirmaba la existencia de la razón como fuerza contenida no sólo en la conciencia individual, sino también en el mundo objetivo: en las relaciones entre los hombres y entre clases sociales, en instituciones sociales, en la naturaleza y sus manifestaciones. Ésta (la razón objetiva) aspiraba a desarrollar un sistema vasto o una jerarquía de todo lo que es, incluido el hombre y sus fines. El grado de racionalidad de la vida de un hombre podía determinarse conforme a su armonía con esa totalidad. La estructura objetiva de ésta -y no sólo el hombre y sus fines- debía servir de pauta para los pensamientos y las acciones individuales” .

Horkheimer señala que ambos aspectos –razón objetiva y razón subjetiva- estuvieron presentes en el devenir del tiempo, pero la subjetiva se fue imponiendo en los tiempos modernos, gracias a la avanzada del capitalismo industrial, en donde el interés individual fue abarcando no sólo el espacio reflexivo de la ciencia, sino el diario acontecer del mundo de la vida. De esta manera, la razón subjetiva –o instrumental- hegemoniza las áreas del pensamiento con el solo objetivo de servir a un fin y de esta manera, convertir al sujeto en objeto de su propia represión: "...razón subjetiva es aquella actitud de la conciencia que se adapta sin reservas a la alienación entre sujeto y objeto, al proceso social de cosificación por miedo de caer, en caso contrario, en la irresponsabilidad, la arbitrariedad y de convertirse en mero juego mental” .

La razón, al abandonar su autonomía y priorizar su concepción subjetiva por la objetiva, se ha convertido en instrumento y así, el papel que desempeña en el dominio sobre los hombres y la naturaleza se ha convertido en principio exclusivo. “Es como si el pensar se hubiese reducido al nivel de los procesos industriales sometiéndose a un plan exacto; dicho brevemente, como si se hubiese convertido en un componente fijo de la producción”, de tal manera que ahora el dominio sobre la naturaleza incluye el dominio sobre los hombres. Y todo sujeto, al someter a la naturaleza, internaliza el dominio dentro de sí.

Más tarde, Theodor Adorno hablará de razón identificante - razón que identifica el progreso económico técnico con el desarrollo humano de la libertad-. En ambos casos, se puede sintetizar el concepto en la idea de la razón como la herramienta intelectual e ideológica utilizada por el capitalismo en sus diferentes etapas para articular sus deseos y ambiciones con los deseos y ambiciones impuestos e impostados en la sociedad.

Unas de esas etapas del capitalismo en donde la razón instrumental es la herramienta para la consecución de los fines es la que se ha dado en llamar Capitalismo Tardío, la cual señala al capitalismo en su fase actual y se explica en la necesidad del mercado de introducir la regulación estatal para continuar su pervivencia
Según Jameson Fredrich, el capitalismo ha atravesados tres momentos fundamentales y cada uno de ellos ha significado una expansión dialéctica en relación con el período anterior. Estos tres momentos son el capitalismo de mercado, el estadio monopolista o del imperialismo y el momento actual, “al que erróneamente se denomina posindustrial, pero para el cual un nombre mejor podría ser el de capitalismo multinacional (...) el capitalismo tardío o multinacional, o de consumo constituye (...) la forma más pura de capital que haya surgido, produciendo una prodigiosa expansión de capital hacia zonas que no habían sido previamente convertidas en mercancías” .

El capitalismo tardío, es, como se expresó, el que organiza el mercado utilizando al Estado como un mecanismo más. De manera que, según esto, los beneficios son adjudicados al mercado y las pérdidas son asumidas por el Estado. “Por tanto, el Estado deviene en un mecanismo de equilibrio económico y social. Pero, las fluctuaciones y oscilaciones de la economía especulativa supondrá la existencia de una permanente y continua crisis” señala Blanca Muñoz, quien sigue a Jurgen Habermas en su Crisis de legitimación del Capitalismo Tardío. El mismo Habermas sitúa su concepto de crisis en la inestabilidad e ineficacia de este modo económico para asumir y aceptar sus contradicciones.

A modo de desarrollar una brevísima descripción de la etapa actual del sistema económico hegemónico, es dable resaltar que el capitalismo tardío –también llamado capitalismo de organización o capitalismo regulado por el Estado- es la fase que suplantó al llamado capitalismo liberal, en el cual el mercado no cumplió por sí solo las funciones de la socialización en el sentido de la integración social, ya que era el Estado quien aseguraba las premisas de la producción. “Ahora bien –señala Muñoz- la crisis económica surge cuando la cuota de ganancia y la valorización del capital decrecen. El sistema económico requiere imput en trabajo y capital transformados en valores consumibles. Para el modo de producción capitalista es atípica una crisis atribuida a insuficiencias de imput. (Por tanto) las perturbaciones del capitalismo liberal fueron crisis de output que trastornaron la distribución de valores canalizada en conformidad con el sistema por la vía del ciclo” .

