jueves, 2 de agosto de 2007

En esta tierra sobre la que escribo

1era mención en el 1 Concurso provincial de relatos breves

“Ya estéril de sentidos y vicios, ocupar un lugar entre sus espacios me resulta a mí una fangosa letanía. Los dejo aquí, para que ustedes me dejen por siempre. Mi cuerpo no abonara el hueco vacío de una caja oliente. Volveré a la tierra, donde la tierra me llame. Así, volveré a ser fértil.
Fértil”.

Dispuesto, como jamás lo hice ni lo haré, camino rumbo al trágico designio que no presenta opción ni escapatoria. Sé, penosamente sé que ya no corro riesgos ni peligros. Estos me dejarían alternativa. Pero ni eso. Ni riesgos ni peligros, sino tan sólo la certeza del final.
Un final anunciado en palabras científicas que, conocidas sin ser leídas, sólo se insinuaron en los gestos de un sujeto de lentes y guadapolvo blanco, dueño exclusivo de la hora cero sin salida ni retorno, de la muerte anunciada con cronómetro.

El pálido celeste no llegó a filtrarse por ninguna rendija. Menos aún el estigmatizado y ahora inexistente rayo dorado. No hubo ni cantos ni sirenas y menos aún la delicadeza del viento que a veces acompaña. El abrigo de la despedida no era el mejor para un final en letanía. Todo en derredor hacías las cosas más difíciles aún, pero la obsecuencia por abonar el suelo y no ser maniatado como marioneta desvencijada motorizó aún más la idea de la huída.

¿Por qué huyo?, me pregunto al acelerar la distancia que me separa de mi partida y me acerca al final.
El designio cantado hace meses veía confluir su verdad. Y mi cuerpo era testigo irrefutable de ello.
Pelos, no hay. Tampoco el sentido de la falta de ellos.
Intenté, antes de elegir la huida, escribir las líneas que me abrieran paso a la inmortalidad. Intenté, previo a escabullirme como un ganso salvaje en las praderas del infierno, dar por escrito la prueba de mi mortandad inalienable.
“Aquí, muerto segundo a segundo, les muestro que tuve vida, pero que ya no es tal” escribí. “Tuve vida. Ahora busco al ladrón”, insistí. Y me insistí tantas veces como segundos me restan. Me insistí con resquicios, con pretextos. Con picos y palas clavadas con violencia en la tierra sobre la que escribo y que ahora es lo único que me soporta.
Con mentiras. Pero no hay una que dure mil años y ahora estoy reflejado en esa cadena del tiempo, exiliándome de mí mismo y de ellos. Quienes acortan la muerte de esta vida.

Habré de estar a no más de 150 kilómetros, horas, años del lugar que dejé y al cual no volveré. A 150 kilómetros, horas, años de ese espacio me hago la pausa necesaria para frenar la escapada. Y me pienso sobre el barro que piso y me digo sobre las palabras que camino: ¿por qué huyo? Mis uñas, lo único que no decrece en mi cuerpo, se deslizan no sin dificultad penetrando hasta la duda: ¿por qué huyo?
El recuerdo ara el inconsciente. Nada sale. Mi recuerdo, sin más, es consciente de sus propios actos. Y hacia allá me lleva.

Orillo los 70. Septuagenario de mierda, siento que dicen los que no dicen nada. Orillo los 70 y huyo de los que no dicen nada.
Los primeros 60 llegaron apoltronados en el mismo cuerpo sin fisuras. Hasta ahora. Esos 60 vivieron de maravillas. Secundados de damiselas sin compostura, de compañeros de lunas y putas.
Pero hubo un quiebre. Una fractura expuesta al conocerlos. Ella y ellos. Una mujer que mostraba la mitad de mis años y escondía tiempos con mentiras. Cuatro hombres que habían salido de entre sus piernas y que ahora vivían bajo sus polleras. Ella y ellos fracturaron aquella complexión sin quiebres.

No hace más de 10 años la conocí. Ella era una de las doncellas incompuestas. Yo, un compañero de lunas rojas.
El plan trazado no proyectaba una unión que trascendiera esa luna roja y su descompostura desnuda. Pero vaya a saber qué carajo. El plan se desastabilizó y así también mi vida. Se acabaron las damas, los compañeros y esas estrellas que hacían roja la luna y verde inmaduro el destino.

¿Por qué huyo? ¿Por qué no huí antes?

Vivimos todo juntos. Y ahora escribo en esta tierra que me soporta: ¿por qué los dejé acercarse?
Vivimos todos juntos en esa casa que fue mi casa. Los acepté sin más. Pasen, les dije a los 5. Pasen. Pasaron
Y mi casa de lunas –sí, de lunas rojas bañadas de tiempo indefinible- dejó de ser mi casa para ser nuestra casa. Nuestra. Nosotros. Nuestra casa pasó a ser la casa de nosotros y mi yo, inconsciente, murió hasta la composición de esta epístola. Hoy me recupero como un singular hombre. Recién hoy vuelvo a ser el yo que dejé tras la vestimenta de un engañoso nosotros. Recién hoy. Y por poco tiempo.

Y hoy, descubriéndome frente a un reflejo que me es propio, vuelvo sobre las preguntas que me persiguen. Por qué les regalé el espacio, sigo preguntándome a 150 kilómetros, horas, años de la que fue mi casa, nuestra casa, ahora nada. Ahora mi techo.

Ella, he dicho y vuelvo a repetir, tenía mis años partidos al medio. Ella, que tenía mis años partidos al medio y que escondía el tiempo, tuvo mi casa. Ella, que tuvo mis años, que tiene mi casa, me robó el destino. Ella, dueña de mis años, de mi casa y mi destino, tenía 4 hombres.
Ellos, los 4 y ella, pasaron, hace 10 años, adentro. De mi casa. De mi espacio. Lo compartí. Y lo partieron.

Pienso, a 150 kilómetros, años, horas del lugar que fui y al cual no volveré ni aún en exigua presencia, pienso: hasta qué punto mi culpabilidad asume toda responsabilidad. En qué medida mi no hacer me ha hecho no ser. Bajo qué aluvión de mentiras escabullí esa versión de la realidad que me señalaba a cada suspiro ‘hay invasión’. Ay, invasión, lamento a 150 kilómetros, horas, años.

Lo sé. Ya se ha dicho. Cada vez más nos parecemos al cadáver que seremos. Un espejo me lo confirma. Y el reflejo de ellos acompañándome en este túnel sin fin habla por sí solo. Seré fértil. Y ellos lo serán conmigo. En esta tierra sobre la que escribo.