miércoles, 5 de mayo de 2010

El camino que son todos los caminos

Las venas más altas, antiguas y desconocidas de la provincia de Córdoba conforman un solo camino.
Un solo camino que son todos los caminos. En el Norte de Córdoba.

Si de seguir las huellas se trata, a seguir huellas ha venido el hombre el mundo. Esas huellas que hablan de pasados, pisadas y aprendizajes. Esas huellas que pueden ser sabidurías por saberse.

Hay caminos que siendo todos los caminos hacen una huella de miles. Y cuentan, los caminos, que esas huellas fueron hechas por hombres que calzaban apellido de esos que no se olvidan. San Martín, Belgrano, Reinafé, Yupanqui, Fader, Neruda, Alberti, Pinto, Roca, Noble, Guevara, Frondizi, Lugones, Quiroga y miles más de desconocidos que hicieron poner a esos pies en el lugar justo de su horma.
Apellidos de no olvidar y olvidados, que calzaron huella y que hicieron de los caminos de la Córdoba al Norte todos los caminos en uno.
Caminos que esperan: no se irán: siempre están volviendo.

RUTAS DE CHOQUE
Es inevitable. Uno dispara para el Norte de Córdoba y no tiene alternativa: la historia lo choca en la frente y avisa que hay algo para aprender, que hay algo para dejar de equivocarte. Barranca Yaco, mojón de 12 cruces dormidas por cada uno de los 12 muertos a pistoletazos, es el lugar donde el Tigre de los Llanos se convirtió en el Tuerto de Santos Pérez. Barranca Yaco, paraje pasado a degüello por el progreso, quedó inmortalizado por Quiroga en su viaje al muere en carreta.
Los parajes siguen: Cañada de Río Pinto, Sarmiento y Cerro Negro, el pueblo abandonado que fuera fundado por Diego Abad de Santillán con un solo espíritu posible: el anarquista. Sí, en las últimas estribaciones serranas de la provincia de Córdoba, a comienzos del XX un grupo de hombres y mujeres creyeron ser los fundadores de un paraíso sin dueños ni opresión ni normas que dictaran sentencias sobre los cuerpos y las mentes. Cerro Negro fue una aventura. Mientras duró. Hoy, caserío olvidado, ni la historia oficial lo rescata. Sólo el Norte de Córdoba en su albor, cuando la historia choca en la frente y no hay escapatoria a semejante cimbrón.

El camino que son todos los caminos, en un momento determinado del devenir, se parte en dos como la historia cuando es contada por tres voces. Y, sépalo, hay que elegir. Pero no es hora de lamentos: el camino que son todos los caminos se parte en dos pero guarda una ruta que los une, casi oculta entre cerros, sombreada por algarrobales y quebrachales que fueron perdonados por la soja. Pero ese secreto, al último.

CAMINO UNO
La Ruta 60 casi no tiene curvas. La ruta 60 es vieja, la más vieja, como viejas son las historias que se cuentan a sus costados. La ruta 60 tiene una ciudad en la punta y una pena en la garganta. La ruta 60 tiene en la punta a Deán Funes y la pena de un tren que ya no pasa y no hay quien la ayude ahora, a la Ruta 60, a soportar tanto dolor en el lomo.

Deán Funes es ciudad. Alguna vez no fue nada, otras muchas fue casi todo. Hoy es ciudad y su noche lo demuestra. Deán Funes es la ciudad del Norte desde 1929, el atalaya, el centinela de toda esta historia.
Habitantes, muchos. Como los Pacheco, ninguno.

70 integrantes de una familia que no habla: canta.
70 integrantes de una familia que no recibe gente en su hogar: la engalana.
70 integrantes de una familia que no cuece los alimentos en su asador del fondo: los vuelve magia.
70 integrantes de una familia que no baila la zamba ni la chacarera: se aman en la zamba y guerrean chacarereando.

Les dicen los Carabajal de Córdoba. En realidad, los Carabajal son los Pacheco de Santiago.
Este servidor conoce de las mollejas de cabrito al disco con que lo recibieron los Pacheco en su casa de Deán Funes: no las recuerda, las lleva tatuadas para recordar cómo se comporta la gente buena en rancho propio.