De esta manera, a partir de la crisis en el llamado capitalismo liberal, es que se denomina al nuevo periodo como Capitalismo Tardío, cuyas características son, por un lado, la aparición del proceso de concentración de empresas (nacimiento de las corporaciones nacionales y multinacionales) y la organización de los mercados de bienes, de capitales y de métodos de trabajo. Asimismo, por otro lado, el Estado pasa a ser un mecanismo regulador del mercado e interviene en los crecientes desequilibrios del funcionamiento de éste. “El Capitalismo Tardío, pues, es el que necesita del Estado para organizar los desajustes creados por la lógica del beneficio de las enormes corporaciones industriales y financieras. Para Habermas, la difusión de estructuras oligopólicas de mercado significa, sin duda, el fin del capitalismo de competencia. Ese fin del capitalismo liberal está en la génesis de un conjunto de problemas derivados del crecimiento de ese reajuste y nueva fase del sistema” .
Nueva fase del sistema que vive en permanente crisis por, entre otros motivos y como se señaló más arriba, no aceptar las contradicciones que viven en él. Contradicciones motorizadas por el imperio de la llamada Racionalidad Instrumental. Racionalidad utilizada, en este nuevo periodo, como herramienta para imponer unos fines como dados bajo la implantación del método positivista en todos los órdenes de la vida.

A continuación, tras haber analizado brevemente las figuras ideales del Estado y la política y los principios teóricos de la Racionalidad Instrumental y del Capitalismo Tardío, intentaremos engarzar estos 4 elementos en relación a la Argentina de la década del 90’.
Así, oponiendo los roles originarios del Estado y la política a los que se llevaron a cabo en el tiempo y espacio citado, y analizando la injerencia de la racionalidad con respecto a fines y de la última fase del capitalismo actual, buscaremos aproximarnos a una explicación que, en parte, logre interpretar los cambios acaecidos como parte de un fenómeno mucho más amplio y abarcador que tuvo nuestro país como un escenario más de tantos.

EL ESTADO Y LA POLÍTICA, DESPUÉS
Como se expresó en la introducción del presente trabajo, durante los años 90’ se realizó, en Argentina, una de las más grandes transformaciones constitutivas en su historia, a través de la modificación de su estructura económica, que culminó también en la transformación de sus cimientos políticos y socio culturales.
A partir de esto, es como la figura del estado nación, que en nuestro país había pasado por los modelos del oligárquico/ terrateniente, agro exportador, pre desarrollista, paternalista/benefactor y totalitario, comienza a perfilarse de un modo que no necesariamente expresaba, como en las formas anteriores, alguna de las características de la sociedad en el momento en que se configuraba.
La preponderancia ganada, en forma insistente y continua, por el ente impersonal denominado Mercado, comenzó a socavar las bases tradicionales del aparato burocrático estatal y una nueva manera de entender la organización de la sociedad fue ganando espacio.
Así, con la invasión y preponderancia en la sociedad de las relaciones privadas corporativas económicas, el tamaño tanto simbólico como material del ente rector de la nación fue disminuyendo cada vez más, en franca oposición al proceso de acumulación e integración que realizaron, en el mismo periodo, las grandes corporaciones trasnacionales.
Mientras Aristóteles señalaba que “todo Estado tiene una tarea que llenar; y será el más grande el que mejor la desempeñe” , en Argentina, el tamaño, si por este medimos la importancia de su injerencia en la organización social y de su trabajo por la conservación del agregado humano, fue en desmedro cada vez más. El abandono implícito de sus funciones más básicas quedó al descubierto en los resquebrajados sistemas sanitarios y educativos. En tanto, el fin de las funciones secundarios de los Estados -creadas a mediados de los años 40’- que incluían generación de capitales propios para sostener sus funciones primarias queda demostrado en la cifra que señala que en los diez años de la década del 90’, en América Latina se vendieron aproximadamente 1.600 empresas públicas, por lo que los gobiernos recibieron a cambio 80.000 millones de dólares. Además, los estados redujeron o abolieron sus reglamentos e intervenciones en todos los sectores de la economía, pasando así de ser burocráticos y propietarios a estados recaudadores de impuestos como fin único.