Tierra de ilustres pintores, el que trajo la posta se llamaba Fernando, era mendocino e hizo escuela. Fader, antes de hacer su rancho a puro lomo de hombre en Ischilín –a 20 kilómetros de Deán Funes-, hizo estancia en esta urbe de mujeres desear, conoció esta ciudad que fue meca de los viajeros de antaño, del tren que iba y venía y dejó una semilla que se llamó Martín Santiago, un viejo viejito de blanco andar que explotó en mil partes sus conocimientos.
Fader había llegado con tuberculosis apenas empezada la primera década del XX. La búsqueda de soledad lo llevó hasta Ischilín, donde se quedaría más de 20 años, primero viviendo en una carpa, luego haciendo los ladrillos de su futura casa, luego viviendo en su rancho hoy en pie. Martín Santiago lo siguió. Sabía que había mucho por aprender. Y lo escuchó. Fader nunca lo miró a la cara. Pero siempre le dijo todo lo que tenía que decirle.
Hoy, los pintores Ricardo Mirolo y Mario Sanzano, entre otros, especie de discípulos de Santiago, que a su vez fue una especie de discípulo de Fader, exponen en el mundo el arte concebido en Deán Funes, donde el Norte como esencia gana acuarelas y óleos entre marcos y lunas llenas.

Además de artistas envidiables, Deán Funes tiene el festival de folklore más antiguo del país: desde el 57’, la Semana de la Tradición del Norte Cordobés hace bailar, cada enero, un gato a los Monjes Cartujos, otro secreto deanfunenense.
La Orden de los Cartujos, en Deán Funes, fue el primer asentamiento argentino de esta congregación, una de las más antiguas del catolicismo –hay que remontarse al 1084 para bucear sus orígenes-. Dedicados exclusivamente a la oración en soledad, al aislamiento y la absoluta pobreza, el mundo sólo conoce unos 400 integrantes de la orden. Y 20 de esos 400 viven y mueren cada día en Deán Funes, en un espacio de 5.000 m 2, pero recluidos en sus celdas, donde esperan el final inevitable. O algún otro comienzo.

La Ruta 60 arriba, hacia el Norte, es nula de curvas como nula de curvas es la memoria infranqueable. La 60 sigue recta, sigue firme, sigue Quilino. Y a Quilino le sigue una fama ganada a fuerza de chivos criados en monte abierto y que sólo responden al sabor del chañar, brujas inventadas y reales a fuerza de mentes despiertas que en realidad fueron y son y serán dulces como el mistol y una tradición de vida varias veces centenaria.
Los chivos de Quilino son una marca internacional. Y no darles un pellizco es como estar frente al Big Ben a las five o’clock y tomar mate cocido.

Quilino tiene tuvo una fábrica de vidrio desde 1935, que hacía las únicas damajuanas en forma manual. Para redescubrir el valor del trabajo en donde la mano del hombre es superior a la tecnología. Es la única del país. Pero Quilino no es el único del país: al frente está Villa Quilino y sus mandarinas, para escupir pepas al cielo durante noches enteras.
Quilino: quien pudiera abrazarlo.

Y siguen por la 60:
San José de las Salinas y Lucio V. Mansilla, que no tienen nada que uno ande buscando en el afán turístico.
San José de las Salinas y Lucio V. Mansilla, que tienen todo lo que uno ande buscando en el afán por conocer.
San José de las Salinas y Lucio V. Mansilla, que tienen la sal como horizonte y las Salinas como destino imperturbable.
San José de las Salinas y Lucio V. Mansilla, los pueblos que dan al mar. Al mar de Sal.

Las Salinas Grandes de Córdoba, en la punta más punta que hay que ver en la Córdoba que pierde su ritmo al hablar, es el mar mismo.
Blanca de infinita presencia y elegancia, sus vientos, serenos, firmes, salitrosos, confirman la idea del mar cuando la lengua palpa un aire similar al que corre por los océanos.
Pisando la mina de sal –que recrea en cada lluvia las 600 mil hectáreas de mineral, que no se agota ni con la extracción industrial ni manual- el infinito se desdibuja. No hay un más allá que los ojos se permitan divisar. El horizonte, desconocido, se vuelve un rayo resplandeciente de celestes y blancos. El sol, más cortante y áspero que nunca, saca de contexto y encuadre las imágenes tomados por el retrovisor de nuestras mentes, extirpadas del paralelo y la dimensión acostumbradas.

_ ¿Es esto la tierra?
_No, es la sal.