Esto trajo aparejado el quiebre de los lazos sociales que cohesionaban a la sociedad y sus estructuras. El antiguo pensador griego sostenía que “la perfección para el Estado consistirá necesariamente en reunir una justa extensión y un número conveniente de ciudadanos” entendidos estos como el sujeto consciente de su condición de ser político, con plena autoridad para intervenir en el curso de las acciones que influyen en la vida diaria, tanto individual como social.
Sin embargo, tanto el Estado y como la política en tanto actividad reguladora de las relaciones sociales fueron reemplazadas por esta presencia omnisciente del Mercado como nuevo regulador.

Como lo explica Neyra , hoy en el Capitalismo Tardío, lo privado ya no se identifica con intereses domésticos, sino con intereses corporativos cuyo desarrollo y control tiene lugar mediante procesos automatizados. Esto repercute en la vida política y estatal y reestructura lo privado doméstico, de tal modo que, como señala Habermas, “a la sociedad tecnificada corresponde un Estado técnico, que suprime las formas tradicionales del poder político en aras de una administración total” .
Asimismo, continua Neyra, la mayor amenaza política a los regímenes democráticos contemporáneos no son las tiranías, sino el ejercicio de la política en el cual se coartan la diversidad de opciones bajo el pretexto de que las decisiones son fruto de opciones científicas o consecuencia de una ausencia de opción ligada al imperativo de adaptación a la técnica. Es decir, la Racionalidad Instrumental, en esta avanzada del aparato económico privado especulativo sobre lo público, invade el territorio de las decisiones políticas, impregnando de una esencia cientificista objetivista, con miras a fines sin importar los medios, una actividad que debiera regular el mundo de la vida. De esta manera “el único objetivo del Estado es buscar que lo público y lo privado doméstico sea funcional a la colonización del capital corporativo” .
Bajo el convencimiento de la carencia de opciones sobre las que la sociedad pueda discutir el modo de organizarse, el sistema democrático pasa a apoyarse ahora en la indiferencia social respecto de las opciones políticas que podrían “cuestionar el sometimiento de la vida pública a la funcionalidad exigida por la valorización del capital” .

Así, mientras en el primer apartado se observó cómo lo político es la toma de decisiones públicas que recaen sobre los mismos que participan en la constitución de la decisión, en la etapa del Capitalismo Tardío -regido por una razón técnica economicista, que en Argentina se constituyó con la única Razón posible- se elude lo político en el debate sobre las alternativas posibles como toma de decisión. Y esto es claro cuando la pregunta por posibles destinos alternativos a los que conducir a los hombres “es sustituida por la pregunta sobre el rendimiento de los medios para llegar a la valorización del capital, como si fuera el único destino posible” .
De manera tal, la actividad reguladora de lo social que era la política pasa a transformarse en un instrumento jurídico y adminsitrativo al servicio de las corporaciones trasnacionales económicas –que lograron su fase de mayor concentración y ganancias en la década pasada en nuestro país- en donde se observa claramente la extensión de la lógica instrumental o subjetiva por sobre los principios universalizantes de una razón que incluya el todo como fin y que sirva a los fines de armonizar las relaciones entre los individuos y su mundo social. Lo anterior, en clara contraposición a la función aristotélica de la política, en donde se afirma la irreductibilidad del dominio público al privado –“el gobierno de una polis es distinta del dominio de un señor” decía el filósofo griego-.
Así, la política se transforma en administración general del interés corporativo, cuando Rousseau ya hubo advertido claramente que hay diferencia entre gobernar una república a someter a un grupo de hombres. Intentando trasladar conceptos, repetiremos acá que es diferente –parafraseando a Rouseau- una actividad reguladora de lo social que busca conciliar y aproximar a los sujetos por sobre los objetos, a otra que ha tomado su mismo nombre pero cuyo fin es, en definitiva, el dominio de la naturaleza sin advertir que en ese dominio también quedan sujetos los mismos hombres.