Kilómetros más arriba uno llega al cenit de la incongruencia natural descabellada. En pleno mar de sal, planos reflejos y solemne elegancia, una isla elevada en unos 8 metros aviva la vista. La sal tiene islas. De tierra. El Monte de las Barracas, porción de tierra erigida en medio de las Salinas, guarda en sus más de 7 mil hectáreas un corazón de bosque chaqueño. Además, su aislamiento ha permitido la presencia de especies en vías de extinción, como guanacos –único lugar de la provincia en donde se conservan en estado salvaje- liebres mara, pecaríes, corzuelas o gatos monteses. El Monte de las Barrancas es Refugio de Vida Silvestre.

_ ¿Es esto la tierra?
_ Pero sin humanos.

Antes de que las cosas se hagan de otros provincianos, está Totoralejos, pueblo récord.

_ Habitantes: 1.

Que cuida al tren que no pasa, a los perros flacos que esperan al tren que no pasa, a los rieles que esperan chispas.
Vaya, hable con él. Y sea partícipe de otro récord: duplicar la población de un pueblo pura memoria en sólo un instante. Y pase así, con su sola presencia, a la inmortalidad.

Todo a la vera de la Ruta 60.

CAMINO DOS
Decíamos al comienzo que en un momento el camino que son todos los caminos se bifurcaba como una horqueta de gomera y que había que elegir, como se elige cada vez que aparecen disyuntivas, cada vez que se vive. Antes habíamos elegido el desvío hacia la 60. Ahora elegimos seguir franco paso, derecho y al frente, por la Ruta 9.

Cavizacate. Villa General Mitre. Totoral. Todos son uno y ese uno hoy, por decreto hasta vaya a saber cuándo, es Totoral. O bien: Villa del Totoral.

Si usted la viera: de un lado gente linda, buen apellido y andar disciplinado por los caminos de la vida. Del otro, ahí nomás, gauchos cimarrones de viejas pulperías, sin más norma que clavar la espuela ahí donde el relincho esté asegurado.
Formas de la vida, en Totoral.

Totoral tiene historias conocidas: que el frío de su río se debe a que sus aguas, heladas para el buen verano, viene derechito por debajo de la tierra desde la Cordillera de los Andes. Que una prueba así lo demostró. Que el mito, al cual no hay científico que le ponga la firma, se vive como una verdad revelada en el pueblo.
Hoy Totoral ha tenido un crecimiento sin precedentes en la provincia. Como sin precedentes son las casonas y los hombres que pasaron por esas casonas.
El pueblo todo está atravesado por parte de lo que fuera el Camino Real, aquel que unía las capitales de los virreinatos: Lima y Buenos Aires. Para ir o volver, Totoral era el camino. Que son todos los caminos.

A orillas del viejo Camino Real, las casonas hacen un viaje en sí mismo. Decenas de viejos solares son encabezadas por la que mandó a hacer, en pleno corazón neurálgico de Totoral, el hijo del fundador de Córdoba, Pedro Luis de Cabrera, Teniente Gobernador de la provincia, que orilla los 400 años –la casona, Pedro Luis ya superó la barrera de las 4 centurias-. Fue por entonces en que la presencia de totoras en los bañados y arroyos le dio el nombre actual a la vieja villa veraniega. Y de la presencia creciente de familias acomodadas nacieron los caserones de película. De las familias bien –adineradas-. De las familias de artista -como Octavio Pinto, el pintor insigne de Totoral de trascendencia internacional-. De las familias de pensadores –como Deodoro Roca, el escritor y pensador argentino más importante de la primera mitad del Siglo XX-.

Otro de esos caserones de película fue morada de Gregorio Aráoz Alfaro, tucumano aristócrata, padre de la pediatría argentina y padre también de uno de los personajes que descansan en el cementerio de Totoral: Rodolfo Aráoz Alfaro. Polemista, militante político, duelista, revolucionario, exiliado, encarcelado una y mil veces, Rodolfo Aráoz Alfaro es sin dudas el hombre de Totoral.
Durante años militante del socialismo primero y luego del comunismo, espacios donde hizo pesar su figura, su morada totoralense también fue refugio de los más distinguidos que haya tenido y tendrá Totoral en su larga historia. La casona, erguida de orgullo hasta el día de hoy, fue escenario de las más elegantes tertulias revolucionarias, aunque suene contradictorio.

A partir de su pertenencia al comunismo, Aráoz Alfaro fue quien receptó a los exiliados por ideas de sus países de origen. Ahí es cuando entran en escena Rafael Alberti, el poeta y escritor español, ganador del premio Cervantes y perseguido por el franquismo, que se convirtió en totoralense entre 1940 y 1942 –algunos dicen que se quedó hasta 1946-, tiempo en el que concibió y parió junto a su mujer a su hija Aitana, tiempo en el que terminó de escribir El clavel y la espada y tiempo en que, tras la hija y el libro, plantó su árbol, hoy en plena plaza del pueblo.
Años después, en iguales condiciones llegaría a la casona el gran amigo chileno de Aráoz Alfaro: el Nóbel Pablo Neruda, que también se hizo totororalense entre 1955 y 1957 y allí escribió algunas de sus odas fundamentales:

Pausado iba y venía
en su trabajo
y de su mano
la materia
crecía.

Dijo Nerura de un albañil cordobés en su Oda del albañil tranquilo. También dicen que lo escribió mientras el albañil hacía el pórtico de la casa de Aráoz Alfaro que el mismo escritor había diseñado. Se dicen tantas cosas.

Pero Neruda dijo más, mucho más:

…de pronto
cae el trueno
como una
piedra
sobre un tambor de cuero rojo, ---
se raja el aire
como
una bandera,
se agujerea el cielo
y toda su agua verde
se desploma
sobre la tierra tierra
tierra tierra
tachonada
por las ganaderías

Eso es una tormenta. Una tormenta en Córdoba y su oda nerudiana.

Pero no fueron los únicos los hombres de la letra castellana que hicieron de Totoral un lugar exclusivo de grandes nombres. Jorge Cafrune, íntimo de Aráoz Alfaro, la joven Mercedes Sosa, un más joven aún Ernesto Guevara -cuando el Che no era más que una fantasía adolescente- y gran parte de la intelectualidad y la clase política de aquellos años. También dicen que Joan Miró pintó un mural en esa casona –que hoy estaría oculto- y que La Pasionaria, huyendo del autoritarismo, recayó en los brazos del distinguido revolucionario.
Como ha señalado un camarada de Aráoz Alfaro, en la vieja casona totoralense “mucamos ceremonioso nos servían café con guantes blancos en finas tazas de porcelana de Limoges mientras nosotros hablábamos de la Revolución”.
Para los anales de las contradicciones.

Pero no todos eran revolucionarios. Roberto Noble, el fundador del Diario Clarín –de quien es viuda la intocable Ernestina-, pasó largas temporadas en su quinta totoralense. Y en esas temporadas traía consigo al intelectual, luego presidente, luego depuesto Arturo Frondizi..

Desde Totoral, en una época, se pensó el país.
Desde Totoral, en una época, debieron olvidarse del país.

Aún quedan pobladores que recuerdan haber visto al derrocado Frondizi casi rapado: los militares encarcelaban, pero cortaban el pelo cortito, al modo de ellos. También quedan pobladores que juran y perjuran haber visto a, y es lo que dicen, Tom Cruise y Arnold Swarzeneger en la exclusiva estancia hotel que hoy es el palacio de Noble y en donde se convocan palomeros de toda laya. Es cuestión de animarse a más: quien dice si Jesús no anduvo por acá…

Pero la historia de esta hoy ciudad, que antes llevó por nombre Villa General Mitre, a raíz de un obsecuente gobernador con el presidente de la República –quién se animaría hoy llamar a un pueblo Villa Cristina-, en 1974 recuperó su nombre original para siempre. Lo que nunca perdió fueron las casonas de señores y señoras y una ley inquebrantable en cada hogar: En esta casa se duerme la siesta.
En Totoral se duerme la siesta. Pero la historia cada tanto pega una cachetada.

La Ruta 9 sigue y cuanto más sigue, más historias tiene por contar. Porque desde el Norte viene bajando la historia. San José de la Dormida, Tulumba, San Francisco del Chañar, Rayo Cortado y Villa de María de Río Seco se turnan para hablar y mostrar lo que tienen.