Frente a lo anterior, es importante destacar, pese a que se ha dicho anteriormente, que la administración política consiste en el buen uso de las recursos comunes y en el buen juicio de los asuntos públicos con la finalidad de acrecentar los espacios de libertad, la realización moral y el bienestar, como así también el incremento, clasificación y selección de las opciones sobre el destino de una comunidad. No obstante, en el marco socio histórico dado por el Capitalismo Tardío, el Estado, ente que se convierte en un feudo recaudador de impuestos y deja de lado su función de motor de la actividad política, sólo asume como tarea principal que la persona modifique sus costumbre para que se adapte a la evolución de los medios técnicos que el capital privado corporativo exige .
De esta manera, desde toda institución estatal se considera al debate público como totalmente vano. A decir de Carlos Kohn , queda eliminada ('neutralizada') toda posibilidad de disenso -elemento fundamental del pluralismo democrático- en aras de la consecución de un consenso rutinario y acrítico, 'necesario' para mantener la gobernabilidad de la democracia formal.
Por tanto, la sociedad pareciera ser autoregulada por mecanismos invisibles devenidos del omnipresente Mercado, que de hecho excluyen el ejercicio de la política como parte constituyente de los ciudadanos, obviando que estos son tal en la medida que ejercen sus principios plenos de derecho.
Mientras, la deliberación sobre asuntos públicos “es sustituida por la negociación entre grupos; es decir, por la competencia 'libre' entre actores colectivos, la cual es desigual debido a una distribución de los recursos regulada por los imperativos del mercado” , lo que en palabras de Habermas se traduce en pérdida de la autodeterminación política y de la libertad civil, en vista de las avanzadas estructuras del Capitalismo Tardío .
Así, privilegiando la relación del hombre con las cosas por sobre las relaciones históricas –lo que de algún modo es la materialización más clara del triunfo de la razón subjetiva por sobre la objetiva- el Mercado pasa a ser único espacio que regula lo social desde el eficienticismo rentista –y el devenir económico argentino así lo demuestra-, mientras que para el Estado queda, como función inexorable, el uso legal de la fuerza para contener por otro métodos los desvaríos sociales producidos por el rompimiento de sus límites. Límites puestos, anteriormente, a través del ejercicio de la actividad política como reguladora de la cohesión social. Ésta, con el avance de un individualismo exarcevado –caracterizado por un consumo masivo de imágenes y objetos que suponen un dominio que se vuelve en contra de los mismos sujetos que consumen- desapareció produciendo un sinfín de fragmentos difíciles de identificar y, por tanto, de formar lo que en la polis griega se dio en llamar comunidad política.

Habermas sostiene que la crisis afecta a toda la sociedad debido al desplazamiento de la crisis económica al sistema o subsistema político. Este desplazamiento se da “por la lógica consecuencia de la imposibilidad de solucionar la crisis económica con medios de carácter económico ya que no es posible transformar el sistema de apropiación privada del beneficio. De aquí su reenvío hacia lo político” .

De esta manera, en la Argentina de la década del 90’, Estado y Política en sus acepciones vistas al comienzo, son reemplazados en sus funciones originales por Mercado y Economía, cuyas lógicas -que incluyen fragmentaciones reduccionistas y mecanicistas y determinismos que conllevan una visión absoluta de la realidad- fueron desplazadas hacia todo el mundo social, que se vio gobernado por principios que nada tienen que ver con la idea de razón que implicaba la comprensión y la determinación de los fines en función de parámetros que buscaban la armonización social. Así pues, la mera regulación de la relación entre medios y fines es la racionalidad gobernante y única posible en esta etapa de Capitalismo Tardío. Etapa que precisó del Estado no sólo por su figura de poseedor de la violencia legítima, sino también de su intervención para que mediante leyes emanadas desde el poder político, se alcanzara un equilibrio racional en términos economicistas especulativos.
En ese sentido, Argentina es una muestra cabal de la necesidad, en la actual etapa, de la intervención estatal para intentar superar sus contradicciones internas. De igual manera a como se expresó más arriba, pese a esta intervención en busca de un equilibro ficticio, los logros son siempre del aparato económico corporativo, en tanto las pérdidas son compartidas desde el Estado hacia los fragmentos que antes constituían una sociedad cohesionada y regulada alrededor de la actividad política. Actividad que hoy, junto al Estado, han quedado relegados en sus funciones, roles y fines por la supuesta impersonalidad y efectividad de un ente de accionar metodológico puramente técnico que comparte sus pérdidas, pero nunca sus ganancias



BIBILOGRAFÍA GENARAL UTILIZADA
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Habermas, Jurgen. Teoría y praxis. Editorial Technos. Madrid 1990.¿
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Neyra, Hernán. Lo público, lo privado y lo doméstico en el Capitalismo Tardío. Cuadernos salmantinos de filosofía. Universidad de Salamanca. Salamanca. Volumen XXV. 1998.
Ortiz, Gustavo. Hacia una racionalidad social procedimental. La Racionalidad esquiva. Sobre tareas de la Filosofía y la Teoría Social en América Latina. Ediciones del CEA, UNC. Córdoba. 2000.
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