San José la Dormida –por el santo, por el lugar de descanso de los viajeros: todo se combina en estos pueblos descalzos- es reducto de comechingones y sanavirores. Más de un gaucho, en su patio, tiene guardado algún regalo de la historia. En pleno centro, un museo y una piedra conservan los rastros que los originarios de estas tierras dejaron cuando se fueron, si supiéramos donde.
Y también en pleno centro pueblerino, un aguaribay que, se estima, supera los 450 años, gana las miradas y rezos. Según las leyendas de la zona, los próceres de esta patria joven descansaron a su sombra en épocas de revoluciones contra el español. Belgrano, Lavalle o Quiroga habrían hecho la famosa ‘dormida’ en el santo P.P. Incluso, los más arriesgados se animan a decir que el mismo Jerónimo Luis de Cabrera habría atado en él su caballo. Y si Jesús anduvo por Totoral, quien dice que quizás, bajo la sombra del aguaribay…

A pocos kilómetros, Villa del Valle de Tulumba, un poco más escondida, cambió historia de sanavirones por la de la cruz y el caudillaje, sin saber hoy por qué se llama como se llama. Paraíso de la fe y la conversión, Fray Mamerto Esquiú repasó el evangelio a la sombra de una tala que aún hace sombra. La iglesia guarece joyas del arte sacro made in guaraníes y a la vuelta, la casa de los Reynafé: hermanos del poder, prosapia de caudillos, gobernadores de Córdoba. Matadores de Facundo. ¿Inspiradores de la muerte de Facundo? Ya lo dijo Domingo Faustino: ¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo!

En tierras de tulumbanos, la antigua capilla, construida a fines de 1600, hoy sólo es testimonio de lo que fue. Y de acuerdo a las leyendas tulumbanas, bajo sus muros descansan los restos de Vicente Reynafé, ex gobernador de Córdoba, hijo pródigo de Tulumba y ajusticiado en 1835 por ser el presunto asesino intelectual del malogrado Tigre.
Todo tan cerca entre sí, el clásico de los clásicos tulumbanos son las 4 esquinas, que, por cosas de las matemáticas inexactas, hoy son tres. Belleza de la arquitectura colonial –como buena parte de Tulumba-, exhibe la proclama tulumbana en una mayólica que algún gobernador se animó a desafiar y se le cayeron los dientes por ello:

Lindo nombre, bello pueblo,
Buena gente, fragante el pan.
Quien le ame, por todo ello
Deje las cosas como están.

Regla número uno: no tocar nada en Tulumba. Tampoco los secretos de Hernán Benítez, el confesor de la ‘Abanderada de los humildes’. Su antigua morada está aquí. Y aquí, en Tulumba, viven los secretos de una parte de la historia nunca contada de la Argentina irresuelta.

Como irresuelta está la vida más arriba, pocos kilómetros, tierra de malones. Villa de María de Río Seco aún vive cautivada por aquellos asedios del pasado y del espíritu de Leopoldo Lugones –que descansa en el poblado-. Su casa natal, hoy museo y biblioteca, lo recuerda, pese a que él no quiso recuerdos y sí quiso tantas cosas que mejor no quererlas. La hora de la espada vino, se fue, volvió y parece que ya nunca más tocará nuestras puertas. Pero la esencia de Lugones, poesía de lunas sentimentales y romances del Río Seco, camina rumbo a descubrir las palabras y los hechos de este Norte puro indios, gauchos e intelectuales nativos.

Al final del recorrido, San Francisco del Chañar concluye el viaje con la marca de un joven Ernesto Guevara que no era Che. Andaba en moto, visitaba a su amigo Alberto Granado y jugaba con los niños chañarenses como uno más. Algunos dicen que fue al casamiento de unos los hombres más viejos de San Francisco y que no bailó el vals y que sí comió de las vaquillonas de este Norte antes tan ganadero. Otros, casi todos, que trabajó en el leprosario histórico de San Francisco cumpliendo funciones administrativas, acomodando papeles y juntado unas chirolas para seguir el viaje para arriba, por donde sigue la América profunda.

Unas y otras versiones se cruzan. La historia ha sido pródiga y ha dejado que sus hijos la recreen sin restricciones. Esa es una de las condiciones para ser parte de este camino que son todos los caminos. En el Norte de Córdoba. Caminos que esperan: no se irán: siempre están volviendo.

RECUADRO
DISTANCIAS DE CÓRDOBA CAPITAL
Deán Funes 120 kilómetros. GNC. Camping y albergue. Hoteles, hospedajes y gastronomía diversa.
Quilino: 135 km. GNC. Hospedaje y gastronomía diversa y autóctona. Balneario municipal.
Salinas Grandes y Monte de las Barrancas: 160 km.

Villa del Totoral: 80 km. GNC. Camping, restaurantes y bares. Appart hotel, hostal y hospedajes, casas.
Las Peñas: 100 Km. Hospedaje en el Parador las Peñas.
San José de la Dormida: 125 km. Parrillas y bares. Hospedajes y camping.
Tulumba: 150 km. Camping y hostal. Confiterías.
Cerro Colorado: 160 km. Camping, hotel y cabañas.
Villa de María de Río Seco: 182 km. Camping, hoteles, restaurantes.
San Francisco del Chañar: 200 km. S / D



RECUADRO

LA UNIÓN SE HACE SIN FUERZA
El secreto mejor guardado de este Norte tan escondido entre pencas y tunillas es un camino que es todos los caminos, pero entre laderas de selva autóctona, algarrobales centenarios y bosques de palma caranday con corazones de fuego. Ni un ápice de exageración hay en todo esto.

El secreto era unir las dos venas transitadas por el Norte: la 60 y la 9. Unir Deán Funes desde un lado y La Dormida por el otro, a los fines de que el camino, como debe ser, sea uno y todos los caminos. Y esa posibilidad existe.
En el mismo Deán Funes, al costado de una de las estaciones de servicio que están sobre la ruta, un camino angosto indica que para allá, derecho un poco y otro poco de curvas, está San Pedro Norte. ¿San Pedro Norte? Prácticamente desconocido en la provincia, San Pedro Norte es uno de los poblados más antiguos de toda Córdoba y tiene, entre otros tesoros, la Capilla blanco ardiente más antiquísima de la monacal provincial.

Un minuto: antes de llegar a eso y mucho más, hay que hacer 55 kilómetros, un poquitito de asfalto y otro poquitito de ripio. Entre un poquito y otro, las palmas caranday ubicadas estratégicamente en las leves insinuaciones de la tierra que sube y baja hacen señas para ir despacio: el destino es excitante, pero el camino es la forma de entenderlo mejor aún.
En el mismo camino, además de ñandúes que se cruzan y liebres que saltan, está -abandonada- la fábrica de alpargatas que nos calzaban los pies con suelas de yute, hechas a partir de las hojas de las palmas, sin dañar los ejemplares. Esa fábrica daba trabajo a cientos. Hoy da lástima. Y dan ganas de abrirla de nuevo.

5 kilómetros antes del poblado, San Pedro Viejo. Antigua posta del Camino Real, actualmente el mejor hotel de campo de la provincia -¿del país?, con las historias de San Martín, Facundo y Belgrano rondando por sus dormitorios. En la posta, hoy hotel, está la capilla más antigua de la provincia, está el lago artificial. Está la belleza de nuestro Norte profundo.
Más adelante, los 400 habitantes de San Pedro Norte calzan bombacha, facón y esperan a los que vienen por el camino que son todos los caminos para comer un asado.

Desde 1602 el poblado formó parte de la merced del hijo de Jerónimo Luis de Cabrera. Antes había comechingones y/o sanavirones –que lo resuelvan los que saben, o creen saber- que dejaron sus riquezas. Después vinieron los conquistadores, que algo dejaron. Después vinieron unos turcos que se murieron de parados en el cementerio y después fuimos tantos de nosotros, que nos enamoramos de este viejo santo al Norte.

Por el mismo camino –ése que son todos los caminos-, se van dejando atrás las palmas para adentrarse en el monte donde nunca sale la luna y está ella, tan bonita: Caminiaga. Ahí es donde saludan los molles y el arroyo saltarín. También las tuscas, que se abren como soles y los picapedreros y las historias de ella, tan bonita. Caminiaga, tierra de hombres y mujeres de antes.

El camino que parece no tener fin, lo tiene. O casi. Pues el camino busca encontrarse con sus caminos para hacerse uno. Y esta ruta de Madre Tierra, atrás de Caminiaga, tiene un Cerro Colorado como epílogo. Vergeles casi oasis, legados históricos del valor que dan los años, nativos, autóctonos y gauchos y todo aquello que el Cerro guarda y muestra de vez en cuando. Yupanqui, que allí descansa, cuidándonos. Dónde podríamos estar mejor.

Saliendo del Cerro, por ruta asfaltada y a sólo 11 kilómetros, la Ruta 9. Y es ahí cuando el camino que son todos los caminos demuestran que andando se anda hasta llegar a ningún lado, el mejor lugar donde todo comienza de nuevo.